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El Equipo Argentino de Antropología Forense custodia 600 cuerpos que aún buscan su identidad

“Hemos asumido un compromiso, y estamos decididos a cumplirlo. El Equipo Argentino de Antropología Forense va a seguir adelante con esta tarea que es de toda la sociedad”. Carlos “Maco” Somigliana es determinante cuando habla del trabajo que realiza desde 1987 en la Argentina y en el mundo –porque “lamentablemente, tragedias de este tipo se repiten en demasiados países”, reflexiona–. Habla en nombre propio y en el de 65 antropólogos, arqueólogos, médicos, biólogos, genetistas, que han logrado restituir hasta ahora los restos de casi mil desaparecidos en la Argentina, entre otros logros reconocidos internacionalmente. Pero quieren hacer más: en su sede ubicada en la ex Esma tienen en resguardo los restos de más de 600 cuerpos más, que aun restan identificar. Y, nuevamente, le piden a la sociedad que se ponga en marcha para completar esa tarea, ese compromiso.

La única manera de seguir trabajando en las restituciones que faltan es obtener más muestras de sangre de familiares de personas desaparecidas cuyos restos podrían estar en el EAAF. Por eso iniciaron una campaña para convocar a esos familiares –los que aun no fueron, los que no pudieron, no se animaron, no se decidieron, por tantos motivos y circunstancias– a dejar sus muestras. Hay un número telefónico, el 0800-3453-ADN (236). Donde el llamado solo implica información, respeto y privacidad para cada caso.

Somigliana y sus compañeros de equipo han trabajado en el Juicio a las Juntas, en casos resonantes como el de la identificación de los restos del Che Guevara o los 43 de Ayotzinapa, en Centroamérica, en Vietnam o en Timor Oriental, y también en la Argentina en Malvinas, la AMIA o La Tablada, y en cantidad de casos en los que el Estado no cumple con la identificación de los cuerpos. Pero la tarea que le dio origen siendo el eje central de su trabajo, y para eso, el rastreo por datos genéticos es fundamental.

Si antes el cruzamiento de datos era más lento y específico –por las huellas dactilares, por la reconstrucción histórica, por el tipo de lesiones, por certezas previas–, a partir de la comparación masiva de ADN –que fue posible desde 2007 con el proyecto Iniciativa Latinoamericana– y la gran campaña de difusión que se hizo entonces, fue posible el ingreso de más de diez mil muestras de familiares, que permitieron sumar en estos años 780 nuevas identificaciones. Pero faltan más.

“Hay familias que no se enteraron, familias en las que no quedó ningún familiar directo, están también las desconfianzas lógicas en un tema que en los últimos años ha recibido tratamientos de todo tipo, y por supuesto todo el proceso que tienen que atravesar las familias antes de acercarse a dejar la muestra, que nunca es lineal”, advierte Somigliana para explicar el estado de situación.

“Es como un peso que tenemos: sabemos que hay 600 personas que fueron víctimas, nos consta por las circunstancias históricas en que aparecieron, por los rastros en sus huesos. Y no están pudiendo ser identificadas. Están resguardadas, cuidadas como corresponde, pero no pueden recibir lo que les es propio, su identidad. Estamos en deuda con ellas y sus familias”, expresa el antropólogo a cargo de la Unidad de Investigación. Es una definición que puede extenderse a la sociedad toda.

Entre las muchas consecuencias al interior de las familias y a nivel social que conlleva cada restitución, está también la de la posibilidad de mover de otros casos: Si varios cuerpos fueron enterrados juntos –o “tirados”, como en el Pozo de Vargas de Tucumán, de donde se recuperaron restos que también guarda el equipo–, o en fosas comunes, cada restitución permite establecer hipótesis sobre otras más. Así fue, comenta Somigliana, el caso de Ángela Auad, una de las secuestradas en la Iglesia de la Santa Cruz, junto con las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo Azucena Villaflor, Esther Ballestrino y María Ponce, y las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. Su identificación y la reconstrucción de su historia que incluyó el paso por la Esma y los vuelos de la muerte, permitió trabajar sobre las tumbas identificadas como NN y lograr otras identificaciones.

