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El acuerdo con Irán depende de que EE UU frene a Israel

Por Alberto López Girondo*. El 113 es un número fetiche que suele aparecer disimulado en películas de Pixar y Disney como tributo al aula del Instituto de Artes de California donde estudiaron John Lasseter y Brad Bird, creadores de maravillas como la saga de Toy Story y Cars. Para Donald Trump, sin embargo, es el número de días que pasó desde que se metió en una guerra contra Irán para seguirle el juego a Benjamín Netanyahu, quien le garantizaba un paseo de fin de semana que culminaría el lunes 2 de mayo.

Ahora, tras firmar un Memorándum de Entendimiento en el Palacio de Versailles, escenario de la capitulación alemana de 1919, necesita deshacerse de su fastidioso copartícipe de tropelías si quiere calmar las cosas con el país persa y los aliados que Teherán fue cosechando desde entonces. Y que entienden las razones para haber postergado el primer encuentro en la mesa de negociaciones en la turística ciudad suiza de Bürgenstock programada para este viernes y para el sorpresivo nuevo cierre del estrecho de Ormuz de ayer.

El viernes los representantes iraníes recibieron aviso de los servicios pakistaníes sobre un posible atentado contra sus vidas pergeñado por el Mossad. Pakistán no solo es mediador entre Estados Unidos e Irán sino el garante, junto con Omán, de que se cumplan los acuerdos. Se sabe de la vieja estrategia israelí de arruinar cualquier negociación eliminando a los negociadores de la otra parte.

El aviso también coincidió con los nuevos ataques de las FDI en el sur del Líbano y las provocaciones de ministros de Benjamin Netanyahu. El de Seguridad Interior, Itamar Ben-Gvir –“Todo Líbano debe arder”, escribió en X– el de Finanzas Bezalel Smotrich –“Hora de hablar de fuego (en la región)”– y el Defensa, Israel Katz –“Hemos arrasado por completo la primera línea de pueblos en el sur de Líbano, todas las casas han sido destruidas. Los residentes nunca volverán a verlas en pie jamás”–, por ejemplo.

En este contexto, era obvio que si Teherán abrió el estratégico Estrecho de Ormuz para cumplir con el MOU que firmó el presidente Masud Pezeshkian, que establecía que el cese el fuego incluía a Líbano, tenía razones para volver a cerrarlo. Las negociaciones tienen el nivel de desconfianza que como pocas refleja una frase del genial Raymond Chandler: “Nos miramos como dos vendedores de autos usados”.

Así, el ayatolá Mojtaba Jamenei no creía que debía firmarse el MOU. “Sin embargo, a la luz del compromiso que me hizo el respetado presidente (Pzeshkian) lo autoricé”, escribió. Vaya si tenía motivos: el primer ataque contra Irán consistió en el bombardeo en el que fue asesinado su padre, Alí Jamenei, la cúpula del gobierno y su familia.

Ya Vance, el representante de EE UU, había advertido a Netanyahu que no cometa más barbaridades, teniendo en cuenta de que “Trump es el único jefe de Estado en todo el mundo que es comprensivo con la nación de Israel en este momento”. No solo eso, dijo que ese país “necesita despertar y oler la realidad de la situación en que se encuentra”.

Trump no fue menos crudo con el premier, al que tras asegurar que tiene una buena relación, le sugirió que sea “más racional”. El Canal 12 de Israel fue más lejos y reveló que la administración republicana está dialogando con líderes de la oposición, como el expremier Neftalí Bennet y Gadi Eisenkot.

En Estados Unidos, Trump enfrenta serios problemas para mantener su postura de –luego de haberse metido en “otra guerra sin fin” como las que criticaba a los demócratas– terminar firmando un documento que incluso, critican, resulta más beneficioso que el que había establecido Barack Obama en 2015 junto con los países del Consejo de Seguridad más Alemania y que el empresario inmobiliario –“convencido” por el lobby sionista– desechó unilateralmente en su primer gobierno.

Fanáticos como el senador Ted Cruz, despotrican por “dar al régimen iraní que corea ‘muerte a EE UU’ miles de millones de dólares es una mala idea». Otros, como los analistas de think tanks Jack Keane y Marc Thiessen, directamente sostienen que Trump debería lanzar un ataque nuclear sobre Irán con, por lo menos, una B83, “una bomba de 1,2 megatones”.

Lo que no toman en cuenta los extremistas de oficina y que tal vez sí la Casa Blanca, según las advertencias que le hizo el canciller pakistaní Ishaq Dar a su par Marco Rubio, es que Irán cuenta con armamento nuclear. No es claro si por un desarrollo propio sin el enriquecimiento total del uranio en su poder, o como deslizó el mandatario estadounidense, porque lo compró o se lo prestaron. Sus socios pakistaníes, chinos y de Corea del Norte, tranquilamente.

Lo más difícil en estas circunstancias, será que la sociedad estadounidense acepte una nueva derrota militar –que se sumaría a Vietnam, Irak y Afganistán– y más aún, que la acepten los líderes israelíes, acostumbrados a que pueden hacer lo que quieran sin consecuencias. De allí la dificultad de que aún firmando algo, se cumplan las condiciones.

A última hora de ayer, Vance se estaba subiendo al avión que lo llevaría a Suiza para concretar el primer encuentro con los iraníes. Se anunció que el canciller Abbas Araghchi y el presidente del Parlamento persa, Mohamad Baqer Qalibaf, ya estaban en Suiza, en algún lugar supervigilado, claro.


La bomba del Covid

La directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, desclasificó antes de dejar el cargo una andanada de archivos que implican a EE UU en la pandemia de coronavirus. Así, mostró documentos que “exponen cómo el Dr. Anthony Fauci (exdirector del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas) proporcionó millones de dólares de los contribuyentes estadounidenses para financiar investigaciones peligrosas de ganancia de función en el laboratorio de Wuhan, trabajó con elementos politizados dentro de la Comunidad de Inteligencia (CI) para suprimir la verdad sobre sus acciones y ocultar los orígenes de filtración de laboratorio del virus, y mintió al Congreso bajo juramento en 2024”.

Se sabía que los primeros contagios de Covid 19 surgieron en Wuhan y hasta Trump lo llamó, maliciosamente, “virus chino”. Se sabía también que allí habían trabajado científicos de EE UU. Lo que se corrobora es que las investigaciones eran para “modificar genéticamente un organismo para dotarlo de nuevas propiedades o mejorar las existentes». Que así es como se define a la “ganancia de función” que se investigaba en la ciudad china.

Gracias a su relaciones con la CI, «Fauci financió investigaciones arriesgadas sobre el coronavirus, vinculadas a las grandes farmacéuticas y a la búsqueda de «vacunas universales» (…). Fue el asesor que, entre bastidores, con expertos de su confianza, presionó a la CI para que respaldara un origen natural y animal del virus(…) se convirtió en el «experto» nacional en pandemias y promovió públicamente mentiras, desinformación y censura”.

* En Tiempo

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