La República perdida…?

Por Marcelo Alejandro Cabero*. La escuela pública fue, durante un tiempo breve y luminoso, el único lugar de la Argentina donde un niño rico y un niño pobre se miraban a los ojos sin que ninguno sintiera vergüenza. Ese país existió. Lo perdimos.

Yo nací en el mes de marzo de 1980, en plena dictadura militar. Ingresé a la escuela pública en 1985, en una época en que los hijos de los ricos y de los trabajadores compartían el aula y un pupitre. Todos teníamos exactamente la misma formación, la misma maestra, el mismo pizarrón. Los niños pobres iban a los cumpleaños de los niños ricos y viceversa. Cada uno conocía la realidad del otro y no le era indiferente.

La manera que habían encontrado algunos docentes para explicar lo que había pasado durante la dictadura era la exhibición de los documentales La República Perdida I y II. Ese era el disparador del debate, el intento de explicar lo inexplicable que había ocurrido durante esos años de oscuridad. Muchas de esas docentes eran muy jóvenes y habían transitado la adolescencia bajo la dictadura. Tenían una mirada completamente distinta a la de los docentes con mayor antigüedad. Después de los actos del 2 de abril y durante esa semana, excombatientes de Malvinas visitaban nuestras aulas y nos contaban lo que habían vivido durante la guerra. Eran hombres jóvenes, mucho más jóvenes que nuestros padres. Yo los miraba con asombro, respeto y orgullo. Para nosotros eran nuestros héroes.

Al ver esos documentales no solo prestamos atención a lo sucedido durante las dictaduras. También aprendimos cómo fue la construcción y la grandeza de nuestra Nación, lo que fuimos capaces de construir cuando nadie nos interrumpió.

Con la elección de Carlos Menem como presidente, yo todavía estaba en la escuela primaria. Ahí comencé a notar un cambio en mi vida y en la de mis compañeros. Primero fueron los interminables paros docentes que durante semanas nos impedían asistir a clases, paros que no eran capricho sino respuesta a la falta de pago y a los salarios que no alcanzaban para nada.

Después vino lo otro. Mi familia, que disponía de los medios económicos, tomó la decisión de enviarme a una escuela privada como una forma de protegerme o de darme algo mejor. Comencé a asistir a una y noté enseguida la diferencia. Prácticamente todos los padres de mis nuevos compañeros los buscaban en auto o enviaban empleadas domésticas a retirarlos. Mis amigos de barrio, en cambio, habían dejado de ir a la escuela. En ese momento yo pensaba que tenían suerte.

Pero lo que más me impactó fue cuando quisimos mantener la tradición de festejar los cumpleaños en el aula. En la escuela pública, esa celebración era un mapa fiel de la sociedad: desde sándwiches de miga hasta galletitas con picadillo. Todos comíamos todo. Sabíamos, sin que nadie nos lo explicara, que las galletitas con picadillo eran un esfuerzo familiar, y que la manera de honrar ese esfuerzo era no dejar ninguna. El niño rico conocía la realidad del niño pobre y llegaban a ser amigos, en muchos casos los mejores amigos.

En la escuela privada nada de eso existía. Ni las galletitas con picadillo ni los niños pobres.

El país que perdimos es ese donde un niño rico aprendía a comer galletitas con picadillo no por hambre sino por respeto, y un niño pobre entraba a una casa con pileta sin sentir vergüenza. Esa república nunca estuvo en los documentales ni en los discursos: estaba en los pupitres.

* Dirigente social

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