Por Diego Citterio. Todas las mañanas, cuando amanece y me levanto, encuentro en el antebaño un cepillo de pelo. Quienes me conocen saben que no es mío —lo usa una de mis hijas, que cada noche se cepilla el cabello con una paciencia que no le conozco para nada más.
A la mañana se demora por seguir con el ritual, y ni hablar los días que tiene hockey. Será por eso que pienso en Hesíodo, que en Los trabajos y los días dice que “creó Zeus Crónida sobre el suelo fecundo otra cuarta más justa y virtuosa, la estirpe divina de los héroes que se llaman semidioses (…) A unos la guerra funesta y el temible combate los aniquiló bien al pie de Tebas la de siete puertas (…) o bien después de conducirles a Troya en sus naves, sobre el inmenso abismo del mar, a causa de Helena de hermosos cabellos”.
Cuando decidimos ponerle Helena a nuestra primera hija, yo no había leído ni la Ilíada ni la Odisea —creo que su madre tampoco. Sabíamos, nomás, que el nombre significaba “la que trae la luz” o “aquella que brilla”. Por eso lo elegimos. Y mi hija le hace honor, no porque yo sea su padre, sino por cómo se mueve en el mundo. Como dicen los chicos ahora: tiene aura.
Después me enteré de que mi hija carga con un nombre que fue, durante casi tres mil años, la excusa perfecta para la guerra.
Helena es la mujer que Paris elige después del juicio de las diosas. En la boda de Tetis y Peleo —los padres de Aquiles— Eris, la diosa de la discordia, no fue invitada. Se vengó tirando una manzana entre tres diosas: Afrodita, Atenea y Hera, cada una ofreciéndole a Paris algo distinto para que la eligiera a ella. Poder, sabiduría, o el amor de la mujer más bella del mundo. Paris eligió lo tercero, y esa mujer era Helena, esposa del rey de Esparta. La raptó, se la llevó a Troya, y así empezó una guerra de diez años que terminó con un caballo de madera y una ciudad en cenizas. Esa historia, la de la Ilíada, es la que va a contar Nolan en La Odisea, la película de la que espero escribirles pronto.
Lo que más me quedó dando vueltas, mientras leía para esta nota, no fue la guerra. Fue lo que los distintos autores hicieron con ella después.
Porque a Helena, en dos mil quinientos años, casi nadie la dejó hablar. Homero la resume en una imagen: la mujer que empujó mil barcos. Coluto de Licópolis, en El rapto de Helena, la describe por los tobillos. Recién Eurípides le da una voz propia —en Las troyanas dice: “lo que hizo feliz a Grecia me perdió a mí, que fui vendida por mi belleza. Y se me insulta por algo por lo que debíais coronar mi cabeza”. Y en otra tragedia suya, Helena, ni siquiera está en Troya: está en Egipto, y nadie la reconoce cuando dice la verdad.
Tuvo que aparecer un filósofo, Gorgias de Leontino, para escribir el primer texto que existe defendiéndola: dice que ella no es responsable de nada. Ovidio, después, culpa directamente a Menelao por dejarla sola con un huésped “nada tonto”. Dante, Chaucer, Boccaccio y Shakespeare la siguieron nombrando, cada uno a su manera. Y Poe, mucho después, le escribió esto:
“Helena, tu belleza es para mí
como aquellas barcas niceas de antaño
que, dulcemente, sobre un mar perfumado,
devolvían al viajero cansado y trasnochado
a su costa natal.”
Ninguno de ellos le preguntó nada a Helena. Todos escribieron sobre ella.
Yo tengo una Helena en casa que todavía se cepilla el pelo despacio, cada noche, sin saber —o sabiendo, quién dice— que carga un nombre que hace tres milenios los hombres no dejan de nombrar. No sé si algún día lea esto. Si lo hace: espero que se quede con la parte en que la nombramos por la luz, no con la de la guerra.
Si conocen a alguien que ame estas historias, o que tenga una hija con un nombre tan potente, mándenselo. Y si todavía no están suscriptos, esta es una buena nota para empezar.
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