Por Corriente de Opinión Nacional (C.O.N.). Estamos ante una sociedad gobernada por quienes se presentaron como «lo nuevo» en términos de formas y valores frente a «la casta», pero que hoy exhiben la peor versión de aquello que prometieron transformar.
Constituye una verdadera paradoja que, frente a las contradicciones de la gestión oficial y el silencio de las burocracias partidarias y sindicales, no exista un clima de movilización masiva ante una realidad cada vez más cruda. Se trata de un escenario impuesto tanto por quienes incumplieron el contrato social como por aquellos que, desde la decadencia política, acompañan acríticamente el deterioro institucional.
Este panorama exigiría una firme respuesta popular; sin embargo, el poder parece haber logrado domesticar las conciencias. Las prácticas de autoritarismo del gobierno nacional remiten a épocas oscuras en las que, mediante la fuerza o el discurso, se pretendía imponer qué leer, pensar y hacer, tildando la diversidad como algo intolerable. Ayer el sometimiento se ejecutaba con la violencia explícita; hoy, mediante el insulto sistemático.
Cuando una sociedad no estalla frente a la pérdida del poder adquisitivo, el endeudamiento como única vía de subsistencia, el desfinanciamiento de la educación pública y el abandono a jubilados y personas con discapacidad en nombre del «equilibrio fiscal», se configura un modelo despiadado e injusto. Quienes deberían encabezar la resistencia acompañan con silencio la consolidación de privilegios, relegando las banderas históricas de justicia social.
Hoy la Argentina parece funcionar en piloto automático: ni la pérdida de derechos ni la entrega del territorio logran articular convocatorias contundentes. Se instala así un proceso de implosión, una dinámica desmovilizante que reduce la política a una simple oferta electoral, vacía de contenido a los partidos y termina siendo funcional a la antipolítica que encarnan Milei y sus aliados.
Sin embargo, este estado de cosas no es eterno. La falta de protesta visible no equivale a resignación; el cuerpo social debate y reflexiona. El desafío irrenunciable consiste en mantener las convicciones para construir espíritu crítico, con la certeza de que la pasividad actual dará paso a la movilización. Y, como enseña la historia, esa transformación se hará con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes.
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