Por Pedro Ascárate, militante peronista. “Nuestra acción de gobierno no representa un partido político, sino un gran movimiento nacional, con una doctrina propia, nueva en el campo político mundial” (Perón, 1949).
Esta definición conlleva importantes diferencias con otros partidos políticos. El peronismo siempre consideró al partido como una simple herramienta electoral, un requisito inevitable del sistema liberal, pero no el ámbito natural del desarrollo de la política cotidiana, ya que esta tiene su lugar en la comunidad.
El Partido es un instrumento, nacido en el proceso de la Revolución Francesa al calor de los intereses de la burguesía donde solo votaban y eran candidatos los que pagaban los impuestos, o sea ellos mismos, apropiándose así de la “voluntad general”.
El liberalismo lo introdujo a sangre y fuego en nuestro país, sin embargo, fueron los movimientos populares como el Yrigoyenismo y el Peronismo los que lograron mediante la lucha transformar ese voto censitario en universal.
La decadencia del Partido Justicialista se produce cuando se sobredimensiona su rol, y pretende así, usurpar el lugar de Movimiento que es el que lo nutre, vaciándose de contenido, bajo el pretexto de una presunta “renovación”, tratando de ser “políticamente correcto” o “revolucionario”, cercenando su carácter esencialmente nacional y popular.
Hoy el P J se encuentra literalmente desquiciado (fuera de lugar), en el que sus dirigentes han perdido autoridad y por lo tanto le es imposible ejercer una conducción creíble; los símbolos, el escudo, “la marchita”, las imágenes, no tienen la resonancia épica de otros tiempos, están degastados por las traiciones. Se ha perdido lo fundamental que es el sentido heroico de la vida. El voto censitario ya no existe, pero eso no impide que los partidos en general, y el Justicialista en particular, sean apropiados por grupos plutocráticos y lo pongan en función de sus intereses.
“Las instituciones, como los pescados, comienzan a pudrirse por la cabeza” (Perón).
El problema del P J no es para nada un problema judicial, sino doctrinario y político. El exigir el cumplimiento de su carta orgánica a rajatabla como una panacea, no es otra cosa que acentuar la preponderancia de los intereses de círculo que disponen del aparato cuantitativo. Es como recetar aspirina para el cáncer.
Nos dicen que “no hay otra cosa”, “es lo que hay”. Si no hay otra cosa, es porque no se asume la responsabilidad de la situación a la que se ha llegado. Siempre hay alternativas si existe la voluntad política de construirla.
La oferta electoral es solo un aspecto, pero ya se ha hecho costumbre sacrificar las fuerzas de la movilización popular para ir a morir al brete de lo electoral para beneficio de unos pocos vivillos y aventureros.
Como sucedió siempre, esa actitud farisaica, nunca permitirá que la legalidad de paso a la legitimidad. Lo que hace falta es una autoridad política que discrimine lo bueno de lo malo siguiendo el consejo del General Perón cuando decía “no se puede hacer una tortilla de papas con huevos sin romper algunos huevos”.
El Partido no necesita de un presidente sino de un conductor capaz de abnegarse en aras de la recuperación de la doctrina justicialista, y lo demás vendrá por añadidura.

