Por Pablo Taranto*. La expedición científica realizada a bordo del buque Falkor (too) el verano pasado permitió elaborar, a partir de las imágenes del ROV SUBastian, el primer registro de basura antropogénica en aguas profundas del margen continental argentino, en su mayoría, plásticos que generan en los ecosistemas vulnerables del fondo oceánico un daño ambiental casi irreversible.
Se sabe que el lecho marino es un importante sumidero de basura producida por los seres humanos, pero hay muy pocos estudios sobre los residuos en aguas profundas, debido a las limitaciones logísticas que supone la exploración del fondo oceánico.
La expedición “Vida en los extremos”, liderada por la bióloga María Emilia Bravo, investigadora de Exactas UBA, y realizada a bordo del buque oceanográfico Falkor (too), del Schmidt Ocean Institute, permitió elaborar el primer registro científico de desechos antropogénicos en ambientes profundos del Mar Argentino.
Se entiende por residuo marino de origen antrópico todo material sólido persistente, fabricado o procesado, que haya sido descartado, abandonado o eliminado en el océano.
Aproximadamente el 80% de la basura que llega a los mares proviene de fuentes terrestres, mientras que el 20% restante se debe a fuentes marinas, desde el transporte marítimo, la pesca y la acuicultura hasta la infraestructura oceánica y las actividades turísticas.
Los plásticos representan alrededor del 80% de los desechos registrados. Se estima que entre 1950 y 2010 se acumularon en el fondo del océano entre 25 y 900 mil millones de toneladas métricas de plástico no fibroso, cifra que supera ampliamente la masa de plásticos flotantes.
¿Y adónde se aloja toda esa basura?
“Los cañones submarinos funcionan como corredores naturales que conectan la plataforma continental con el mar profundo. Y su topografía compleja, junto con la circulación que generan las corrientes de fondo y la presencia de sectores de baja energía, puede favorecer la retención y la acumulación de sedimentos, materia orgánica y también, claro, residuos de origen humano”, explica Melisa Fernández Severini, investigadora del Instituto Argentino de Oceanografía (IADO, CONICET-Universidad Nacional del Sur) y directora del Grupo de Investigación en Química de Ambientes de Transición, con sede en Bahía Blanca.
Su equipo, especializado en el estudio de metales pesados y microplásticos de origen antrópico en ambientes marinos, fue el responsable del análisis de todos los materiales contaminantes detectados en aguas profundas durante la campaña “Vida en los extremos” que, entre diciembre de 2025 y enero de 2026, exploró varios cañones del margen continental argentino.
Si bien el eje principal de la expedición fue el estudio de los ecosistemas quimiosintéticos del Atlántico sudoccidental, el equipo liderado por Bravo –investigadora del Instituto de Geociencias Básicas, Aplicadas y Ambientales de Buenos Aires (IGeBA, CONICET-UBA)– pudo documentar por primera vez la presencia de basura en las profundidades del Mar Argentino, mediante el uso de un vehículo submarino operado remotamente, el ROV SUBastian, propiedad del SOI.
A lo largo de 55,6 kilómetros de fondo oceánico recorridos por el robot, equipado con cámaras de alta definición, los investigadores contabilizaron un total de 29 objetos, la mayoría hallados en los cañones submarinos que atraviesan el talud.
El título del paper publicado en Frontiers in Marine Science, una de las más prestigiosas revistas de oceanografía y biología marina, es elocuente: “Acumulación de residuos antropogénicos en aguas profundas de la Argentina: la evidencia de un sumidero irreversible”.
Bolsas de plástico, sacos de arpillera, cabos y redes de pesca, sogas, envases, unos pocos residuos textiles y metálicos y hasta un viejo VHS con inscripciones en coreano, registrado a más de 2.600 metros de profundidad y al que se había adherido una estrella de mar, aparecieron, en vivo, transmitidos por YouTube.
Algunos de los objetos captados mostraban signos evidentes de degradación. Y una bolsa de gran tamaño presentaba una extensa colonización por parte de diversas especies bentónicas: ascidias, anémonas, pequeños bivalvos, poliquetos, esponjas, erizos de mar, caracoles y pequeños crustáceos.
