La noticia del año: la beatificación del mártir Pedro Ortiz de Zárate

Por Jorge D. Calvetti (Periodista y ensayista). El 27 de octubre de 1683 los sacerdotes Pedro Ortiz de Zárate, Juan Antonio Solinas y otras 18 personas fueron asesinados por los “infieles” del Chaco, cuando cumplían una misión evangelizadora. Por el martirio sufrido, el pasado 13 de octubre el Papa Francisco autorizó la beatificación del jujeño Ortiz de Zárate y del italiano Solinas, que eran conocidos como los “Mártires del Zenta”.

Pedro Ortiz de Zárate, nacido en San Salvador de Jujuy en 1622 o 1623, tuvo una vida destacada defendiendo a los aborígenes, en las encomiendas que estaban a su cargo: los omahuacas, chichas, tilcaras, ocloyas, además de numerosas casas y fincas en Palpalá, Río Blanco, El Molino (Reyes), Tilcara, Guacalmera (Huacalera), Rodero, Yavi, Tumbaya, Cianzo, El Pongo y en Bolivia: Mojo, Sococha y Tupiza.

Francisco Jarque en su libro Insignes Misioneros de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay, editado en 1687 en España, señala a este territorio como “una pequeña república, con infinitos problemas étnicos y de evangelización”. Este jesuita, que era muy amigo, informaba en España el infortunio sufrido por Don Pedro.

Ortiz de Zárate conjuntamente con su esposa Petronila de Ibarra y Murguía, nieta del fundador de San Salvador de Jujuy, Francisco de Argañaraz y Murguía, eran la fortuna más grande de Jujuy, es por eso que tiene especial relevancia el renunciamiento de Don Pedro, quien además había ocupado los cargos más importantes de su ciudad. A los 22 años fue electo Alcalde de primer voto, cargo que ocupó en dos oportunidades más, además de Alférez Real, antes de consagrarse al sacerdocio.

Era propietario de las encomiendas citadas anteriormente, donde se destaca por su ayuda a los indígenas que vivían en el territorio, siendo también un gran conocedor de lenguas aborígenes, entre ellas la omahuaca, ocloya y calchaquí, según lo señala Monseñor Vergara.

Ejemplo de su posición, según Martín Gutiérrez Viñuales, prestigioso investigador, están “aquellos que pretendían el sometimiento de los aborígenes en condición de esclavitud y aquellos que defendían su condición de ‘hombres libres’ amparada en el Derecho de Gentes. Claramente, don Pedro Ortiz de Zárate abonaba la posición de la defensa de la población nativa, tal como lo había demostrado en la administración de sus encomiendas”.

Su vocación: el sacerdocio

En 1654 fallece su esposa Petronila al caerle sobre su cabeza una viga de madera al desplomarse el techo de una de sus viviendas. No sabemos con exactitud donde ocurrió, aunque hay dos versiones. La primera abordada por el monseñor Miguel Ángel Vergara, que habría ocurrido en la finca de Los Molinos, y otra que se inclina por el solar de Río Blanco.

Abandona su vida civil, dejando a sus dos hijos al cuidado de su suegra y en 1657 es ordenado sacerdote, para ser enviado como cura a Humahuaca y luego a San Salvador de Jujuy. Según Guillermo Assaf, en el libro El Queredor de Los Indios, le entrega a su suegra la dote en metálico que había recibido, entre lo que se destacan “diecinueve onzas de perlas ricas, un lagarto de oro cubierto de esmeraldas, una perla gruesa, rubíes, brillantes… cosas de familia para no renovar el dolor”, además de “otras joyas y preseas de oro que yo le compré durante el dicho matrimonio”. Esta actitud habla a las claras del desinterés de Don Pedro por lo material.

En los inicios de su labor sacerdotal como cura en San Salvador, tribus cercanas sufren una epidemia terrible que diezma en forma considerable su población. Eran indios osas, ocloyas y paypaya, tribus pacíficas que sufrían los ataques y matanzas de los “bárbaros del Chaco”, “sorprendiéndolos en sus rancheríos como un flagelo de exterminio”. Les cede los derechos de sus encomiendas y reconstruye la capilla de los Paypayas; sus superiores comienzan a verter elogios sobre sus virtudes.

El obispo fray Nicolás Ulloa en una carta al Rey señala que “pasando a Jujuy, he encontrado a un venerable y anciano sacerdote, celosísimo de la gloria de Dios, con gran aprecio por los indios y favorecedor de los mismos. Lo he visto con mis propios ojos, varias veces, trabajando con sus manos en la construcción de diversas capillas en los poblados, por más que no perteneciesen a su Doctrina (territorio misional). He constatado su gran compromiso por el culto divino. Su iglesia de Jujuy es muy elegante y limpia; los ornamentos decentes, comprados todos de su bolsillo. Se trata del Licenciado Pedro Ortiz de Zárate”.

