Por Reynaldo Castro. Entre reformas arquitectónicas y omisiones políticas, Jujuy asiste a la remoción de las señales que identifican a los sitios de memoria. La desaparición de los carteles en el Cabildo y el Ingenio Ledesma no es un error de cálculo, sino un pacto de silencio.
El viejo truco de magia legal
Parece que, en Jujuy, ciertos objetos también tienen una tendencia trágica: la desaparición, especialmente si están hechos de hierro y memoria. El señalamiento de los Sitios de Memoria no es un capricho decorativo; responde a la Ley Nacional N° 26.691, promulgada en 2011, que obliga al Estado a preservar y visibilizar los lugares donde el horror tuvo sede.
Sin embargo, en un despliegue de prestidigitación política, el cartel del Ingenio Ledesma (ubicado en la Av. Rivadavia S/N, Libertador General San Martín) y el de la Central de Policía y Comando Radioeléctrico (en el Cabildo Histórico, calle Belgrano s/n, San Salvador de Jujuy) han «dejado de estar».
El primero fue invisibilizado progresivamente hasta su remoción de facto, mientras que el segundo fue barrido en 2022 bajo la excusa de las reformas estéticas del Cabildo. Un «error de cálculo» arquitectónico, seguramente.
Los anfitriones del horror y el comisario que «se fue»
¿Por qué molesta tanto un pedazo de metal con letras blancas? Quizás porque recuerda que la eficiencia de la empresa Ledesma, en 1976, no fue solo azucarera, sino logística.
Señalar el Ingenio es recordar la complicidad civil de Carlos Pedro Tadeo Blaquier y Alberto Lemos, quienes no solo prestaron camionetas para los secuestros de las «Noches del Apagón», sino que aceitaron la maquinaria del genocidio con recursos que el mercado no suele contabilizar.

Y si de «anfitriones» hablamos, no podemos olvidar el Comando Radioeléctrico. Allí reinaba Ernesto Jaig, el comisario cuyo nombre es sinónimo de picana y tormento en el recuerdo de cada ex preso político que sobrevivió para contarlo.
Jaig, en un último acto de ironía histórica, logró lo que sus víctimas no pudieron: morir en libertad y lejos del banquillo. Falleció el 12 de septiembre de 2006 en Nueva Jersey, Estados Unidos, evadiendo la justicia argentina hasta el último suspiro.
Señalizar ese lugar es evitar que el nombre de Jaig se pierda en el ruido de la ciudad; quitar el cartel es, en la práctica, concederle un segundo indulto.

Disciplina de ingenio y olvido de Estado
La desaparición de estos carteles revela un paisaje de poder perfectamente aceitado.
Por un lado, el poder disciplinador de Ledesma, que sigue trazando los límites de lo que se puede decir y mostrar en «su» territorio, como si el departamento de Libertador fuera un feudo donde la Ley Nacional 26.691 no tiene jurisdicción.
Por el otro, la política de olvido del gobierno provincial, que maquilla con luces LED y fachadas renovadas los muros que todavía transpiran gritos.
Es un pacto de silencio: la empresa pone la disciplina y el Estado pone la pintura para tapar la historia.
Advertencia a los cómplices del silencio
Cuando el Estado decide que la memoria es un estorbo para el urbanismo o para los negocios, abre la puerta a algo mucho más oscuro. Como escribió Circe Maia en su poema Otra voz canta: «No son solo papeles, ni son solo palabras. / Son ojos que te miran desde el fondo del tiempo».
Aunque quiten los carteles, esos ojos siguen ahí. Estas políticas de desmemoria son el caldo de cultivo para los discursos de odio y para un modelo estatal que criminaliza la protesta popular y no tolera disidencias.
Pero se equivocan quienes creen que el tiempo borra los delitos de lesa humanidad.
Así como la justicia llegó —tarde, pero llegó— para condenar a prisión perpetua a genocidas que bañaron de sangre nuestra patria chica, también llegará el día en que la justicia sea digna de su nombre para los funcionarios públicos actuales. Aquellos que, por complicidad o cobardía, no hicieron respetar una ley nacional y permitieron que se vandalice nuestra historia, deberán responder.
La «desaparición» de carteles es una forma de encubrimiento, y el encubrimiento no prescribe en la conciencia de un pueblo que, en estos días, otra vez dice Nunca Más.
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