La hija del represor Enrique Morales contó su historia: «Hacerla pública es ayudar y liberarse de un gran peso»

Nancy Morales integra el colectivo Historias Desobedientes, Hijas e Hijos de Genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia, conformado en junio por hijos de represores a partir del fallo que abrió la puerta para la aplicación del beneficio del 2×1 a condenados por delitos de lesa humanidad. Su padre fue Enrique Morales, amo y señor de la vida en San Pedro de Jujuy durante la dictadura militar, que murió en 2008 en libertad. Desde Alemania, donde reside desde los años noventa, contó su historia a El Submarino Radio (91.5).

“Para mí es importante contar todo de lo que me estuve acordando desde hace poco, lo que pasó en 1976 y 1977. Uno va atando cabos y va relacionando cosas que vio, cosas que no son tan normales”, empieza diciendo Nancy.

El primer recuerdo que refiere es de un día de 1977, cuando fue a visitar a su padre a la comisaría 9ª de San Pedro. “Gente parada en fila, en un galpón oscuro, con lámparas en las caras. Y cuando pregunté quiénes era esas personas, me dijeron ‘estudiantes’”, relata.

“Yo tenía 14 años y veía todo desde esa temprana edad. No era crítica. Pero hoy veo que no era común; un hombre que estaba todo el tiempo armado, como un médico, que está de guardia y tiene que salir; que duerme con revólver, que en el auto, en el asiento del acompañante, lleva armas de guerra… Cosas así”, enumera Nancy.

Nancy Eugenia Morales tiene 54 años. Nació en la ciudad de San Pedro de Jujuy. Es hija de Elda Agustina Solís y Enrique Morales. Su padre era comisario durante la última dictadura militar. Murió en 2008 sin haber sido juzgado por los crímenes cometidos en la aplicación del plan represivo desplegado entre 1976 y 1983. Quien sí está sentado en el banquillo es Arturo Rubén Morales, tío de Nancy, acusado por los delitos de privación ilegítima de la libertad y homicidio calificado por alevosía.

Pocos meses después de su nacimiento, la madre y el padre de Nancy se separaron, por lo que ella se crió en la casa de su familia materna, en San Salvador de Jujuy. Veía poco a su papá, porque él no tenía una residencia fija y además “constantemente cambiaba de pareja”.  Nancy tiene varios medios hermanos, porque Enrique tuvo hijos con cinco mujeres.

Haber conocido a Jenny Aquin Exeni le abrió a Nancy las puertas a una verdad de horror. Fue entre diciembre del 76 y febrero del 77, en una fiesta en la casa de los tíos, en San Pedro. Allí estaban muchos de los policías que solían andar con su padre. Al llegar Nancy, él le presentó a una mujer muy joven como su novia. Era Jenny. “En algún momento de la velada quedamos a solas y le pregunté donde se habían conocido, y ella me respondió que la habían detenido en una redada cerca de una discoteca”, relata Nancy.

Jenny es testigo víctima en el quinto juicio por delitos de lesa humanidad en Jujuy, que atraviesa estas semanas por su etapa final. En aquella fiesta, con 18 años de edad, le contó a Nancy que al momento de su detención había sido picaneada por policías, algunos de los cuales estaban en la fiesta. No pudo confirmarle que Enrique también la hubiera torturado. Pero sí le mostró los hematomas en los senos y le contó que la habían llevado al hospital después de haberle aplicado picana. “Me decía que ahora se sentía segura porque mi padre la protegía, y que en ese momento ella estaba viviendo con una mujer policía”, cuenta Nancy, y dice que durante años mantuvo en secreto frente a toda la familia aquella conversación.

“Cuatro meses después de esa fiesta la vi una vez más, y me entero de que estaba embarazada. Nunca más la volví a ver. Empecé a preguntar y me dijeron que había tenido un hijo y que lo había dado en adopción, y que se iba al sur”, relata Nancy. Nunca más volvió a saber de ella, pero mantuvo la duda.

Fue en 1983 cuando Nancy tuvo una discusión con su padre. Ella ya vivía en Buenos Aires, y en un viaje a Jujuy, estando en casa de su madre, una noche fue a visitarlo. En esa conversación, ella mencionó a las Madres de Plaza de Mayo, porque solía ir a las rondas de los jueves. “Él empezó a despotricar contra las Madres y empezamos a levantar el tonos de voz  -relata Nancy-. Me dijo que estaba muy orgulloso de lo que había hecho y que no tenía ningún inconveniente en volverlo a hacer. Entonces aproveché y le pregunté ‘dónde está Jenny’. Él se sonrió, sarcástico, como siempre, y no me contestó nada. Entonces yo le grité que era un asesino”.