“Desde el punto de vista ambiental, la presencia de basura en el mar profundo es preocupante –señala Fernández Severini–, porque las condiciones que tienen estos ambientes favorecen la permanencia de los residuos durante largos períodos: bajas temperaturas, ausencia de luz y, por lo tanto, menores tasas de degradación. Los plásticos y las artes de pesca pueden persistir durante décadas o siglos, fragmentarse progresivamente en microplásticos, liberar compuestos químicos, alterar los hábitats bentónicos y afectar a la fauna por enredo, ingestión o modificación de los sustratos disponibles para su colonización”.
En rigor, la distribución de los desechos en las profundidades oceánicas –explican los investigadores– está fuertemente influida por la geomorfología del fondo marino, acumulándose frecuentemente en fosas, cuencas y cañones.
En particular, los cañones submarinos actúan efectivamente como vías de transporte de residuos hacia las profundidades del océano, donde se dan condiciones hidrodinámicas más estables y corrientes más débiles. De hecho, se han detectado plásticos incluso en profundidades inaccesibles para el ser humano.
Los residuos antropogénicos se acumulan entonces en lo profundo como consecuencia de este transporte hidrodinámico y también del hundimiento provocado por la bioincrustación, al adherirse organismos y microorganismos a los objetos sumergidos.
Las tres áreas de estudio
La campaña “Vida en los extremos” abarcó tres áreas de estudio: las cuencas Salado-Colorado, Colorado-Rawson y Malvinas, que constituyen, en conjunto, un transecto latitudinal muy representativo del Mar Argentino en términos del estudio comparativo de los residuos marinos.
El área Salado-Colorado va desde el talud continental hasta la llanura abisal, llegando a 4.500 metros de profundidad, con una compleja morfología del fondo marino, que incluye pockmarks –depresiones similares a cráteres–, y donde convergen, en superficie, las corrientes de Brasil y Malvinas, mientras que en las capas más profundas influyen las aguas frías que llegan desde la Antártida. Su heterogénea sedimentología, un mosaico de zonas de acumulación y erosión, incide en las tasas de retención y enterramiento de residuos plásticos.
Los cañones submarinos estudiados en el área Colorado-Rawson abarcan profundidades de entre 700 y 3.000 metros, que reciben la influencia directa de la Corriente de Malvinas y el flujo hacia el norte de la llamada “agua de fondo” antártica. Se trata de una zona de marcada variabilidad batimétrica, con cambios abruptos de profundidad en distancias relativamente cortas, asociados a la transición plataforma-talud, y una circulación de fondo muy activa que tendería a favorecer la acumulación y retención de desechos plásticos.
Por fin, la fosa del área de Malvinas, la última que exploraron, se extiende entre los 250 y los 1.000 metros de profundidad. Allí, por el contrario, las corrientes facilitarían el transporte hacia el norte de los desechos flotantes, reduciendo su deposición en la misma zona.
Consecuentemente, fue en los cañones de la cuenca Colorado-Rawson donde se registró la mayor tasa de presencia de basura del estudio: 1,4 objetos por kilómetro. “En contraste, las áreas Salado-Colorado y Malvinas presentaron menor abundancia, posiblemente por diferencias en la dinámica hidrodinámica, la geomorfología del fondo y la capacidad de retención de materiales”, subraya Fernández Severini.
Al tratarse de imágenes captadas por cámaras subacuáticas cuyo campo de visión es forzosamente acotado, el trabajo midió la presencia de residuos como el número de elementos hallados por kilómetro de transecto, una métrica fiable que reproduce las condiciones objetivas del estudio y permite comparar los datos obtenidos con otros relevamientos realizados en entornos de aguas profundas mediante ROVs y sumergibles.
El uso creciente de este tipo de tecnología está aportando nuevos conocimientos sobre la basura marina en entornos a gran profundidad, pero lo cierto es que los estudios se han concentrado en los océanos Pacífico Norte y Sur e Índico. No existían, hasta la fecha, trabajos similares en el Mar Argentino.
