Por Juan Enrique Giusti*. Hay momentos en política en los que una votación deja de ser simplemente una votación. Cuando un legislador que llegó al Congreso con una determinada identidad política comienza a acompañar sucesivamente iniciativas impulsadas por un gobierno ubicado en las antípodas de esa tradición, tengo derecho a preguntarme qué está pasando.
Los votos de Carolina Moisés me generan precisamente esa pregunta. En 2026 consolidó la alianza con Javier Milei, pero en estos 15 días la desnudó a la sociedad
El último disparador fue la llamada Ley de Inocencia Fiscal II, con un blanqueo de carácter permanente. A renglón seguido, la modificación del régimen de subsidios para las denominadas zonas frías, una decisión que, según sus críticos, puede traducirse en un fuerte impacto sobre las tarifas de más de un millón de argentinos y que además incluye un tratamiento favorable para las deudas de empresas distribuidoras de energía con CAMMESA.
Y en esa misma sesión, después aparece la discusión sobre la modificación de la Ley Orgánica del Banco Central. Acá es donde la discusión deja de ser simplemente parlamentaria y pasa a ser ideológica. Porque si lo que se propone es modificar las reglas de funcionamiento de la economía argentina siguiendo una concepción que prioriza determinados principios de disciplina monetaria y financiera, yo tengo derecho a preguntarme qué modelo de país estamos construyendo. ¿Queremos parecernos a Perú en materia económica?
Es una pregunta deliberadamente incómoda. Y la planteo porque quienes defendemos una concepción de la economía vinculada con la producción, el trabajo, el mercado interno y el desarrollo nacional no podemos mirar estas reformas como si fueran simples modificaciones técnicas.
El dato que se utiliza habitualmente en esta discusión sobre las condiciones materiales de vida en Perú, la referencia a que una proporción muy elevada de hogares (42,3%) carece de heladera, funciona como símbolo de una discusión mucho más profunda: crecimiento económico no significa automáticamente desarrollo social, y una determinada arquitectura macroeconómica puede producir resultados muy diferentes según cómo se distribuyan sus beneficios y sus costos.
Por eso también recuerdo el voto de Carolina Moisés respecto del RIGI. En aquella oportunidad, acompañó ese capítulo de la Ley Bases mientras sectores del peronismo jujeño cuestionábamos que un régimen pensado para grandes inversiones pudiera terminar beneficiando a determinados grupos empresarios en detrimento de las economías regionales y de la producción local. El costo fiscal para el estado argentino para 2027 es de US$ 3.000 millones de dólares.
No puedo dejar de señalar el voto de Carolina Moisés a favor de Pablo Otero y de Tabacalera Sarandí, una decisión que, desde mi perspectiva, resulta especialmente grave para Jujuy porque nuestra provincia tiene una producción tabacalera que sostiene a miles de trabajadores, productores y familias, y constituye una actividad central de nuestras economías regionales. Mientras en Jujuy se reclama permanentemente por la defensa del productor tabacalero, por el Fondo Especial del Tabaco y por condiciones que permitan sostener la producción y el empleo, acompañar desde el Senado medidas que favorecen los intereses de un empresario cuya posición es cuestionada por el sector tabacalero jujeño implica, a mi entender, anteponer otros intereses a los de nuestra propia provincia. Y más allá de que no haya salido la ley, una representante de Jujuy debería explicarles a los productores: por qué, cuando tuvo que elegir, su voto terminó del lado de Tabacalera Sarandí y no del lado de quienes producen tabaco, trabajan y viven en Jujuy.
Tampoco debemos olvidar cuando votó el aumento del Impuesto a las Ganancias sobre la cuarta categoría, porque significa volver a cargar sobre trabajadores en relación de dependencia un impuesto que impacta directamente sobre sus salarios, como quería Javier Milei. Para quienes defendemos el trabajo y el esfuerzo de quienes viven de su sueldo, resulta difícil comprender que se acompañen medidas que terminan aumentando la presión tributaria sobre los trabajadores mientras se impulsan beneficios y alivios para otros sectores de la economía.
Y no puedo separar esa decisión de las discusiones posteriores sobre la educación pública y sobre el financiamiento de las universidades, donde votó terminar con las normas que financiaban nuestro sistema educativo y científico, porque para quienes militamos una determinada concepción del Estado esas cosas no son compartimentos estancos.
Una cosa es tener autonomía parlamentaria. Otra muy distinta es que los peronistas no puedan preguntarse qué relación existe entre las ideas con las que una persona llega al Senado y las decisiones que finalmente toma.
Yo no creo que el problema sea que un senador vote alguna vez de manera diferente de su bloque. La política parlamentaria exige negociar, discutir y construir acuerdos. El problema aparece cuando empieza a configurarse una secuencia de decisiones y esa secuencia parece acercarse cada vez más a las principales reformas económicas promovidas por el Gobierno de Javier Milei.
Entonces la pregunta vuelve a aparecer, inevitablemente: ¿qué queda de la identidad política con la que Carolina Moisés llegó al Senado? Y esa pregunta no se responde con discursos. Se responde mirando los votos.
Porque en el Congreso las palabras pueden ser muchas, pero al final del día queda una cosa concreta: cómo votó cada senador cuando tuvo que apretar el botón.
Y esos votos, guste o no, también construyen identidad política. Y lo que viene sucediendo que Carolina Moisés abandono el peronismo y es más libertaria que Karina Milei.
* Abogado. Especialista en Estructura Económica Argentina. Militante peronista
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