Rumbo al Chaco Gualampa

En 1670 llegó a ocupar la Gobernación del Tucumán Don Angel de Paredo, un español empecinado en conquistar el Chaco Gualampa por medio de una expedición militar, utilizando las fuerzas armadas de varias ciudades, siendo un fracaso que continuó con los gobernantes siguientes. El Cabildo de Jujuy, a pedido de Don Pedro, solicitaba al Rey autorización para una conquista pacífica, evitando el derramamiento de sangre. La respuesta, que fue afirmativa, llegó cuatro años después, la que fue hecha pública por el gobernador Don Fernando de Mendoza de Mate de Luna el 17 de abril de 1682. “Exhortaba a proceder a la evangelización del Chaco de modo pacífico. ¡Era todo lo que quería nuestro Don Pedro!”, señala Salvatore Buzzu, autor del libro Mártires sin Altar.

La investigadora Graciela María Viñuales, al referirse al inicio de la expedición destaca que se “había convocado a los pueblos de Cochinoca, Casabindo, Rinconada del Valle Rico, Cerrillos y Yavi, entre otros, así como a los españoles de la jurisdicción para reunirse en Cochinoca el 11 de octubre de 1682″ (en esa época era la zona más poblada) y comenzar con la organización.

Después de varias postergaciones y pasadas las pascuas de 1683, se encuentran los voluntarios con la delegación que partió de San Salvador de Jujuy, donde se hallaba el padre Ortiz de Zárate. En los siguientes días se suman los sacerdotes Diego Ruíz y Antonio Solinas. Comienza entonces lo que se llama “entrada fundacional” al Gran Chaco Gualampa o Llano de los Mansos, región que comprendía cerca de 200.000 kilómetros cuadrados.

Partieron de Humahuaca, pasando por Cianzo, el abra del Zenta, para luego bajar hasta las orillas del río San Lorenzo fundando la misión de San Rafael, donde se asientan cerca de cuatrocientas familias.

El padre Miguel Ángel Vergara, al hacer una descripción de la zona a catequizar señala que “esta tribu (por los ojotáes), igual que la de los taños, tobas y mocovíes, estaban dispersas en los bosques cerca de los ríos, huyendo de otras tribus más fuertes y hostiles, por tanto las tribus más débiles se acercaban a los padres para tener protección contra aquellos enemigos que raptaban a sus mujeres y niños para hacerlos esclavos, robaban sus pobres bienes móviles, matando también a los hombres que se oponían. Los más feroces eran sobre todo los chiriguanos, exceptuadas algunas de sus tribus que se habían hecho cristianas y residían en Tarija”.

Ortiz de Zárate y Solinas continúan avanzando, mientras el padre Diego Ruiz retorna en busca de refuerzos al ver la cantidad de indios que se acercaban al Puesto de Santa María, que se encontraba ubicado a orillas del río Sora. Inician una nueva incursión y al regresar, se hallan con un grupo numeroso: “De 500 indígenas eran 150 tobas y el resto estaba compuesto por cinco caciques mocovíes con sus guerreros”, según lo destaca el padre Pedro Lozano en su libro La Historia de la Compañía de Jesús en la provincia del Paraguay.

El martirio

Los días 25 y 26 de octubre los indígenas rodearon la capilla a la “espera de otros curacas”. El 26 a la noche “se les acercó, con gran cautela, un cacique mataguallo y les advirtió sobre la traición organizada por los tobas y mocovíes infieles”, “por lo que los misioneros comenzaron a preparar sus almas para entregar sus vidas y su sangre por la salvación eterna de aquellos pobres hermanos indígenas”, según lo destaca Salvatore Bussu.

Al inicio de la tarde del día 27 y cuando los sacerdotes enseñaban catecismo, “los agredieron y los mataron con los dardos y otras armas semejantes a clavas y lo decapitaron”. “Después mataron también a otras dieciocho personas que estaban junto a los dos misioneros en Santa María. Los desnudaron a todos y, después de haberles cortado la cabeza, traspasaron sus cuerpos con un dardo”, señalan los sacerdotes Lozano y Jarque, grandes estudiosos de la vida de estos mártires.

Una vez concluido el asesinato, los indígenas escaparon llevándose sus cabezas para luego hacer una fiesta celebratoria donde usaron los cráneos como copas hasta embriagarse, como era la costumbre de aquellas tribus.