Esta escasez de información es particularmente crítica para la Argentina, cuyo territorio marítimo abarca más de 6,5 millones de km², el 70% de los cuales corresponde a entornos de aguas profundas, ambientes estratégicos para el desarrollo sostenible, no solo por su extensión y su potencial económico, sino también por su valor ecológico: los ecosistemas del fondo oceánico proporcionan servicios fundamentales, como el secuestro de carbono, el ciclo de nutrientes y el mantenimiento de las redes tróficas bentónicas, en hábitats únicos y de enorme diversidad, como millones pudieron atestiguar en el llamado “streaming del Conicet”.
El impacto en nuestro margen continental
Ahora bien, las proporciones que hablan de un 80% de basura marina de origen terrestre reflejan promedios globales y podrían no aplicar a los márgenes continentales alejados de la costa, como el Mar Argentino, donde las zonas de aguas profundas se encuentran a cientos de kilómetros del litoral.
La evidencia reciente sugiere que los plásticos provenientes de actividades pesqueras tienen mayores probabilidades de llegar a zonas de acumulación en altamar que los originados en fuentes costeras o fluviales, que tienden a varar cerca de las costas.
La hipótesis de los investigadores es que nuestro margen continental –caracterizado por ese extenso sistema de cañones submarinos que facilita el transporte rápido de residuos superficiales hacia el lecho marino profundo– podría recibir una contribución de fuentes de origen propiamente oceánico algo mayor que el promedio mundial.
Y esto ocurre en una zona marítima ya caracterizada por un fuerte impacto antrópico. El trabajo destaca que sólo entre 2018 y 2021, más de 800 buques extranjeros acumularon cerca de 900 mil horas de actividad pesquera en un radio de 20 millas náuticas en la Zona Económica Exclusiva de la Argentina, y señala la expansión creciente de la exploración de hidrocarburos en el talud continental, dos factores contaminantes que inciden drásticamente en la acumulación de residuos en aguas profundas.
A partir del relevamiento visual del ROV, entonces, el estudio describe la presencia, composición y abundancia y la distribución espacial de los residuos en las distintas áreas estudiadas, lo que permite trazar hipótesis sobre la influencia de las características geomorfológicas y las condiciones oceanográficas en los patrones de acumulación de residuos en la región.
El predominio del plástico entre los hallazgos es algo que preocupa, por los efectos biológicos a largo plazo de este material, por su potencial para fragmentarse en microplásticos, constituyendo una fuente duradera y en cierto modo irreversible de contaminación para los ecosistemas de aguas profundas.
Los materiales utilizados en las artes de pesca –como el nailon, la poliamida y ciertos polímeros ultrarresistentes– se degradan muy lentamente en esos entornos caracterizados por la escasez de oxígeno y la ausencia de luz.
Si bien la cantidad de basura detectada registra valores similares o incluso inferiores a los reportados para otros entornos marinos a nivel mundial, el área Colorado-Rawson se perfila como un sitio clave para investigar más a fondo los patrones de distribución de basura en el Mar Argentino.
“En efecto, la incidencia de residuos resulta baja en comparación con otras regiones del mundo, pero el hallazgo es relevante en tanto confirma que incluso ambientes profundos, remotos y de difícil acceso del Atlántico sudoccidental no están exentos del impacto humano”, advierte Fernández Severini.
Para la investigadora del IADO, “este estudio viene a incorporar la contaminación por residuos antropogénicos dentro de la discusión sobre la conservación y el manejo de ecosistemas profundos, una problemática central si se considera que el margen continental argentino alberga ambientes de gran valor ecológico, incluyendo cañones submarinos, arrecifes de corales de aguas frías y ecosistemas quimiosintéticos asociados a emanaciones frías, todos ellos potencialmente vulnerables a perturbaciones humanas”.
“Los resultados muestran que nuestro mar profundo ya refleja señales de la actividad humana –concluye Fernández Severini–. La información generada durante la campaña ‘Vida en los Extremos’ constituye un primer paso para comprender la distribución de estos residuos, identificar zonas potenciales de acumulación y así fortalecer futuras estrategias de monitoreo, conservación y gestión sustentable del margen continental argentino”.
* En Nexciencia
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