Deudas que matan: El peso de deber hasta para comer

Por Marcelo Alejandro Cabero (dirigente social). Hay algo profundamente perturbador en el dato, aunque ya nadie parezca sorprenderse: el 91% de los hogares argentinos tiene deudas. No deudas para comprarse una casa o un auto. Deudas para comprar comida.

Según el Instituto de Estadísticas y Tendencias Sociales y Económicas (IETSE), el 58% de las deudas contraídas con tarjetas de crédito se destinan al rubro alimentario. Nos estamos endeudando para comer. Si hay una imagen que sintetiza el empobrecimiento de nuestra sociedad, esa es.

El problema no es nuevo, pero en los últimos dos años se volvió estructural. Las deudas se acumularon principalmente durante 2024, empujadas por una devaluación brutal y una inflación que en el primer cuatrimestre de ese año superó el 64%. El poder adquisitivo cayó más del 10%. Y cuando los salarios no alcanzan, aparece el plástico.

Aparecen las fintechs —Mercado Pago, Uala, Brubank— con un teléfono y unos pocos clics para tener plata acreditada en minutos. Aparece el vecino o conocido que presta con intereses. Hoy, el 56% de los hogares destina entre el 40% y el 60% de sus ingresos mensuales solo al pago de deudas. No queda casi nada para vivir.

«El endeudamiento en Argentina dejó de ser una herramienta transitoria para convertirse en un fenómeno estructural»

En este escenario, proliferaron como hongos las aplicaciones de crédito instantáneo. Un teléfono, unos pocos clics, y en minutos tenés plata acreditada. Lo que no te dicen con tanta claridad es lo que vas a terminar pagando.

El propio Banco Central relevó que más de la mitad de estas aplicaciones cobra intereses que superan el 400% anual. Dicho en criollo: si pedís prestados diez mil pesos hoy, en un año le debés a la app más de cincuenta mil, solo en intereses. Y un cuarto de esas empresas ni siquiera informa cuánto cobra. No hay un letrero que diga cuánto te va a costar. Simplemente te dan la plata, y después te cobran lo que quieren.

En el inicio del Jubileo 2025, el Papa Francisco eligió como tema central de su mensaje de paz precisamente esto: el perdón de las deudas. «El primero en perdonar las deudas es Dios», dijo, y pidió traducir ese perdón «a nivel social, para que ninguna persona, ninguna familia, ningún pueblo sea aplastado por las deudas».

Francisco no habló solo de países: habló de familias. Habló de personas. El mismo Papa que en la encíclica Laudato Si advirtió que los sectores más empobrecidos no son responsables de la crisis que padecen, sino víctimas de un sistema que los excluye.

Pero la deuda no es solo un problema económico. Es un problema de salud. Es un problema de salud mental. En 2025 se registraron más de 11.000 intentos de suicidio en Argentina, y especialistas señalaron que entre los factores de mayor incidencia se encuentran precisamente el endeudamiento, la inseguridad económica y la pérdida de proyectos de vida.

El suicidio es hoy la primera causa de muerte violenta en el país. No podemos disociar esa cifra del contexto: es la peor crisis económica y social en décadas, sobre un tejido social ya fracturado por la pandemia.

«El suicidio es hoy la primera causa de muerte violenta en Argentina. El endeudamiento, la inseguridad económica y la pérdida de proyectos de vida están entre sus factores más relevantes.»

En los hogares donde falta la plata, donde la deuda asfixia, donde llegar a fin de mes es una guerra cotidiana, también crece la violencia. La violencia intrafamiliar tiene múltiples causas, pero el estrés económico es un detonador reconocido.

La Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema registró durante la feria judicial de enero de 2025 un 8% más de presentaciones que en el mismo período del año anterior: 1.761 personas atendidas.

De ese total, el 27% fueron niñas, niños y adolescentes. Víctimas que no eligieron nada, que no deben nada, que solo tienen la mala suerte de vivir en una casa donde la angustia por no tener para comer lleva tiempo convirtiéndose en un polvorín.

Y cuando la deuda aprieta y no se ve salida, aparecen las trampas. El consumo problemático de alcohol y drogas como anestesia del dolor. Los casinos virtuales que prometen el golpe de suerte que resuelve todo.

Las redes piramidales que circulan por WhatsApp con la promesa de duplicar la inversión en semanas. La venta de contenido íntimo por parte de jóvenes que no encuentran otro camino. Y en los barrios populares, cuando ya no queda ninguna otra opción, aparece el transa.

Presta sin papeles, sin requisitos, sin demoras. Pero cuando no podés pagar, la deuda no se refinancia: se salda trabajando para él. Es la trampa más brutal de todas, la que no tiene salida legal ni institucional, y la que el sistema prefiere no ver.

Cada una de estas situaciones es, en el fondo, una respuesta desesperada a una misma pregunta: ¿cómo salgo de esto? Y cada una de ellas, en vez de dar respuesta, profundiza el pozo.

Hay quienes van a decir que este es un problema de responsabilidad individual. Que cada uno sabe lo que gasta. Que nadie obliga a nadie a endeudarse. Esa mirada ignora deliberadamente que cuando el salario no alcanza para comprar comida, el crédito no es una elección: es la única opción. Ignorar eso es político. Es una decisión de quién merece ser protegido y quién no.

Lo que necesitamos no son consejos de educación financiera para gente que ya sabe que no le alcanza. Lo que necesitamos es regulación efectiva de las tasas de interés de las fintechs, programas reales de refinanciación con tasas accesibles, y una política de ingresos que ponga fin a la emergencia financiera permanente en la que viven millones de familias.

Pero hay algo más urgente todavía: una ley que condone las deudas contraídas por comprar alimentos. Endeudarse para comer no es un problema de gestión del presupuesto familiar. Es una falla del Estado. Y cobrar intereses usurarios sobre esa deuda —mientras el hambre crece— es, llanamente, un negocio hecho sobre la desesperación de los más pobres.

El derecho a la alimentación está reconocido en la Constitución Nacional. Si ese derecho existe, no puede ser fuente de usura. Necesitamos que el Congreso lo diga con una ley.

El Papa Francisco pidió que ninguna persona, ninguna familia, ningún pueblo sea aplastado por las deudas. En Argentina, mientras el Congreso no legisle, cada familia que pide prestado para comer está sola frente a un sistema que lucra con su hambre. Eso no es un problema económico. Es una vergüenza colectiva.

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