Fue el padre Ruiz con el sargento mayor Lorenzo Arias quienes encontraron los cuerpos alrededor de la iglesia y les dieron sepultura, salvo al padre Juan Antonio Solinas que fue trasladado a la iglesia de Salta y el padre Pedro Ortiz de Zárate a la de San Salvador de Jujuy. Estos 18 mártires, que acompañaban a los sacerdotes, fueron enterrados donde murieron. Eran “dos españoles, un negro y un mulato; dos niñas, una mujer y once indios”. Quizás algún día se encuentre sus cuerpos a las orillas del río Zora.

Al llegar el cuerpo de Don Pedro, fue recibido con gran veneración mientras era transportado “en las espaldas entre dos alas de pueblo en llanto, aquel pueblo tan favorecido por el santo párroco, ahora mártir de la fe”.

Es necesario destacar que el acta de inhumación se halla en los libros existentes de la Catedral de Jujuy y reza: “El 23 de noviembre de 1683 he sepultado y colocado en una urna en la nave colateral que está al lado del Evangelio del altar mayor de esta iglesia parroquial, los huesos de Don Pedro Ortiz de Zárate, cura rector y vicario, juez eclesiástico y comisario de la Santa Cruzada, que fue de esta ciudad…”.

El misterio de su tumba

Graciela María Viñuales destaca que “a lo largo de los años la fama de santidad de Don Pedro Ortiz de Zárate fue en aumento en Jujuy y en diversas ocasiones fue objeto de súplicas y pedidos de intercesión, aun cuando no estuviera consagrado como santo. Las noticias al respecto son muchas y hasta la mitad del siglo XX hay testimonios de la devoción y el recuerdo de su hazaña entre la gente de la ciudad y la provincia”.

demás se le atribuye al “venerable”, nombre con que se lo conoce a partir de entonces, ser “intercesor en el cielo. Se afirma en Jujuy que eran muchas las personas que pedían gracias a Dios por intersección del mártir, obteniendo lo que solicitaban”, destaca el historiador Alberto Luna.

En los 180 años siguientes su veneración crecía de una manera incontrolable tanto que las autoridades eclesiásticas decidieron trasladar y enterrar los restos “con carácter de reservado y mucho secreto como para que no quedara señalado el lugar preciso de su inhumación y para evitar un culto indebido, que crecía paulatinamente sin la autorización de la Santa Sede”, continúa Luna.

Aunque no se puede confirmar las causas, algunos señalan que habría sido por el peligro que corría la Iglesia. Eran numerosos los devotos (mayoritariamente indígenas) que venían del interior (especialmente de Humahuaca, Ocloyas y Río Blanco) a orar y pedir su intermediación para con Dios, ya que varias de sus peticiones se cumplían. El cebo de las velas llegaba hasta el centro de la Iglesia y causaba mucha preocupación por el peligro de un incendio; otros dicen que los sacerdotes del momento estaban celosos de su veneración, mientras se tenía en el olvido al resto de los santos.

También existe la versión, según Vergara, sobre “reliquias” o huesos conservados por algunas familias jujeñas, las que habrían sido entregadas por la curia.

El doctor Marcelo Quevedo Carrillo, descendiente de Don Pedro Ortiz de Zárate, relata lo ocurrido en su niñez al acompañar a su abuelo Ignacio Carrillo. “Nos dirigimos hasta la Iglesia del Buen Pastor (calle San Martín 1.248) y procedió a entregarle a las monjitas, que eran las que cuidaban el templo, un hueso que identificó como el codo del Venerable. Tengo muy clara la imagen, porque al ser un niño me había impactado mucho. Esta reliquia se hallaba en la casa de Don Ignacio (San Martin 560), en un mueble antiguo que representaba un pequeño altar, donde también se encontraban retazos de la Bandera donada por Belgrano al pueblo de Jujuy y que había sido recortada al cumplirse el centenario. Mi familia había heredado pertenencias que eran del obispo Padilla y Bárcena, tío de mi abuelo, por lo que creo que por eso estaba en poder de la familia”. “Eligió esta parroquia porque el Obispo había sido un gran benefactor de ella y su deseo era que estuviese en una Iglesia de Jujuy”.

Quiero destacar las palabras de Guillermo Assaf al destacar que “hay que empeñarse en una memoria más profunda, buscando morder raíces esenciales. Hay que ir a esos hombres crucificados por el bien de los hombres amados como hermanos. Hablamos entonces de los santos, hablamos de los mártires: hablamos del jujeño Don Pedro Ortiz de Zárate”.

Espero que algún día se devele lo ocurrido con estos cuerpos que fueron tan venerados, tanto del padre Ortiz de Zárate como de Antonio Solinas y los 18 mártires de Santa María.

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