Para el Gobierno de Milei, el reclamo sobre las Malvinas es un «mensaje de odio»

Vestir una camiseta con la frase «Las Malvinas son argentinas» será considerado un «mensaje de odio», según advirtió la ministra de Seguridad de la Nación Alejandra Monteoliva, al detallar las condiciones que se dispusieron para el partido en el que la Selección nacional enfrenta a Inglaterra.

La noticia fue que la FIFA dispuso prohibir el ingreso de banderas, carteles, camisetas y cualquier otro elemento con referencias a las Islas Malvinas para la semifinal del Mundial 2026 entre Argentina e Inglaterra, que se disputa este miércoles desde las 16 en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta.

La medida forma parte del operativo especial de seguridad diseñado para uno de los encuentros de mayor riesgo del torneo y responde al reglamento del organismo, que impide el ingreso de «mensajes de contenido político, racial, religioso, de odio o considerados provocativos» dentro de los estadios.

En este caso, la restricción alcanza a cualquier insignia vinculada al reclamo argentino de soberanía sobre las islas, un símbolo habitual entre los hinchas de la Selección.

La ministra de Seguridad de la Nación, Alejandra Monteoliva, sostuvo: «No pueden ingresar banderas con contenido político».

También estará prohibido ingresar con botellas y las bebidas se servirán en vasos descartables para evitar que los envases sean utilizados como objetos contundentes.

La funcionaria explicó que el operativo fue definido tras un análisis de riesgo realizado junto con organismos internacionales. La coordinación se llevó adelante en una reunión del Centro Internacional de Cooperación Policial (IPCC), en Leesburg, Virginia, con representantes de la FIFA, el FBI, la policía del estado de Georgia, la policía de Miami, la policía de Inglaterra y autoridades argentinas.

Para el encuentro trabajarán más de 1.600 agentes entre policías, personal de seguridad privada y fuerzas interjurisdiccionales.

Además, por primera vez en el Mundial, los hinchas argentinos ingresarán por la Puerta 4 y los ingleses por la Puerta 3, aunque Monteoliva aclaró que, debido a que las entradas fueron adquiridas previamente, «habrá simpatizantes de ambos países distribuidos en distintos sectores del estadio».

El dispositivo abarcará los hoteles de ambas delegaciones, los traslados oficiales y controles reforzados en los accesos.

Monteoliva informó, además, que ya fueron identificados 13 argentinos que intentaron eludir controles o ingresar con entradas falsas, por lo que fueron inhabilitados para asistir a estadios durante el Mundial y también en la Argentina.

La ministra agregó que Estados Unidos recibió el registro de 33.000 personas con derecho de admisión vigente en el país para impedir su acceso a los encuentros del torneo.

Las Islas en la piel

Apenas conocida la información, surgió en redes y comentarios en medios la pregunta sobre qué va a pasar con los miles de argentinos que llevan el mapa de las islas grabado para siempre en el cuerpo.

La directiva es clara respecto a los objetos: banderas, pancartas y remeras con reclamos soberanos quedan afuera. Pero el sentimiento por Malvinas en Argentina no es un accesorio que se pueda despachar en un cacheo de seguridad; es una identidad que se lleva en la piel. Literalmente.

Desde el punto de vista legal y práctico, la pretensión de regular lo que un hincha lleva tatuado expone el límite de la ridiculez.

Es que un tatuaje es parte de la integridad física y la identidad de una persona. Por lo tanto, exigirle a un ciudadano que se tape el mapa de las Malvinas para ver un partido de fútbol no solo es inaplicable en términos de control masivo, sino que roza la violación de derechos constitucionales básicos.

Por otro lado, los controles en los accesos de los estadios están diseñados para requisar pirotecnia, alcohol o elementos contundentes. Pensar en inspectores de la FIFA o fuerzas de seguridad revisando brazos, piernas o espaldas en busca de tinta «políticamente incorrecta» demuestra la desconexión total entre los escritorios de Zúrich y la realidad de las canchas.

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