dia del trabajador sastres

Feliz Día del Trabajador y Trabajadora

Rubén Ruiz. Secretario General de la Asociación del Personal Jerárquico de la Industria del Gas Natural, Derivados y Afines (APJGas). Un día como hoy, pero de 1886 se inició una huelga en Chicago por las ocho horas de trabajo y comenzó un movimiento popular por ese derecho. Los días posteriores creció la organización obrera y también hubo una sangrienta represión. Para recordar a esos héroes y heroínas que comenzaron una lucha desigual pero necesaria se conmemora el Día del trabajador/a.

Chicago era la segunda ciudad más poblada de EE UU, en ella se encontraba el segundo conglomerado industrial más grande y era el lugar donde se verificaban las peores condiciones laborales del país.

En sus fábricas trabajaban hombres, mujeres, niños y ancianos en jornadas extenuantes cuyo único límite era no superar las 18 horas diarias sin causa justificada. En caso de que los patrones incumplieran la norma, la multa era de 25 dólares.

‘Desocupados’, de Ricardo Carpani.

La huelga fue iniciada por 400.000 trabajadores/as en 5.000 establecimientos de 1500 localidades. La mitad de los huelguistas lograron esa conquista en forma inmediata. Chicago estuvo paralizada desde ese 1º de Mayo.

Solo funcionaba la fábrica de maquinaria agrícola McCormick que lograba sacar su producción mediante centenares de rompehuelgas contratados. El 2 de mayo hubo una concentración con 50.000 trabajadores/as que fue reprimida violentamente.

Al día siguiente, miles de trabajadores/as se concentraron en la puerta de McCormick y a la salida de los rompehuelgas se produjeron violentos enfrentamientos. Hubo seis muertos y decenas de heridos. Todos huelguistas.

‘Desocupados’. Ricardo Carpani.

El 4 de mayo se convocó a una concentración en Haymarket Square de la que participaron pacíficamente 3.000 trabajadores/a. Al concluir el mitin se produjo una violenta embestida de 200 policías y una bomba que explotó entre los uniformados produjo la muerte del oficial Matthias Degan y heridas a otros 50 policías, de los cuales murieron seis en días posteriores. Nunca se supo de donde partió el artefacto. Nadie vio que alguien lo arrojara. No importó. Comenzó la metralla contra los manifestantes que tuvo como resultado la muerte de 38 de ellos y provocó heridas a otros 115.

Los días posteriores cundió el terror. Allanamientos, encarcelamientos, amenazas, torturas y “tres confesiones”. Los procesos amañados y sin pruebas concluyentes finalizaron con cinco condenas a muerte, dos cadenas perpetuas y una condena a 15 años de prisión para los acusados.

El 11 de noviembre de 1887 fueron ahorcados los dirigentes August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer y George Engel (Louis Lingg se había suicidado el día anterior) ante la bronca general. Samuel Fielden y Michael Schwab iniciaron sus penas perpetuas y Oscar Neebe la prisión menos gravosa.

La historia y la memoria de los trabajadores/as en el mundo los reconoce como los Mártires de Chicago. En 1893 el gobernador de Illinois reconoció la falsedad del proceso y promovió la libertad de los presos que aún vivían.

En 1889 el Congreso Obrero Socialista instituyó el Primero de Mayo en honor a los luchadores y a las víctimas de esta gloriosa gesta que quedó marcada en la historia de la humanidad. El 1º de mayo de 1890 se conmemoró por primera vez en nuestro país en un acto al cual asistieron 2.000 trabajadores/as. Al día siguiente, los patrones les anoticiaron que les habían descontado la jornada.

Llegamos al 2021 y conmemoramos nuestro día con derechos adquiridos que son amenazados diariamente y con desafíos inéditos provocados por el incesante adelanto tecnológico, una pandemia extendida y la voracidad de los poderosos que no descansan ni siquiera con la peste que amenaza la vida de millones de personas.

Para muestra vale un botón: los siete países más poderosos se quedaron con el 80% de las vacunas o de sus contratos futuros. Los laboratorios que producen las vacunas y los gobiernos respectivos se oponen o bloquean las iniciativas para suspender las patentes y, en general, se mantiene el secreto sobre los detalles del precio y los alcances reales del suministro.

La variable mundial fueron los puestos de trabajo y los salarios y la intención del poder económico es que crezca la precariedad laboral. No es una estrategia nueva, pero sí más cruel.

La pandemia introdujo de prepo la virtualidad como un elemento masivo en el mundo del trabajo y aprendimos con suma rapidez sus coordenadas y sus consecuencias. La presencialidad nos enfrentó a mayores riesgos, a la necesidad de mayores cuidados y develó la importancia de la esencialidad de los trabajadores y trabajadoras.

Se demostró con claridad meridiana que las máquinas, los sistemas, el transporte y la distribución de alimentos y servicios públicos, los respiradores, la aparatología sanitaria, los miles de dispositivos, la educación, la producción de bienes, el cuidado de las personas o la biotecnología no funcionan sin trabajadores/as que ejecutemos las acciones pertinentes para que la rueda gire.

La vida cotidiana no es ciencia ficción. Es capacidad, experiencia y sabiduría colectiva, habilidades adquiridas para ejecutar movimientos precisos, voluntad, creatividad para responder a los imprevistos y ganarle a la rutina, solidaridad efectiva, disciplina para repetir acciones con exactitud, destreza para aprender, imaginación y coraje para superar la incertidumbre local y global, sentido de igualdad y de pertenencia de clase.

Los trabajadores/as somos ese eslabón que no se puede cortar porque, si no, las estructuras se caen.

Es nuestra fortaleza. No somos descartables ni debemos aceptar el concepto de precariedad.

Lo precario son el individualismo, el miedo, los límites impuestos por el poder real, la avaricia, la ganancia a costa de la vida y del cuidado del planeta, el aislamiento humano, el vale todo. También los atajos, la avivada y la neutralidad permanente ante los acontecimientos que definen nuestras vidas.

Nuestro deber es transitar el camino para construir una unidad real que consolide conquistas y establezca responsabilidades. Nuestro derecho es vivir mejor y generar condiciones para que las generaciones futuras construyan su mundo sin empezar de cero.

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