Por Diego Citterio, docente, historiador. Estaba leyendo el diario cuando la encontré: una foto del 11 de septiembre de 2001. Los aviones incrustados en dos edificios enormes, muy famosos, de Nueva York. Las Torres Gemelas.
No hizo falta más que eso. Inmediatamente me vi de nuevo ahí, en ese día, bajando a la calle para preguntarle al diariero si era verdad lo que estaba pasando. Él, que tenía la radio prendida, me dijo: «Sí, está pasando.»
Esa tarde fui a cursar, porque mi vida seguía transcurriendo con normalidad. Estaba lejos —geográficamente, sobre todo— del lugar del episodio. Lo veía por televisión, como todo el mundo que no estaba ahí. Lo primero que nos preguntó la profesora al entrar al aula fue si nos dábamos cuenta de que estábamos viviendo la historia, atravesando la historia. Y nosotros nos reíamos.
Nos reíamos como se ríen hoy Luquita Rodríguez y Tomás Rebord en su programa de streaming cuando alguien les advierte que la inteligencia artificial, dentro de unos años, podría representar un riesgo serio para la humanidad si no se toman los recaudos necesarios.
Leen el hilo, terminan, se quedan pensando un segundo y dicen: «bueno, me voy a tomar un mate.» A mí me pasa lo mismo. Hoy, viendo de nuevo esa foto —las torres con los aviones incrustados— sigo tomando mate y pienso en dónde había quedado ese recuerdo, guardado, en el continuum de la historia.
Hay algo verdadero en esa comparación, aunque separe dos décadas y dos catástrofes de naturaleza completamente distinta: la risa de esa tarde en la facultad y el mate frente al hilo apocalíptico son la misma reacción humana ante algo demasiado grande para procesar en el momento. No es indiferencia. Es que la magnitud del hecho no entra en el tamaño de un día cualquiera. Uno sigue yendo a cursar. Sigue tomando mate. Sigue viviendo, porque no hay otra forma de sostenerse frente a lo que no se puede abarcar.
Y quizás por eso ese recuerdo reapareció tan intacto, tantos años después. No se terminó de procesar en su momento —estaba comprimido detrás de la risa nerviosa, de la rutina que seguía andando— así que cuando la foto lo activó, lo hizo casi sin filtro. No lo reconstruí: lo encontré ya armado, esperando ahí, en algún lugar donde la memoria guarda lo que todavía no supo qué hacer con la magnitud de lo que vivió.
La memoria no se borra. Se desvanece su nitidez, se vuelve latente, pero sigue estando. Y alcanza una imagen —una foto vieja en un diario, un dato al pasar— para que todo vuelva de golpe: el diariero, la radio, la pregunta de la profesora, la risa que no era indiferencia sino la única forma disponible de seguir de pie.
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