Argentina vs. Inglaterra: Combates y batallas ganadas y perdidas en la Historia de Argentina

Por Bernardo Borenholtz Un poco de historia acerca de las batallas de la Vuelta de Obligado, Paso del Tonelero y Punta Quebracho. ¿Por qué festejamos una derrota militar y no una victoria militar y comercial sobre ingleses y franceses respecto de los mismos hechos? ¿Descuido, casualidad o premeditación?

Hay explicaciones. Un dato que no da cuenta de muchos otros: la batalla de la Vuelta de Obligado y la del Paso del Tonelero ocurrieron en la Provincia de Buenos Aires, gobernada por Rosas. En cambio, la batalla de Punta Quebracho ocurrió en la Provincia de Santa Fe. El que propuso que fuera sancionada como Día de la Soberanía Nacional por ley fue el historiador revisionista y prorrosista Juan María Rosa, lo cual fue rápidamente aceptado por los poderes dominantes (¿raro?) y motivó la sanción.

Antecedentes. La Vuelta de Obligado (1845), al igual que la de Paso del Tonelero (1846), en definitiva, fueron derrotas militares, dado que no impidieron que la flota anglofrancesa avanzara con la navegación y su cometido de comerciar en el interior de la Confederación Argentina la abundante mercadería que transportaban los buques comerciales que integraban la flota.

Vale destacar que la ilegal agresión militar colonialista sucedió en el marco del bloqueo militar y diplomático del Puerto de Buenos Aires (1845-1850) con la finalidad de provocar, entre otros resultados, la caída de Rosas; y que la batalla de Punta Quebracho fue una aplastante victoria militar y comercial, cuya consecuencia fue la destrucción de buques de guerra y de muchos de los que transportaban la mercadería para ser vendida.

La acción colonialista anglofrancesa tenía varios objetivos. El de imponer la navegación irrestricta de los ríos argentinos por las potencias dominantes era uno de ellos, y lo que no se logró por la fuerza fue obtenido por otras vías —como ser la diplomacia colonialista— gracias a lo cual finalmente se consagró esa condición imperialista en la Constitución sancionada en 1853, ya que así se decidió en la cúspide del orden jurídico con el falso título de «libertad de la navegación», tres años después del cese del bloqueo aludido (1850).

Mientras que lo narrado debe caracterizarse como combates en los cuales, en los dos primeros, la Confederación Argentina sufrió derrotas, no puede dejar de mencionarse que es también ajustado a los hechos señalar que la encarnizada resistencia criolla provocó a los invasores severos daños materiales, retardos en su proyecto, y les hizo revivir las desventuras imperiales inglesas (1806-1807) en suelo argentino —salvo Malvinas (1833)—, demostrándoles que no se trataba de un paseo gratuito, o sea, sin costos.

Si bien en lo militar los combates citados no arrojaron un triunfo, sí tuvieron una significativa resonancia simbólica y diplomática, lo cual llevó a ser comentado por San Martín en cartas privadas y publicaciones europeas, exaltando la valentía y el coraje de la defensa argentina.

Lo anterior motivó a que San Martín legara su famoso sable corvo a Rosas y glosara que «los invasores habrán visto por este «échantillon» [muestra] que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca», o asentar que «la agresión anglo-francesa de 1845 no era una simple disputa aduanera o comercial, sino un ataque directo a la dignidad e independencia» y que esta contienda era «de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España».

Con la privatización del Río Paraná en 1995 decidida por el peronismo conducido por Menem, prorrogada por Cristina, Alberto Fernández y Milei, la acción colonial imperialista impuso no solo la navegación discrecional de nuestros ríos por los países que integran el club imperial, sino que lo administraran a sus anchas; en este caso, por el imperialismo estadounidense.

Sin embargo, el Río Paraná, cual silencioso testigo, fue soporte de otra batalla (1851) poco comentada que ocurrió en el mismo Paso del Tonelero (Partido de Ramallo, Provincia de Buenos Aires). Se trató de una batalla entre la Confederación Argentina con un importante ejército invasor (“Ejército Grande”) enviado por la Corona Portuguesa gobernando el Estado de Brasil en respaldo de Justo José de Urquiza, gobernador y poderoso empresario afincado en Entre Ríos, con la finalidad de derrocar a Rosas, transportando a “insignes conspiradores” como Bartolomé Mitre y a Domingo Faustino Sarmiento.

Las tropas de la Confederación estuvieron una vez más comandadas por el ya mítico General Lucio Norberto Mansilla, quien para confundir a todos le dio el nombre de Lucio Victorio Mansilla a su hijo. Fue la primera batalla naval de la región en la que se utilizaron buques de guerra propulsados a vapor. Aunque la flota brasileña logró forzar el paso debido a su superioridad técnica, sufrió averías de consideración.

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