De reparación, de posibilidad de duelo, de historias que encuentran un cierre y también un cauce, hablan los familiares que vivieron la identificación y restitución de los restos de sus seres queridos. Que, desde entonces, aparecen. Virginia Urquizu es antropológa social y coordina la Unidad de Casos del EAAF; entrevista a los familiares, toma las muestras y las envía al laboratorio, recolecta la mayor cantidad de información relacionada con cada caso y ahora también, como en 2007, atiende los llamados del 0800. Que comienza a sonar cuando habla con Página|12. Y genera una expectativa que, a pesar de los recaudos que toman para no infundir falsas expectativas, no puede disimular en su reacción.

“La tarea de contacto con el familiar es la más compleja. Muchas veces los denunciantes ya no están y eso es lo que ocurre últimamente: terminamos hablando con familiares de las nuevas generaciones que son los que toman la posta en lo que tiene que ver la búsqueda de información y verdad”, comenta Urquizu. “Ellos llegan con otro tipo de búsqueda, la familia ya superó la denuncia. Pero nunca deja de jugar el hecho de que están tomando contacto con un equipo forense y eso implica que se está buscando a una persona fallecida. Ese paso es muy difícil. Por eso la posta la suelen tomar otras generaciones que no son contemporáneas al momento traumático”, analiza.

“Los que entrevistamos a familiares sabemos que los procesos de búsqueda no solo son complejos y diferentes para cada persona; también son diferentes al interior de la familia: no se busca de la misma manera a un hijo, un padre, un hermano. Siempre le decimos al familiar que con esa gota de sangre que dejan, está abriendo un abanico de posibilidades. Que entendemos que querer saber lleva su tiempo, y lo respetamos: Tenemos familias que han llamado en el comienzo de todo, en 2007, y todavía no dieron la muestra. Es algo voluntario. Pero los seguimos esperando”, sonríe Urquizu.

“Intentamos siempre ser cuidadosos con la expectativa, lamentablemente no tenemos la posibilidad de identificar a todos, pero por lo menos el familiar sabe que la búsqueda la hizo. Eso intentamos recalcar. Y además el familiar a veces viene sin información, y nosotros sí la tenemos, por la reconstrucción que hemos hecho. Entonces, el momento de la entrevista muchas veces es también para brindar datos a los familiares. Es un espacio de construcción”, resalta la antropóloga.

El amoroso cuidado que los miembros del EAAF en cada eslabón de su trabajo se pone en evidencia también al momento de hacer esta nota: se brindan los datos de los familiares que desean hablar, se recalca el pedido de cuidado, de respeto ante las emociones que genera, se hace palpable un compromiso con cada caso que permanece incluso tras la restitución de los restos.

“Cada identificación es un triunfo como sociedad, es una promesa de futuro. Porque hubo una política de Estado destinada a hacer desaparecer y a que no se sepa. Sin el trabajo de años de los organismos, de las familias, y del Equipo no se hubiese podido avanzar”, marca Urquizu. ¿Y qué es lo que encuentran las familias cuando por fin tienen a sus seres queridos, cuando dejan de ser “familiares de desaparecidos”? “Una certeza” y “reparación” es lo que encuentra Urquizu: “Es un momento reparador. Para el familiar, y también para uno como investigador”, asegura.

Somigliana dice que lo que hace es “aprender” en cada uno de esos momentos, siempre diferentes. Y suma: “Cuando hacés una identificación y le permitís a la familia llevar a cabo un ritual suspendido durante tanto tiempo, hay toda una serie cuestiones distintas en cada caso. Pero si algo tienen en común, es que permite, como núcleo familiar, darle a esta historia un cauce, una fluidez, que antes no tenía, que estaba estancado. Que no evade la búsqueda de justicia, al contrario, muchas veces la fortalece. Pero sí permite mover algo que durante mucho tiempo no se pudo mover, porque no había con qué. Se crea un curso, y eso es bueno para la familia. Y también para una sociedad que sigue tratando de digerir esta tragedia”, observa. La conclusión está implícita: Sigue buscando Memoria, Verdad y Justicia.

Por Karina Micheletto, en Página|12

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