Bardo

Por Diego Citterio Ella, la flaca, escuchaba los redondos, nosotros los empezábamos a descubrir por ella que los escuchabas por ese pibe más grande que a nuestro parecer no la merecía. Ella bailaba los viernes a la noche cuando el bardo decía “vamos, negrita, baila hasta el fin. Vamos negrita hacelo por mí”.

En la pieza de G. en un minicomponente Aiwa de sus hermanos mayores todos los martes y jueves a la tarde cuando volvíamos de “Quinta” un predio experimental de nuestra escuela secundaria agro técnica escuchábamos “pero a los ciegos no le gustan los sordos y un corazón no se endurece por que sí”.

Los sábados a la noche en un bar donde jugábamos al pool sonaba “ven a mi casa suburbana, me obsesiona tu prisión” y regábamos nuestros alegrías y penas con Quilmes de litro a 1.25 pesos la botella.

Bardo en Argentina es sinónimo de lio, caos o conflicto. Pero en la antigua historia europea el Bardo es la persona encargada de transmitir las historias, las leyendas y poemas de formar oral además de cantar la historia de sus pueblos. El Indio fue eso para mí y mis amigos de La Plata, los de Jujuy y los de Vedia los tres lugares por donde transita mi vida.

En La Plata se esconde la leyenda del Pacman del Savoy —a veces gana a veces pierde como todo jugador— que todos los viernes después de una reunión de militancia nos íbamos a su antro a comer empanadas y tomar cervezas. En el bosque está el espíritu del negro José Luis —la bestia pop, que enciende en sueños la vigilia— en cada pintada azul y blanca.

El indio narró como pocos el espíritu de una época, y no lo hizo solo, lo hizo porque como el dijo en una conferencia de prensa muy recordada en Olavarría en 1997 “no hace mucho nos preguntaban porque no dábamos reportajes y yo les decía que ya teníamos la suficiente edad que para en vez de bajarles línea a esos chicos, escucharlos porque en sus nervios hay mucha información del futuro que los tipos de nuestra edad pueden tener para aconsejarlos”

Solo escribo cuando tengo algo para decir, hoy quiero decir quien fue este hombre para mí y para muchos. Un hombre que supo escuchar a quienes lo seguían, un hombre que supo poner en palabras los sentimientos de miles y miles en la argentina. Un hombre que al igual Marco Aurelio y los filósofos estoicos señalo una máxima qué debe acompañarnos en nuestro devenir “el lujo es vulgaridad y vivir solo cuesta vida”

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