Por Marcelo Cabero Dirigente Social. Puede parecer raro juntar a Martín Fierro, al Joker y a Javier Milei en la misma conversación. Uno es un personaje de nuestra literatura, otro sale de una película y el tercero es el presidente de la Argentina. Sin embargo, los tres sirven para pensar qué pasa cuando una persona se enfrenta al poder y, sobre todo, cuando quienes gobiernan dejan de cumplir con su responsabilidad.
Antes de seguir, una aclaración importante: el Estado y el gobierno no son lo mismo. El Estado somos todos: la escuela pública, el hospital, la universidad, la justicia, las jubilaciones, los servicios públicos. Son instituciones que sigue existiendo, aunque cambie el presidente.
El gobierno, en cambio, es quien administra ese Estado durante un período. Por eso, cuando un gobierno cierra un servicio o perjudica a un sector, no alcanza con decir «el Estado hizo esto»: hay un gobierno que tomó una decisión sobre algo que pertenece a todos.
Martín Fierro
A Martín Fierro (1872) lo agarra la leva. Lo llevan por la fuerza a la frontera, lo maltratan y queda abandonado; cuando vuelve, encuentra su rancho destruido y a su familia dispersa. El juez y el comandante representan ese poder que decide sobre su vida sin darle réplica. Fierro termina como matrero: perseguido por la justicia y obligado a vivir fuera de la ley.
Pero no hay que esconderlo: Fierro mata, y que haya sido víctima de abusos no convierte sus actos en justos. Acá aparece una contradicción interesante: podemos entender a Fierro como una denuncia de las injusticias que sufrían los gauchos sin convertirlo en un modelo de conducta. Fierro muestra lo que puede pasar cuando quienes tienen el poder usan las instituciones para perseguir y someter a una persona.
El Joker
Más de dos siglos después aparece Arthur Fleck, el personaje de *Joker* (2019). Arthur tiene problemas de salud mental y recibe tratamiento a través de un programa de asistencia social, pero ese programa deja de funcionar por recortes presupuestarios y se queda sin atención. La película muestra a un hombre cada vez más solo, en una sociedad que tampoco parece tener demasiado interés en él. Después, Arthur mata: primero a tres hombres en el subte, más adelante a su antiguo compañero de trabajo, y luego al presentador Murray Franklin, que lo había invitado a su programa para burlarse de él.
No hay que confundir las cosas: que una persona haya sido abandonada no justifica que mate. Pero la película plantea una pregunta incómoda: ¿qué pasa con una sociedad cuando deja de ocuparse de las personas que están peor? Y algo más inquietante: después de sus crímenes, Arthur empieza a ser tomado como símbolo de rebelión por gente que se siente dejada afuera. Otra vez aparece el problema de convertir a un personaje violento en un emblema.
Y después aparece Milei
Acá la historia cambia por completo. Milei no es Fierro ni Arthur: ellos están del otro lado del poder, Milei llegó al poder. Durante la campaña hizo de la motosierra uno de sus símbolos y ya como presidente fue más explícito: «Soy el topo que destruye el Estado desde adentro». La frase importa porque no la dijo un adversario para describirlo, la dijo él mismo.
Y ahí está la diferencia fundamental. Fierro sufrió las decisiones de quienes gobernaban. Arthur quedó abandonado cuando las instituciones que lo asistían dejaron de funcionar. Milei, en cambio, es quien gobierna y toma las decisiones sobre el Estado.
El problema empieza cuando confundimos al gobierno con el Estado
Cuando un gobierno cierra una escuela, no desaparece «el Estado». Cuando reduce un programa de salud o elimina un servicio público, tampoco. Son decisiones de un gobierno sobre instituciones y recursos que son de todos, y esto vale para cualquier gobierno. Porque si cada gobierno pudiera decir «el Estado soy yo», estaríamos confundiendo una cosa con la otra: el gobierno pasa, el Estado queda.
Por lo mismo es equivocado pensar que todo lo público pertenece a los políticos. El hospital no es del gobernador, la escuela no es del intendente, la universidad pública no es del presidente. Son instituciones de la sociedad, y los funcionarios las administran durante un tiempo. Nada más.
Entonces, ¿qué tienen que ver Fierro, el Joker y Milei? Más de lo que parece, pero no porque sean iguales. Fierro muestra a un hombre maltratado por quienes ejercen el poder. El Joker muestra a uno abandonado cuando las instituciones que deberían asistirlo dejan de hacerlo. Y Milei representa algo distinto: un presidente que llegó con la idea de reducir profundamente el Estado e incluso habló de destruirlo «desde adentro».
Justamente por ser situaciones distintas sirven para pensar: cuando un gobierno usa mal el poder, puede perseguir, puede abandonar políticas públicas dejando a millones sin respuestas, y cuando decide reducir el Estado tiene que explicar qué funciones van a desaparecer y qué va a pasar con la gente que dependía de ellas.
Las víctimas de la motosierra
Hablar de recortes puede sonar abstracto, como números en un Excel. Pero detrás de cada decisión hay personas concretas, y en muchos casos hay muertes que no aparecen en los titulares.
Los pacientes oncológicos que no reciben su medicación a tiempo. Los jubilados que trabajaron toda la vida y hoy eligen entre pagar los remedios o comer. Los índices de suicidio que no dejan de crecer. Los problemas de salud mental de una población que se endeuda para llegar a fin de mes o acepta condiciones de explotación para conseguir un ingreso que no alcanza para una vida digna.
Todas estas personas son las víctimas de la motosierra
Y cuando alguien habla de «destruir el Estado desde adentro», conviene preguntarse destruir qué exactamente. Porque la motosierra no corta en abstracto: corta tratamientos de quimioterapia, corta jubilaciones, corta guardias de salud mental, corta puestos de trabajo. Y del otro lado del corte siempre hay alguien.
No hay que hacer héroes de los que hicieron daño
Fierro y el Joker terminan haciendo daño. Fierro mata, Arthur mata, y ninguno debería tomarse como ejemplo de cómo resolver los problemas. Podemos entender por qué una persona llegó a determinado lugar sin justificar lo que hizo. Y también podemos discutir las ideas de Milei sin convertir la discusión en una pelea entre buenos y malos.
Si algo tienen en común estas tres historias, es que muestran lo peligroso que puede ser cuando una sociedad deja de discutir qué hacen quienes tienen el poder.
Al final, la discusión es otra
No se trata solo de preguntar si queremos mucho o poco Estado, sino para qué lo queremos. Si el Estado somos todos, discutir qué hace el Estado es discutir qué hacemos con algo que nos pertenece a todos. Podemos discutir si una institución funciona bien o mal, cuánto cuesta, si necesita reformas, si hay burocracia o gastos innecesarios. Todo eso es válido. Pero una cosa es transformar lo que no funciona y otra muy distinta es pensar que la solución es simplemente destruir lo público.
Martín Fierro nos recuerda lo que puede pasar cuando el poder se usa contra los más débiles. El Joker muestra, desde la ficción, lo que pasa cuando una persona queda sola y las instituciones que deberían ayudarla desaparecen. Y Milei pone sobre la mesa la discusión que atraviesa a la Argentina: qué Estado queremos y qué cosas estamos dispuestos a dejar en manos del mercado o de cada individuo.
Pero hay algo que no deberíamos perder de vista: el Estado no es el enemigo, el Estado somos nosotros. Los gobiernos pasan, las personas que ocupan los cargos pasan, las elecciones pasan, pero las instituciones quedan. Y si algo no funciona, no tenemos que abandonar el Estado: tenemos que discutir qué está haciendo el gobierno con él y qué Estado queremos para todos.