Tras esa discusión, no volvieron a tener contacto. “Ya no había espacio, ninguno de los dos nos perdonamos, no hubo más diálogo”, dice. En el año 2000 ella intentó volver a comunicarse con su padre. Pero ya no tocó más “el tema”.

Durante muchos años, Nancy buscó a Jenny en listas de desaparecidos y preguntó por ella en Salta y Jujuy. La búsqueda se activó en 2008, apenas después de haber recibido la noticia de la muerte de su padre. Ese mismo día llamó a uno de sus varios medios hermanos y llegó a otro de ellos, un tal Luis. Cuando preguntó quién era Luis, le dijeron que era el hijo de Jenny. Así supo que Jenny vivía en San Salvador, que todos esos años habían estado cerca. “Para mí fue un antes y un después”, define Nancy.

Volvieron a encontrarse en febrero de 2009, en un café de San Salvador de Jujuy. “Ella me vuelve a contar la misma historia de cuando la detienen en el 76, exactamente lo mismo. Yo le propuse que hiciera público lo que le había sucedido, pero ella tenía sus temores. Entonces le dije que si era necesario, yo iba a ser testigo de ella”.

Finalmente Jenny contó su historia frente a un Tribunal, en el juicio que está cerca de finalizar. Nancy no fue citada para dar testimonio. Desde Alemania, sigue las instancias del proceso judicial a través de los medios.

Desobedientes

En Alemania, donde vive desde los años noventa, Nancy da clases de español y organiza eventos de tango. Estudió pedagogía y filología española, y está casada con un alemán. Desde allá se contactó con Historias Desobedientes, Hijas e Hijos de Genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia.

-¿En algún momento viste o sospechaste que tu padre era un represor que decidía quién vivía y quién no?

-Lo intuí, pero nunca tuve la certeza. Lo fui viendo con el tiempo. Y nunca tuve contacto con las víctimas, salvo con Jenny.

-¿Cómo vivís el hecho de hacer pública tu historia?

-Así como haber encontrado a Jenny fue un antes y un después, lo mismo fue cuando entré en contacto con la gente de Historias Desobedientes. Un disparador para mí fue el testimonio de Mariana, la ex hija de Miguel Etchecolatz. Me vi reflejada. Ves mecanismos, ciertos sentimientos… Es algo que me hubiese gustado hacer, porque el apellido Morales me pesó durante muchos años. Ahora lo vivo de otra manera, porque considero que el hacerlo público es ayudar, de algún modo, y acompañar a Jenny en esos momentos en que ella tuvo que tomar también su decisión. Todo eso va librándote un poco de ese peso, aunque por supuesto la responsabilidad sigue.

-¿Cómo te contactaste con Historias Desobedientes?

-Gracias a Facebook, a través de un amigo que me presentó a Érika Lederer, que fue una de las primeras en contar su historia. Su padre era médico y ella testimonió en junio. En septiembre estuve en Argentina y conocí a gente del grupo, a Pablo Berna, que acaba de presentar el proyecto para que se reforme el código procesal penal y los hijos puedan declarar en contra de sus padres. Hay también contactos en Holanda y otras partes de Europa. Y no solo hijos. En Alemania hay un muchacho que el hermano tiene pena perpetua, un genocida de Santa Fe. Y en el grupo ahora están presentándose nietos. Es muy importante que se difunda el trabajo del grupo. Yo espero que otros que me estén escuchando no sientan que están solos con este peso.

-El encuentro con esos hijos, hermanos y nietos de represores te habrá hecho sentir menos sola.

-Una cosa que me dijo Érika cuando nos presentaron fue “bienvenida a esta nueva etapa, pero tené en cuenta que va a ser un gran sacrificio, vas a perder el contacto con la familia”. Porque es como que uno está contando, ventilando cosas que no debe. Se puede interpretar hasta como una traición. Yo respeto a mis parientes, pero cada uno tiene que saber qué hace con sus valores o su humanidad. Los abuelos de mi esposo, que es alemán, estuvieron en la guerra. Y en su familia decidieron no hablar de lo que vivieron y pasaron. Está la sospecha de que uno de los abuelos era nazi, pero nunca se habla. Está en el aire pero volvemos a eso de que “era su trabajo” o que “obedecían”.

-¿Sos la única de Jujuy?

-Por ahora, que yo sepa, soy la única en Jujuy. Estoy esperando que surjan más.

-Es la primera vez que contás tu historia públicamente. ¿Qué sentís?

-De todo un poco. Es como materializar…

-¿Qué viene ahora?

-Voy a seguir apoyando al grupo en lo que pueda, aunque al estar lejos no es mucho lo que pueda hacer.

-Tu testimonio puede ser usado para los juicios.

-Estoy preparada.

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