Ricardo Carpani. Desocupados. 1959

De la trinchera a la red: El desafío de construir en el desierto

Por Gabriela Tijman. Hasta la llegada al gobierno de Javier Milei y en los primeros meses de su gestión, había distintas «trincheras» desde las cuales militar y luchar en defensa de los derechos. Los temas de género, los derechos humanos, la discapacidad, el ambiente, el trabajo (salarios y condiciones), la cultura, la docencia, la universidad, los barrios populares, la salud en general, los jubilados, las pymes, las industrias…

Las personas se ubicaban (nos ubicábamos) en alguna de esas trincheras desde las cuales construir colectivamente la resistencia a las políticas de ajuste y degradación. Cada una de esas trincheras era un refugio, un rincón donde encontrarse con pares que compartían nuestras problemáticas.

Con el paso del tiempo, resulta que todos tienen (tenemos) más de una reivindicación, porque este proyecto siniestro de país no ha dejado sector sin atacar. Somos trabajadores, jubilados o estudiantes. Somos pacientes del sistema de salud. Somos usuarios de servicios como la electricidad o el transporte público.

Marchamos en defensa de la educación pública. Los miércoles, con los jubilados. Un día salen los docentes y otro día, o quizás el mismo, se movilizan las personas con discapacidad y sus familias. Así, se suceden los reclamos de científicos, médicos, trabajadores metalúrgicos, enfermeros, municipales, comunidades originarias, que a menudo se superponen.

Pasados dos años y medio de gestión, miramos a nuestro alrededor y vemos una enorme llanura sin ondulaciones, sin rincones, sin empalizadas, sin refugio. Nos miramos unos a otros y no sabemos bien hacia dónde caminar, en qué cuadrante reunirnos. No se vislumbra un lugar específico donde amucharse, un espacio propio y colectivo desde donde pensar, militar, concentrarse en la búsqueda de maneras novedosas de difusión de los derechos perdidos.

Porque estamos en medio de un desierto a merced de las bombas del ajuste que caen de manera indiscriminada. La vulnerabilidad es total y las fronteras entre conflictos se han disuelto. El ataque viene de todas partes.

La pregunta es entonces cómo construir la fuerza necesaria para revertir la tragedia.

El desafío debería ser la transversalidad, convertir la trinchera de ayer en una red, encontrar los hilos que nos unen a los demás. A todos los demás. Ya no se trata de reunirse con “los pares” sino trabajar la alianza con “los distintos” que padecen el mismo ajuste. Y convertir la acumulación de agravios en la semilla de una nueva forma de construcción colectiva, de una síntesis que permita sumar fuerzas para revertir la tragedia, ya no defendiendo un rincón sino defendiendo el derecho a existir en el llano.

Porque sin muros que nos separen, vernos unos a otros y reconocernos como pares más allá de las singularidades, constituye una condición de supervivencia.

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