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Más de 30 disparos contra la sede diplomática cubana en Estados Unidos

Por Gustavo Veiga, en Página/12. En el saco de José Martí se ve un orificio de bala de fusil AK-47 sobre su lado izquierdo. A 125 años de su caída en combate no es que lo hayan matado dos veces. Es su estatua, ubicada dentro de la embajada cubana en Washington. Tampoco es el único disparo que impactó sobre el frente y el interior de la sede diplomática. Más de treinta balazos dejaron su huella sobre las columnas dóricas, vidrios y paredes del edificio construido en 1917.

El embajador José Ramón Cabañas estuvo el 1° de mayo –fecha emblemática en la isla por sus tradicionales marchas en el día del trabajador– haciendo un control de daños provocado por el ataque de un tal Alexander Alazo. Para más datos cubano y de 42 años, residente en Aubrey, Texas y que pasó por el ejército de su país antes de migrar a México en 2003 y de ahí a EE.UU. en 2007. La información surge del acta que se labró en el lugar.

El presidente Miguel Díaz Canel calificó el hecho como “un atentado terrorista, un acto de odio coherente con la hostilidad de la administración estadounidense hacia Cuba”.

La investigación recién comenzó y no puede confirmarse todavía ninguna hipótesis sobre el autor del delito y único detenido. El gobierno de La Habana tiene motivos para sospechar el móvil del ataque. Lo sugirió el director general para EE.UU de la cancillería, Carlos Fernández de Cossio: “Hay una historia de crimen organizado cubanoamericano en los Estados Unidos, incluso libros sobre el tema, que involucra a ex mercenarios de la fallida invasión de Bahía de Cochinos. Pero no existe el crimen organizado en Cuba”, escribió en su cuenta de Twitter.

La última oración de su texto fue una respuesta a las declaraciones de Alazo, quien dijo que había recibido amenazas de “organizaciones criminales cubanas”.

Según información publicada por la agencia AP y otros medios basados en ella, el hombre que disparó contra la embajada tuvo varios domicilios desde su llegada a Estados Unidos. Vivió en los condados de Miami-Dade y Broward, Florida, entre 2011 y 2017, para después mudarse a Texas donde trabajaría como masajista. Alazo no tendría antecedentes penales y, si bien se declaró cubano, su nacionalidad no fue todavía confirmada oficialmente.

En su detención intervinieron el Servicio de Seguridad Diplomática (DSS), el Servicio Secreto, la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF) y la Policía Metropolitana del Distrito de Columbia (MPDC).

Historial

Aunque en el atentado cometido en la madrugada del 30 de abril no hubo víctimas fatales, el cuerpo diplomático cubano tiene un largo historial de asesinados o desaparecidos en distintos lugares del mundo.

En 1976 fueron secuestrados en Buenos Aires por la dictadura militar Crescencio Galañena Hernández y Jesús Cejas Arias muy cerca de la embajada en el barrio de Belgrano y sus cuerpos recién aparecieron en 2012 y 2013, respectivamente.

Los jóvenes diplomáticos Adriana Corcho y Efrén Monteagudo fueron asesinados con una bomba colocada en la embajada en Portugal también en el 76 y Felix García Rodríguez, quien trabajaba en Naciones Unidas, cayó muerto a balazos en Nueva York en 1980.

En aquellos años hubo mútiplies atentados contra objetivos cubanos en distintos países. Todos los indicios casi siempre conducían a connotados terroristas vinculados a la CIA con base en Miami como Orlando Bosch y Luis Posada Carriles, ya fallecidos.

Reacciones

La primera reacción contra el ataque en Washington que surgió de algún funcionario de Estados Unidos fue la de su encargada de Negocios en La Habana, Mara Tekach: “La Embajada de EE.UU. condena el tiroteo. Es un gran alivio que nadie haya resultado herido. EE.UU toma muy en serio sus responsabilidades con la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas e insiste en una investigación completa y profunda” escribió en un tuit.

El canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla la convocó a su ministerio para pedirle explicaciones y le preguntó –según sus propias palabras-: “¿Cómo reaccionaría el gobierno de los Estados Unidos ante un ataque como este a cualquiera de sus Embajadas?”

Hasta el senador repúblicano Marco Rubio, uno de los más activos detractores de la Revolución Cubana y lobbista permanente contra los intereses comerciales de la isla, tuiteó que “la violencia contra cualquier embajada no debe ser excusada o tolerada y debe ser enjuiciada”.

El mensaje de Tekach y el comentario de Rubio no pudieron disimular que el Departamento de Estado ignoró por completo el ataque a la embajada. Al día siguiente de producirse el hecho, siguió con su retórica anticubana y las críticas a las misiones médicas que la isla envía a diferentes países para colaborar en la lucha contra la pandemia.

Medios de Estados Unidos como el Nuevo Herald de Miami publicaron el último fin de semana que Alazo “estaba bajo tratamiento médico psiquiátrico y creía que la Seguridad del Estado lo perseguía, según documentos de la corte y el testimonio de un pastor evangélico cercano a la familia”.

También AP señaló que el tirador de Washington vivió durante varios meses en su auto, mudándose de estado a estado por su presunto delirio de persecución.

Como fuere, el ahora detenido dejó estacionada frente a la embajada cubana una camioneta Nissan Pathfinder marrón con una bandera de EE.UU. pegada en su luneta trasera y se le incautó el AK-47 con que disparó 32 cartuchos y que había cambiado por una pistola Glock 19. Según el embajador Cabañas si el hecho no se hubiera producido de madrugada y sí al mediodía “podría haber sido una matanza”.

La viceministra cubana de Comercio Exterior Ana Teresita González colocó en contexto el tiroteo a la embajada en Washington: “No nos asombra que estas cosas pasen en un país, EE.UU., donde se alimenta la violencia y el uso de armas de fuego, donde la vida de las personas no vale nada, donde los niños no están seguros en sus escuelas, donde la salud es una mercancía. El país que se erige como juez en el mundo”.

Por Gustavo Veiga, en Página/12

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