De Ushuaia a La Quiaca: Esclavos del algoritmo

La periodista fueguina Luz Scarpati analiza en este artículo el modo en que se utilizan las redes sociales y el espacio virtual en la vida cotidiana y en la comunicación política. «No es solo que el algoritmo condiciona la comunicación, también organiza el trabajo, la política y hasta las emociones», afirma.

En su texto, las referencias locales a figuras de la política de Tierra del Fuego bien podrían reemplazarse por los nombres de dirigentes jujeños o de cualquier otro rincón del país.

Se trata de un artículo que aporta información sobre una temática que ocupa cada vez más a los analistas de las más diversas disciplinas. La pregunta que queda es qué pueden hacer el ciudadano y la ciudadana para afrontar una cuestión que parece ineludible.

En principio, la reflexión puede ser un primer paso para ir construyendo las respuestas.

Esclavos del algoritmo

Por Luz Scarpati*. Un político, un funcionario, un influencer, da igual el rol, mira a la cámara y recita su guión hasta que su equipo le confirma que la toma es lo suficientemente auténtica como para publicarla en redes sociales.

En otro punto, una fotógrafa se cuestiona si la imagen de la persona para la que trabaja se ajusta al tema y al copy. ¿Sonríe demasiado, o tal vez muy poco? Descifrar los caprichos del algoritmo es una tarea de complejidad inmensa.

En otro escenario un empresario de los medios se preocupa porque hace más de dos días que su firma no publica nada en las redes sociales y teme que el algoritmo ejerza su tiranía y lo castigue invisibilizando sus productos.

Mientras tanto, una joven community manager borra desesperadamente un tuit que publicó por error en la cuenta de uno de sus más de diez clientes. A su lado, la diseñadora le indica que la alineación del elemento debería moverse un píxel hacia la izquierda; el algoritmo se lo reveló en un sueño.

Otro community manager se vio obligado a pasar casi toda la noche despierto eliminando comentarios hostiles y mensajes violentos que los usuarios dejaban en las redes sociales que administra. Por cada comentario que logra borrar, aparecen dos más inmediatamente.

No es solo que el algoritmo condiciona la comunicación, también organiza el trabajo, la política y hasta las emociones. Y nosotros participamos activamente en ese sistema. Lo traigo a estas latitudes porque la política fueguina cada vez está más mediada por redes (videos cortos, reels, TikTok), funcionarios que comunican más por Instagram que por conferencias y campañas que priorizan visibilidad sobre contenido.

En ese marco, los medios locales están obligados a publicar en redes para existir (porque el tráfico web solo no alcanza). Entonces, en una provincia chica, la lógica algorítmica no reemplaza la política cara a cara… pero la deforma.

Hay un dato reciente que impacta: Un jurado de Los Ángeles en Estados Unidos determinó que Meta y Google construyeron intencionalmente plataformas de redes sociales adictivas que perjudicaron la salud mental de una mujer de 20 años, conocida como Kaley.

Durante el juicio, el eje no fue el contenido sino el diseño mismo de las plataformas. La acusación sostuvo que funciones como el scroll infinito, el autoplay y los sistemas de recomendación no son neutros, sino que fueron creados para maximizar el tiempo de uso y generar comportamientos compulsivos, especialmente en menores.

De hecho, los demandantes plantearon que estas herramientas estaban “diseñadas deliberadamente para volver adictivos a los usuarios” y que las empresas conocían esos efectos mientras priorizaban el crecimiento y la retención, por ende la maximización de sus ganancias.

El caso no es aislado: forma parte de una ola mucho más amplia. Solo en Estados Unidos hay más de 1.600 demandas similares en curso, incluyendo acciones impulsadas por familias, escuelas y estados, y más de 40 fiscales generales denunciaron a Meta por prácticas que inducen al uso compulsivo en jóvenes, cuenta la firma de abogados Motley Rice a través de su sitio oficial.

El mismo sitio web tiene un registro de los casos que va ganando contra Meta, y otras plataformas, en ese tren publicó que un jurado de Nuevo México declaró a Meta Platforms responsable de poner en peligro a menores al engañar a los consumidores sobre la seguridad de sus plataformas de redes sociales: Facebook, Instagram y WhatsApp. El jurado ordenó a Meta pagar 375 millones de dólares en multas civiles.

Esas plataformas que llenamos de nuestro contenido día y noche cada vez con mayor grado de profesionalización y menos guita, son dañinas para la salud mental de los pibes y pibas. Y seguro también son dañinas para los adultos.

En ese mismo proceso, lo que también se deteriora es el debate público. Como advierte el juez electoral de la provincia de Buenos Aires, Alejo Ramos Padilla en su artículo “Desinformación y democracia: hacia un modelo regulatorio equilibrado de fake news y deepfakes para procesos electorales”, el problema no es solo la existencia de contenidos falsos, sino el entorno en el que circulan.

En sus términos, se trata de una forma de desinformación estructural, donde la sobrecarga informativa, la velocidad de circulación y la fragmentación del consumo hacen cada vez más difícil distinguir lo verdadero de lo falso. En ese contexto, debatir deja de ser intercambiar argumentos y pasa a ser reaccionar en tiempo real. No hay tiempo para procesar, solo para responder.

A eso se suma que las propias plataformas intensifican ese deterioro. No organizan la discusión según criterios de relevancia o calidad, sino según la capacidad de generar interacción. Los sistemas de recomendación priorizan lo que genera interacción inmediata —indignación, miedo, enojo— por sobre lo que aporta complejidad o matices.

