Por Diego Citterio Licenciado en Historia 1992. Yo tenía once años y con la escuela viajamos a Buenos Aires, a la Expo América 92, un evento que el gobierno había montado en lo que después iba a ser Puerto Madero.
No entendía demasiado de qué se trataba todo aquello. Pero me acuerdo de una gigantografía: Patoruzú, el cacique de historieta, enorme, sonriente. El mensaje era claro hasta para un chico de once años — el encuentro de culturas, los quinientos años, todos juntos y contentos. Y Patoruzú venía como anillo al dedo: un indio simpático, rico, generoso, que no le reclamaba nada a nadie. Al lado de las inversiones de Telefonica, la empresa española que privatizaba nuestras comunicaciones.
Ese año, el 12 de octubre se llamaba Día de la Raza. En Youtube hay un trabajo documental que se llama “Descubrir América” con imágenes del evento.
Unos años después, ya en la secundaria, la profesora de Historia repetía una y otra vez que la Argentina era un “crisol de razas”. Nunca nadie nos explicó cuáles eran. Por lo visto, ser español, italiano, polaco, galés, ruso o ucraniano era ser de una raza distinta. Y los que ya estaban acá antes de que llegaran todos ellos no aparecían en el crisol. Aparecían en la historieta.
La fecha tiene más de un siglo en la Argentina, y casi toda esa historia es una pelea por cómo llamarla.
En 1917, Hipólito Yrigoyen la declaró fiesta nacional con el nombre de Día de la Raza. Conviene no leer esa palabra con los ojos de hoy: en aquel momento “raza” quería decir, sobre todo, la comunidad hispana — la lengua, la religión, una idea de familia compartida con España en un país que se llenaba de inmigrantes. Era un gesto de reconciliación con la madre patria, no un manual de biología. Algo de eso todavía quedaba en el aula de mi profesora: la raza como lugar de origen, como apellido, como barco.
Pero las palabras no se quedan quietas. Lo que en 1917 sonaba a hermandad, cien años después suena a otra cosa.
En 2010, un decreto le cambió el nombre: Día del Respeto a la Diversidad Cultural. La idea era que la fecha dejara de celebrar una llegada y pasara a reconocer a todos — a los que ya estaban y a los que vinieron después. Que la Constitución, que desde 1994 reconoce la preexistencia de los pueblos indígenas, tuviera también su efeméride.
Y ahora, 2026, la vuelta al nombre viejo.
Hace unos días me crucé con el trabajo de María Laura Núñez, una investigadora del CONICET en Tucumán que viene estudiando el 12 de octubre desde hace años: cómo lo cuentan los diarios, cómo lo enseñan los docentes, cómo lo usan los políticos.
En uno de sus trabajos entrevistó a docentes de secundario tucumanos entre 2015 y 2018 — es decir, en plena vigencia del nombre nuevo. Les preguntó, básicamente, qué es para ellos el Día de la Diversidad Cultural. Lo que encontró me pareció de una honestidad incómoda: en el discurso, todos valoran la diferencia; en los hechos, el relato sigue contándose desde el mismo lugar. Desde las carabelas.
Dicho de otro modo: el decreto de 2010 cambió el cartel, pero no alcanzó para cambiar la historia que contamos. Adentro del aula, la escena seguía siendo, más o menos, la de mi gigantografía de Patoruzú.
Ciento nueve años después de Yrigoyen, seguimos sin ponernos de acuerdo sobre qué pasó ese día.
Porque el nombre de un feriado no es un trámite: es lo que un Estado elige decir sobre quiénes somos. Y cuando lo cambia — en una dirección o en la otra — está diciendo quiénes quedan adentro de ese “nosotros” y quiénes quedan afuera, sonriendo en una gigantografía.
No voy a hacer de cuenta que tengo todas las respuestas. Tengo, eso sí, una sospecha que me dejó el trabajo de Núñez: que el nombre, solo, nunca alcanzó. Que el “Respeto a la Diversidad” fue en muchas escuelas un cartel nuevo sobre un acto viejo.
Pero un cartel nuevo, aunque sea solo un cartel, es una promesa. Obliga. Deja una puerta abierta para que alguien, en algún aula, pregunte. Y eso es lo que este cambio viene a cerrar.
Un decreto que busca borrar la idea de diversidad cultural, del respeto por el otro, para consolidar una sola identidad. Un decreto que se lleva a las patadas con la Constitución Nacional y con lo más importante que tiene la Argentina: su pluralidad. La de sus regiones, la de sus lenguas, la de sus pueblos.
Si tenés cerca a alguien que da clases — o a alguien que todavía se acuerda de cómo le contaron el 12 de octubre en la escuela — reenviale esto. Me interesa más esa conversación que cualquier comentario.

