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«Reposición»: La palabra que delata a quien no entiende lo que es un hijo

Por Alberto Bernis*. Las palabras del presidente Javier Milei me obligaron a escribir esto. Me obligaron a poner en en papel lo que siento, lo que pienso, lo que llevo adentro como jujeño, como padre, como hijo.

No puedo quedarme callado cuando escucho que un hijo es una «reposición». No puedo seguir de largo cuando el presidente de la Nación reduce la vida humana a una categoría de supermercado, como si los niños fueran paquetes de fideos que se reponen en una góndola cuando se terminan. Porque eso no es un lapsus, no es una frase desafortunada: es una confesión. Es la revelación de una forma de ver el mundo que ha vaciado de sentido lo más sagrado de la existencia.

Milei dijo que Argentina no llega a la tasa de natalidad que permite la «reposición» de la población. Y la palabra que impacta, la que debería detenernos a todos, es precisamente esa: reposición. «Reponer» es lo que hace el almacenero cuando se terminan los fideos o el aceite. «Reponer» es lo que se aplica a un inventario, a un stock, a una mercancía. No es, bajo ningún concepto, lo que se aplica a un hijo. Pero Milei, en su lógica economicista y fría, reduce a los niños a la categoría de insumos que deben ser repuestos para que el sistema —el trabajo, las jubilaciones, el mercado— no colapse.

Y yo me pregunto: ¿cómo se puede hablar de un hijo como si fuera un dato en una planilla de Excel? ¿Cómo se puede mirar la vida humana y no ver el milagro, el misterio, la bendición? Porque un hijo no es una estadística. Un hijo es el hecho más trascendental que puede vivir una persona. Es el instante en que el tiempo se detiene y el futuro cobra rostro. Es la primera vez que sostenés una vida en tus brazos y el mundo se vuelve irrelevante porque ahí, en ese puñado de carne y sueños, está todo. Un hijo es la pregunta que te desarma y te reconstruye: ¿quién soy yo ahora que soy padre? ¿Qué clase de mundo voy a dejarle? ¿Cómo hago para que sea feliz?

Un hijo es una elección de vida. No es un mandato biológico ni un engranaje del sistema. Es la decisión más profunda y transformadora que una persona puede tomar. Es el momento en que dos historias se encuentran para dar lugar a una nueva historia que no existía antes. Es el instante en que el amor se hace carne, en que la esperanza se vuelve nombre, en que la vida se niega a ser un número.

Y eso, en Jujuy, se vive con una intensidad que no se explica con estadísticas. Porque nosotros, los jujeños, amamos a nuestros hijos como se ama la tierra que nos vio nacer, como se ama la Quebrada que nos abraza, como se ama la Puna que nos desafía, o el inmenso verde de nuestras Yungas y los Valles que nos enseñan el valor de la mano del hombre en la tierra. Un hijo, en nuestra tierra, no es un dato demográfico. Es la continuidad de una familia que se teje con el trabajo del campo, con la fe de los abuelos, con las coplas que se heredan, con el carnaval que nos reúne. Es el nombre que va a seguir llevando el apellido en la próxima generación. Es el que va a aprender a sembrar maíz, a pastar las cabras, a recorrer los cerros. Es el que va a seguir bailando en la procesión del Señor y la Virgen, y el que va a mantener viva la lengua de los pueblos que nos precedieron.

Para nosotros, un hijo es el universo mismo. No es una «reposición». Es una bendición. Es un milagro que nos recuerda que la vida no es una mercancía, que el amor no es un cálculo y que la familia no es una variable económica. Un hijo es el eco de la eternidad en el tiempo de los hombres. Es la promesa de que, pase lo que pase, algo nuestro va a quedar. Es la certeza de que el mundo no se termina con nosotros, sino que sigue, se renueva, se transforma y se enriquece con cada nueva vida que llega.

Por eso las palabras del Presidente me obligaron a escribir esto. Porque no puedo aceptar que la vida humana sea reducida a una categoría contable. No puedo aceptar que un hijo sea visto como un insumo que debe ser repuesto para que el sistema no se caiga. No puedo aceptar que el amor, el sacrificio, la alegría y el miedo de tener un hijo sean medidos con números fríos.

Que el Presidente de la Nación hable de los niños en términos de «reposición» no es un error de dicción. Es la confesión de una ideología que ha vaciado de sentido lo más sagrado de la vida humana para reducirlo a una categoría contable. Es la misma lógica que, desde el progresismo pedagógico, vació las aulas de enseñanza sistemática y las llenó de consignas vacías; y la misma lógica que, ahora, desde el otro extremo, quiere medir a los hijos como si fueran productos de góndola.

Pero los jujeños sabemos que un hijo no se repone. Se ama, se cría, se abraza, se sueña. Se elige cada día, aunque a veces canse, aunque a veces duela, aunque a veces no sepan cómo llegar a fin de mes. Se elige porque es la decisión más hermosa que se puede tomar. Y esa elección no cabe en ninguna planilla de Excel, no se resuelve con un decreto ni se corrige con una política de incentivos. Se resuelve en el corazón de cada familia, en la cuna de cada hogar, en los ojos de cada madre y cada padre que miran a su hijo y ven el infinito.

La verdadera crisis demográfica no es de números; es de sentido. Es la crisis de un mundo que ha olvidado que los hijos no son recursos, sino razones. No son reposición, sino revelación. Son la vida misma que se niega a ser reducida a una estadística. Y mientras sigamos discutiendo a los hijos como si fueran fideos, seguiremos perdiendo lo único que realmente importa: la capacidad de maravillarnos ante la vida que llega, y la certeza de que, en Jujuy, cada hijo es una bendición que merece ser celebrada, no contada.

Las palabras de Milei me obligaron a decir esto. Las palabras de Milei me obligaron a escribir lo que pienso. Porque si no lo digo yo, que soy jujeño, que soy padre, que soy hijo, que soy parte de esta tierra que ama a sus hijos como ama el sol y la luna, ¿quién lo va a decir?

* Presidente de la Legislatura de Jujuy

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