Los nivaclé, el agua y los pozos de la esperanza 

Por Daniel Cecchini. “Ellos, la gente, tenía una cultura de ir a pescar porque no tenían nada de qué comer, solamente para ir a pescar, pero tenían el río y tenían agua, dice mi papá. Tenían una red que se llama red tijera, y otras que no sé cómo se llaman, que puede entrar en el agua y recién cuando entra en el agua se abre. No sé. Pero ahora no tenemos el río y el agua falta, a veces no tenemos ni para tomar”, dice el cacique Simeón Pérez, de la Comunidad nivaclé de Algarrobal.

Si se toma como referencia Formosa, la capital, Algarrobal es la más remota de las seis comunidades del pueblo nivaclé que habitan la provincia. Está compuesta por alrededor de cien indígenas que viven en muy precarias condiciones en el noroeste, en un territorio ancestral recuperado a poca distancia de la frontera con el Paraguay.

El último censo realizado por la Asociación para la Cultura y el Desarrollo (APCD), una ONG que apoya los derechos de los pueblos originarios en la provincia, relevó 620 indígenas, la mayoría de ellos indocumentados, distribuidos en seis comunidades: San José-Río Muerto, Algarrobal, Lamadrid, Guadalcazar, San Miguel-Laguna Yema y San Cayetano. Otros pocos han migrado a los márgenes de las ciudades de Las Lomitas y San Martín 2.

Pueblo de tradición guerrera, los nivaclé fueron diezmados y corridos territorialmente durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo pasado. Hoy son el menos numeroso de los cuatro pueblos indígenas que hay en Formosa, muy por debajo de los wichí, los qom y los pilagá.

Históricamente, los constantes cambios en el curso del río Pilcomayo –límite entre la Argentina y Paraguay hasta la década del 30 del siglo pasado– pusieron a los nivaclé de un lado o del otro de la frontera, lo que tuvo una consecuencia que persiste aún hoy. Recién desde hace algunos pocos años los nivaclé de la Argentina pudieron obtener un DNI. Algunos de ellos, porque todavía son muchos los que no tienen documento y, por lo tanto, no tienen acceso a ningún servicio del Estado. Son los NN de las comunidades indígenas del territorio argentino.

Si comer no les resulta fácil –la inmensa mayoría de las familias no recibe la AUH, están marginados del mercado laboral, la caza es cada vez más difícil por los alambrados y la deforestación, y los cultivos crecen de mala forma cuando no fracasan–, la falta de agua es el mayor problema que enfrentan para la supervivencia.

Marginados y sin agua

“La relación de las comunidades aborígenes del centro oeste de la provincia de Formosa con el agua fue variando durante el proceso histórico vivido por ellas. Antiguamente los asentamientos indígenas se establecían mayoritariamente alrededor de los cursos de agua: ríos, riachos, arroyos o lagunas, donde pasaban gran parte del año. Debido a su tradición nómade, el espacio físico más utilizado demográficamente en la provincia estaba asociado a los recursos hídricos disponibles, dentro de un territorio reconocido como propio, donde la pesca era una actividad productiva muy importante en su economía”, explica el geólogo Leonardo Dell Unti, de APCD.

El avance de los alambrados llevó a la delimitación de espacios y a la disminución de los recursos disponibles para el sustento de las comunidades. Éstas en su mayoría quedaron desplazadas a áreas marginales con pocos recursos, en condiciones extremas de supervivencia, y se produjeron drásticas modificaciones en sus costumbres, de su relación con el medio ambiente y de las relaciones sociales.

“Entre otras consecuencias de este proceso se produjo un deterioro muy marcado de los hábitos de higiene y de alimentación”, dice Dell Unti.

Ninguna de las seis comunidades nivaclé tiene acceso directo al agua potable. Le trasladan agua desde empresas con camiones tanque, una vez por mes, al depósito o tanque que la gente se construye, no más de 8000 litros por depósito que en las comunidades. En Algarrobal el plazo es mayor: el camión llega cada dos meses para llenar los tanques de las familias, que tienen una capacidad de 2500 litros. El agua que les suministran está sin tratar, de modo que los propios indígenas deben potabilizarla.

Cuando se les acaba el agua y el camión no llega, los nivaclé de Algarrobal deben caminar cinco kilómetros hasta un canal construido por los paraguayos y sacarla de ahí, con baldes.

“La pandemia agravó esta situación cuando se cerraron algunas áreas por los protocolos provinciales para evitar los contagios de Covid y no se podía entrar con el agua”, agrega Dell Unti.

Los pozos de la esperanza

Como en casi el todo noroeste provincial –a excepción de las principales ciudades– la llegada del agua corriente es un sueño imposible de cumplir. El mejoramiento de las técnicas de construcción de pozos –a cargo de los integrantes de las comunidades y con apoyo de organizaciones no gubernamentales– es, en cambio, una salida posible.

“Apuntamos metodológicamente en primera instancia a la concreción y ejecución de la obra de agua en sí misma, y también al aprendizaje de las diversas técnicas aplicadas, no solo para aumentar la cantidad de pozos sino también para que puedan repararlos y mantenerlos. Por ejemplo, la idea es que no sólo tengan la perforación en los lugares con agua apta para consumo humano, con una bomba de mano instalada, sino que aprendan la técnica de perforación, realizando ellos mismos el trabajo, y que además les queden las herramientas para los posibles arreglos que pudieran necesitarse, como también poder desarrollar el oficio en la zona, que es necesario”, dice el geólogo Dell Unti, que participa del proyecto.

La tierra del noroeste formoseño es árida, poco generosa, exige que se la trabaje mucho. Por eso, un mayor acceso al agua también redundará en un mejoramiento de los cultivos. La mayor parte del sustento de la comunidad viene de las chacras, que los nivaclé labran con esfuerzo y cuidan como el bien más preciado. Allí siembran algo de maíz, maní, sandías, melones, zapallos, batatas.

“Trabajamos todo el día en las chacras, a la mañana empezamos el trabajo y seguimos hasta que se pone oscuro. Con agua para ellas será mejor cosecha y menos hambre. No como ahora. La verdad que ahora, cuando hay comida comemos lo que hay; si no hay, no”, dice el cacique Simeón Pérez.

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