'En la maraña'. Luis Felipe Noé. 1986

Lectura: El velorio del gallo

Por Alejandro Cano. El sol empezaba a calentar ese pueblo, que dormitaba encajonado entre una inmensa lengua verde de selva profunda de un lado y un mar de cañaverales que se perdía en lontananza. Lo cruzaba de cerca un río marrón, que serpenteaba como una víbora fuerte pero ciega, que a veces se embravecía y engullía todo a su paso.

El ingenio azucarero rugía eterno y fumaba su gigantesca chimenea de humo gris plomo. Como un cíclope que todo lo ve, el ingenio masticaba y se alimentaba de caña de azúcar y de sangre de los hombres que trabajan en su campo. Férreo. Sólo sabe escupir humo y huesos, amontonando caña podrida en el vaho de un verano que jamás termina. Allí solo reina ese fuego.

Lala se levantaba a la madrugada a ayudar a Genoveva para preparar el pan. La leña se arropaba al lado del horno de barro y de la mesa de madera suavizada por los años de labor. La niña debía trabajar para poder ir a la escuela, donde la maestra esperaba con su guardapolvo blanquísimo a niños harapientos, de ojos rasgados y piel marrón, como el río que vadeaba el pueblo.

Aquel día, el fuego del horno se mezclaba con el aroma intenso del pan casero que la familia vendía. Temprano había cantado el gallo, anunciando el punto de partida del día; competía con el silbido atroz de la sirena del ingenio, que marcaba religiosamente el turno de entrada de las cinco de la mañana.

Afuera, ya se desperezaban las ventanas abiertas y los niños salían con sus portafolios de cuero derruido, valiosa herencia de los hermanos mayores, rumbo a la escuela.

Lala salió de su casa y llegando a la esquina vio al gallo encrispado en su lomo tornasol, el pecho colorado y la cresta brava parecía natural corona del espléndido pájaro, que se acercaba al alambrado todas las mañanas buscando los rayos de sol. La niña lo saludó y apuró el paso.

La escuela de ladrillo visto estaba en el barrio. El legado de Sarmiento se mostraba eterno en el ritual de entrada, las maestras miraban si las chinitas tenían bien trenzados los pelos; querían una cola de caballo prensada para que los piojos no hicieran de las suyas. Los changos tenían que tener el pelo corto y bien peinado.

Las líneas blancas de guardapolvos empezaban a girar hacia cada aula, que fagocitaba diariamente a estos alumnos que debían ser forjados para el bien de nuestra nación. Había que formatear el cuerpo, la voluntad y el espíritu de las nuevas generaciones.

La mañana fue ordinaria y cuando la campana pesada tronó en el patio, Lala se encontró con sus amigas. Juana, Mercedes y Lucía formaban parte del pelotón que caminaban unas cuadras de regreso a casa. Ese día hicieron su recorrido habitual pero cuando se estaban por separar, Don Bautista se acercó a Lala con un pedazo de tela marrón del que sobresalían dos patas amarillas.

-Lala, llevale el gallo a la Genoveva. Se ha muerto esta mañana el sonso. Ella sabe qué hacer.

Muda. Con los ojos lloviznando, la niña tomó el gallo muerto y miró a sus amigas. Caminaron en silencio hacia la casa de Lala, pero un par de casas antes la niña se detuvo y les dijo:

-Tenemos que darle sepultura al gallo. Pero primero hay que velarlo. Nadie de los grandes se tiene que enterar.

Las chinitas se miraron desconcertadas. A Mercedes le pareció una buena idea porque había escuchado decir al cura que todos somos hijos de Dios, por lo tanto, por qué no se podría velar al gallo muerto. Juana y Lucía escuchaban dudando, pero al final aceptaron escaparse a la siesta para dar inicio al ritual.

Luego del almuerzo las niñas se escaparon de sus casas sin dificultad. A esa hora el sol ya quemaba la tierra sin piedad. Las plantas de las abuelas sufrían el castigo y desfallecían, los pájaros se escondían silenciosos como si una pequeña muerte se adueñara del barrio. Sólo las niñas susurraban entre ellas y el gallo que ya estaba rígido.

Atrás de la canchita de fútbol había una tipa gigantesca que daba sombra a esa hora del día. Al pie del árbol añejo, las niñas pusieron al gallo envuelto en una tela roja, adentro de una cajita de cartón, con el pico mirando al sur. Lo dejaron en la tierra hasta que cavaron un pozo en la negra tierra. Lala rezó un padrenuestro y las otras niñas murmuraron en silencio. Prendieron una vela y metieron la caja de cartón con el gallo en el pozo.

Atrás del descampado, un enorme perro negro miraba la escena, escondido desde el cañaveral. Silencioso como el olvido, eterno como el pueblo, vigilaba sus dominios, recorría esas tierras camuflado en distintos cuerpos. Tenía mil nombres y muy pocos lo habían visto una vez en su vida.

El perro negro observó paciente a esas niñas en su juego, al rato se dio media vuelta y desapareció en la muerte de la siesta. Regresaría en medio de la noche, desenterrando el gallo de su nido de tierra. Regresaría ese año al pueblo para llevarse a un hombre. Era su destino, era lo acordado.

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