Por Alberto Bernis-vicegobernador. Hay una escena que se repite con regularidad casi ceremonial en la historia argentina: un funcionario nacional porteño sube a un atril y explica al país profundo cómo debe administrar la riqueza que tiene bajo sus pies.
Esta vez le tocó al ministro Federico Sturzenegger, quien desde el Foro «Vientos de Cambio» cuestionó las leyes de compre local que Jujuy y otras provincias del norte sostienen para que la explotación de sus recursos deje algo más que un agujero en el territorio.
Para entenderlo, conviene recordar que la Argentina no nació de una sola tradición sino del cruce incómodo de dos. Está la historia del puerto: una aldea de contrabandistas que logró monopolizar la Aduana y, con ella, el control de los ingresos de todo el territorio. Y está la historia del Alto Perú, con la Audiencia de Charcas en Chuquisaca, donde desde 1624 funcionaba una de las universidades más antiguas de América del Sur, de cuyas aulas salieron los juristas y próceres que discutieron la independencia con argumentos propios.
Resulta que es precisamente el heredero político de la tradición portuaria quien hoy le explica al heredero de la tradición universitaria del Alto Perú cómo debe legislar sobre sus propios recursos.
Los mismos que en 1776 debieron ceder Jujuy a un virreinato nuevo, fundado alrededor de un puerto que necesitaba territorio, son los que hoy, con otro discurso técnico, vuelven a insistir en que la última palabra sobre la riqueza del norte se toma en Buenos Aires. La historia cambia de vestuario, pero rara vez cambia de guion.
Cuando Sturzenegger dice que las leyes de compre local impiden «una economía de escala», pide que Jujuy renuncie a la única herramienta que tiene para que el boom del litio no sea otro ciclo de extracción sin desarrollo. Es el mismo mecanismo que empobreció al interior en el siglo XIX: la riqueza se genera en el territorio, mengua en camino a la Capital y termina financiando una pujanza porteña que, con notable comodidad, da cátedra de eficiencia económica a quienes quedaron con la pobreza.
Que Jujuy exija que una porción del trabajo, insumos y proveedores sea jujeña no es un capricho, sino la actualización de un reclamo histórico: que la inversión deje algo que no se pueda cargar en un contenedor rumbo al puerto.
El compre local no discute si Jujuy debe recibir inversión, sino si esa inversión generará desarrollo local. Hay ironía involuntaria en que quienes reclaman eficiencia y libre mercado sean herederos de una ciudad que construyó su poder monopolizando por la fuerza el único puerto habilitado del Río de la Plata durante dos siglos.
Cada vez que un ministro cuestiona el compre local jujeño, discute si el litio será para Jujuy lo que la plata de Potosí fue para el Alto Perú: una riqueza de la que la región vio apenas pasar el polvo.
Jujuy tiene hoy algo que sus antepasados no tuvieron: la posibilidad de escribir las reglas antes de que la riqueza se vaya. Sería un despropósito histórico renunciar a esa posibilidad solo porque, una vez más, desde el puerto decidieron que saben mejor que nos conviene. El compre local no es una traba para el desarrollo; es la manera en que el norte le recuerda al puerto que esta vez, la riqueza se queda.