El resultado es un espacio público cada vez más polarizado, donde los contenidos que más circulan no son necesariamente los más relevantes, sino los más eficaces para captar atención. Así, el debate político se desplaza hacia formatos breves, simplificados y muchas veces confrontativos, donde la lógica algorítmica termina condicionando no sólo qué se dice, sino cómo se piensa lo que se dice.

Hay sobrados ejemplos. La concejala Freiberger apuntando con su cuenta de instagram cada alcantarilla de Ushuaia desbordada de agua. O el reel de la senadora Cristina López y Gustavo Melella en donde se los ve conversando, aunque en el video sólo se escucha música, son ejemplos de una práctica habitual.

O, más extremo aún, la proliferación de noticias y sitios web de dudosa reputación que diseminan información semiverdadera, con el objetivo de entorpecer el debate sobre cualquier figura política, que carecen de profundidad o matices.

Y sin embargo, trabajamos para ese algoritmo. Somos sus esclavos. Funcionarios que repiten tomas hasta lograr una falsa «espontaneidad», medios que no pueden permitirse desaparecer de los feed ni por dos días. Equipos de comunicación que ajustan cada pieza al ritmo que impone la plataforma, porque si el sistema recompensa la constancia, la velocidad y la emocionalidad, la única vía para tener presencia es someterse a esas reglas. Estás líneas que estás leyendo tendrán sus placas en Instagram.

¿Te acordás cómo arrancó la jodida de la redes? Se supone que era divertido. Pero lo que genera la actividad en las redes es ansiedad y saturación. Y no es una intuición, es un fenómeno medible.

Un informe del Observatorio de la Universidad FASTA realizado obre más de 4.300 casos en todo el país muestra que las personas que viven en Argentina pasan en promedio 4 horas y 24 minutos diarios en redes sociales, un salto fuerte respecto a las 3 horas y 44 minutos del año anterior . Ese crecimiento sostenido confirma que las plataformas no solo están presentes, sino que se volvieron estructurales en la vida cotidiana. Además, el uso se concentra en franjas cada vez más definidas: casi el 44% de la actividad ocurre entre las 19 y las 24 horas, consolidando un “prime time” digital que reemplaza a otros consumos culturales .

Pero el dato más interesante aparece cuando se cruza ese nivel de uso con la percepción de los propios usuarios. Según relevamientos sobre hábitos digitales en jóvenes argentinos de la consultora Reyes Filadoro y Enter Comunicación, el 58% reconoce usar redes más tiempo del que quisiera, lo que marca una brecha clara entre consumo y control.

Es decir: no es solo que las personas están conectadas muchas horas, sino que una parte significativa siente que perdió capacidad de regular ese uso. A eso se suma que más del 96% utiliza redes con fines recreativos, lo que refuerza su carácter de consumo constante, repetitivo y difícil de interrumpir.

En paralelo, Argentina aparece sistemáticamente entre los países con mayor intensidad de uso digital: más del 90% de la población utiliza internet, con promedios cercanos a las 9 horas diarias de conexión total y más de 3 horas específicas en redes sociales . Este nivel de exposición masiva convive con un ecosistema cada vez más cargado: 35 millones de usuarios activos en redes en el país, en un entorno donde la circulación de contenido es prácticamente continua .

El resultado es una paradoja difícil de ignorar: cada vez más tiempo, más plataformas y más contenido, pero también más sensación de desborde. En Argentina, como en otros lugares, la saturación no aparece porque falte acceso, sino porque sobra estímulo. Nunca hubo tanta gente produciendo y consumiendo al mismo tiempo, y sin embargo cada vez cuesta más sostener la atención sobre algo.

Entonces la pregunta ya no es técnica, ni siquiera comunicacional. No es cómo funciona el algoritmo, ni cómo adaptarse mejor a sus reglas. La pregunta es otra: qué lugar ocupamos nosotros en ese sistema.

Porque mientras se acumulan las pruebas de que estas plataformas están diseñadas para retenernos, mientras crecen las demandas judiciales y los estudios sobre fatiga digital, del otro lado seguimos produciendo sin pausa. Ajustando formatos, midiendo métricas, corrigiendo títulos, repitiendo tomas. Alimentando una maquinaria que necesita contenido constante para sostenerse.

En Tierra del Fuego —como en cualquier otro lugar— esa lógica ya no es externa. Está en la política, en los medios, en los equipos de comunicación, en el trabajo cotidiano. En una provincia donde casi todos están conectados todo el tiempo, el algoritmo no es una herramienta: es el entorno.

A esto se suma la falta de estadísticas oficiales y públicas, tanto a nivel nacional como provincial, lo que nos impide determinar con precisión el impacto de las redes sociales. En el ámbito digital, nos limitamos a observar los procesos de otros países, cuyos ciudadanos gozan de mayores derechos y garantías que nosotros. Que forme parte de la agenda de debate público es nuestra responsabilidad.

La comunicación empieza a parecer cada vez más a una carrera sin meta. Más publicaciones, más velocidad, más estímulo. Menos atención, menos profundidad, menos pausa.

Entonces, tal vez la discusión no sea cómo ganarle al algoritmo.

Tal vez la discusión sea si tiene sentido seguir participando de ese juego en esos términos.

La pregunta final ya no es qué nos hace el algoritmo. Es por qué trabajamos para que nos esclavice.

* En GameraTDF

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