La historia del ex conscripto que presenció un traslado en «El Campito»

Por Ailín Bullentini, en Página/12. Un agujerito en la costura de la capucha que le habían puesto el día que lo secuestraron, en El Palomar, le permitió ver a Eduardo Cagnolo cómo una veintena de personas, encerradas como él en El Campito, uno de los centros clandestinos que funcionaron en Campo de Mayo durante la última dictadura cívico militar, eran formadas en fila para ser “trasladadas”. Entre esas personas, reconoció a Domingo Menna, el referente del PRT.

En alguna de las charlas que logró sostener con otro prisionero, también supo que en ese centro clandestino estaba encerrada una coprovinciana suya, una joven de apellido Pucheta. Con los años, y haciendo averiguaciones, logró confirmar que se trataba de Rosa Novillo, cuyo apellido de casada era Pucheta, una de las cuatro víctimas del juicio de lesa humanidad por los vuelos de la muerte de aquella guarnición del Ejército Militar en el que el ex conscripto ofreció testimonio.

“Esperemos que haya justicia para esas personas que no recuperaron su libertad y que no sabemos qué pasó con ellos”, deseó antes de desconectarse del zoom.

Quién es Cagnolo

Cagnolo es cordobés. Nació en la ciudad de Bell Ville y, en 1976, cuando tenía 18 años, fue enviado a hacer el Servicio Militar Obligatorio al Batallón de Intendencia 601, ubicado en El Palomar, provincia de Buenos Aires. En octubre, sin saber los motivos, fue detenido.

“Me encerraron en un calabozo donde permanecí unos días hasta que el segundo jefe del Batallón-de quien no dijo nombre- me dijo que había sido un error, que me iban a dar unos días de franco en compensación por haberme tenido preso”, recordó.

Lo dejaron salir, pero a unas cuadras, lo abordaron unas personas que le dijeron que eran “de la Policía o algo así”. Lo esposaron y lo subieron a un Ford Falcon blanco y negro. “Lo último que llegué a ver fue el arco del Colegio Militar de la Nación -ubicado en El Palomar-. Después me tiraron al piso, me pusieron una capucha”, relató.

Su paso por El Campito

Tras “15 o 20” minutos, llegaron a Campo de Mayo, algo que supo “luego”; lo mismo que el nombre del lugar donde lo depositaron, “un galpón de piso de tierra y paredes de chapa”: El Campito, uno de los centros clandestinos que funcionaron en la guarnición del Ejército durante el terrorismo de Estado. Recordó lo “hosco” del sitio y el ruido a motores y hélices de avión y helicópteros que escuchaba a diario. Allí estuvo después de ser interrogado “todo” su primer día como detenido desaparecido y hasta el 11 de noviembre, cuando lo pasaron a un segundo galpón.

Aquel 11 de noviembre de 1976 no fue un día típico en el centro clandestino. “Hubo mucho movimiento desde temprano, nos tomaron asistencia nombrándonos por el número que cada uno tenía, se escuchaba ruidos de vehículos, motores encendidos”, contó.

Y continuó. En la hora de la siesta “vino un guardia que nombró a una lista de gente y les dijo que se pusieran de pie, los hizo poner en fila y los llevó afuera. Yo tenía un agujerito en la capucha, en la cintura, y pude ver que no había ningún guardia en la entrada, me arrimé a una de las paredes de chapa y por otra rendija pude ver que había una fila de gente ahí. Apenas fue un instante”.

Entre los mencionados, puestos en fila india y sacados del centro clandestino, Cagnolo solo recordó a Menna, de la dirigencia del PRT, quien permanecía enfrente suyo durante su cautiverio, “encapuchado, atado de pies con una cadena y de manos, y esa cadena amarrada a una columna del galpón”.

Después de ese movimiento fue llevado a “otro pabellón”, como le decían “ellos” al otro galpón del centro clandestino. Allí, lo sentaron al lado de otro militante del PRT, Eduardo Merbilhaá, y Ramón Puch. Cagnolo recordó que con Merbilhaá hablaba “bastante, siempre que podían”. Fue él quien le preguntó por Menna y quien le respondió, ante una consulta suya, que “a quienes llevaban en los traslados era gente muy comprometida”. De Puch detalló que había sido “muy torturado” y que “tenía problemas”. También que una noche, tras un interrogatorio en el que le “habían dado duro”, falleció. “Se lo llevaron los guardias la mañana siguiente”, puntualizó.

Además del hambre y el frío, el exconscripto describió malos tratos: “Había un gendarme que tenía la costumbre de hacerme parar y hacerme cantar Mi bandera, Aurora o qué se yo… Decía que era un soldado que había traicionado”, sostuvo.

De las charlas con Merbilhaá también supo de la existencia de Novillo en El Campito. “Le pregunté si había algún cordobés” detenido. El militante platense le “nombró a una chica, una de las fugadas del Buen Pastor”, una cárcel cordobesa de la que, en mayo de 1975, se fugaron 26 mujeres. De esas 26, varias permanecen desaparecidas, como es el caso de Rosa Novillo.

“Merbilhaá me dijo que el apellido de la chica era Pucheta y cuando salí intenté corroborarlo y no pude al principio. Pero luego, hablando con Rodolfo Novillo me dijo que Pucheta podía llegar a ser su hermana Rosa, cuyo compañero tenía el apellido Pucheta”. Como Rosa, Merbilhaá está desaparecido.

Cagnolo fue liberado el 2 de diciembre de de 1976. “Un día me llamaron y sin darme demasiadas explicaciones, me llevaron en un vehículo y me soltaron debajo de un puente en Bancalari». Desde entonces, intentó reconstruir nombres e historias de las personas con las que compartió cautiverio.

Al cierre de su testimonio, y luego de que el presidente del Tribunal Oral federal número 2 de San Martín, Walter Venditi, le dijera que podía desconectarse, Cagnolo dijo que le restaba “nomás una reflexión”. Entonces, deseó que “haya justicia para esas personas que fueron mis compañeros de ese lugar, que no recuperaron su libertad y que no sabemos qué pasó con ellos. Que las personas que hayan estado involucradas tengan todas las garantías para un juicio justo y se los condene” porque lo que hicieron “realmente fue una matanza planificada que no tiene que volver a ocurrir para que las generaciones futuras de argentinos puedan vivir sin ese riesgo”, concluyó. Y desconectó el Zoom.

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