La política que se hace con los pies en el barro

Por Javier Bach Bilbao – Militante político Hay una forma de hacer política que no sale en los titulares, que no se mide en likes ni en seguidores, y que sin embargo sigue siendo la más poderosa de todas: la militancia territorial. Esa que ocurre en el barrio, en la esquina, en el comedor, en la asamblea vecinal. La que se construye mirando a los ojos.

El militante territorial conoce los problemas de su comunidad porque los vive de cerca. Sabe el nombre de los vecinos, entiende qué necesitan, y está ahí —no solo cuando hay elecciones— sino en el día a día. Esa presencia sostenida genera algo que ninguna campaña publicitaria puede comprar: confianza.

Y esa confianza tiene consecuencias políticas muy concretas. Las organizaciones con raíces territoriales fuertes no solo movilizan votos; también sostienen identidades colectivas, forman nuevos liderazgos y funcionan como puente entre la ciudadanía y el Estado. En muchos contextos de nuestra región, el referente barrial es quien orienta a un vecino para acceder a un programa social, resolver un trámite o hacer escuchar una demanda. Ese rol de intermediación no es menor: es poder real.

Además, el territorio es una escuela. Muchos de los dirigentes que hoy ocupan lugares de responsabilidad se formaron precisamente ahí, aprendiendo a escuchar, a negociar y a tomar decisiones en situaciones complejas. No hay aula que reemplace esa experiencia.

Ahora bien, sería ingenuo idealizarla. La militancia territorial tiene sus sombras. Puede caer en el clientelismo cuando la relación con la comunidad se convierte en intercambio de favores en lugar de construcción de derechos. Puede generar estructuras verticales donde mandan unos pocos y se frena la renovación. Y enfrenta el desafío real de dialogar con las nuevas formas de organización que surgieron en la era digital.

Pero incluso con esas tensiones, sigue siendo insustituible. En tiempos de desconfianza institucional y fragmentación política, las organizaciones con estructura territorial resisten mucho mejor las crisis que aquellas que dependen de una figura mediática o del humor del momento. El territorio es un ancla.

La pregunta, entonces, no es si la militancia territorial tiene futuro. La tiene, y mucho. La pregunta es cómo se renueva: cómo incorpora nuevas voces, nuevas herramientas y nuevas formas de participación sin perder lo que la hace única. Esa política que se hace con los pies en el barro, cerca de la gente, sigue siendo la más humana —y la más necesaria— de todas.

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