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Locales y visitantes buscan quedarse con la vincha de oro en el toreo de Casabindo

casabindo toreo BEste lunes se celebra la única fiesta taurina del país, en Casabindo, a unos 3400 metros sobre el nivel del mar. Los pobladores locales se vienen preparando para recibir a miles de personas, entre jujeños y turistas, que llegan para celebrar las fiestas patronales, con la honra a la Virgen de Asunción, y con ella el Toreo de la Vincha, una particular corrida en la que el torero es el que puede salir lastimado mientras que al animal no le pasa nada. 

Es una fiesta heredada de los españoles, cuya realización se remonta en los años 1700, cuando un cacique indio, Pantaleón Tabarcachi, luchaba contra la tiranía del opresor español. La corrida se llama «de la vincha» porque se trata de sacarle al toro, en una enorme plaza protegida por una pirca de piedra y ubicada al lado de una antigua iglesia colonial, una vincha de monedas de plata que corona sus cuernos.

Los toreros, que pueden ser cualquiera que se anime, entran al ruedo y deben desplegar su habilidad para sortear los embates del animal y desprender la vincha de monedas de entre los cuernos para ofrendarla respetuosamente a la virgen. Al animal nunca le pasa nada; en cambio, el torero puede ser herido. Más de uno ha quedado con las costillas o la clavícula rota. Se supone que la negativa de hacerle daño al toro proviene de la época de Domingo Faustino Sarmiento, cuando se prohibieron las cruentas corridas en todo el país.

En Casabindo, además del toreo de la vincha, la fiesta se complementa con la tradicional procesión que lleva la imagen de la Virgen de Asunción precedida por la danza de los suris practicada por los samilantes, que son paisanos que bailan con trajes ceremoniales adornados con plumas de ñandú. También van los cuarteadores, un grupo de cuatro personas cada una de las cuales toma una de las cuatro patas de un cordero muerto, eviscerado y despellejado, bailando al compás de las bandas de sikuris y tironeando hasta que el cordero se desmembra.

Cuenta la historia que Pantaleón regresó tras haber estudiado en los conventos misioneros y vio cómo sus hermanos eran sometidos al trabajo duro en los yacimientos de oro, bajo la amenaza de muerte, a través de latigazos. Tras ver el sufrimiento de los indios, el cacique inició la tarea de convencer a sus prójimos que ese castigo no era divino, sino del tirano español.

Los Ovando, la familia dueña de esos yacimientos, capturan a Pantaleón y lo envían a los canteros junto a otros indios. Pero el encierro no lo amedrentó.

Una noche, el cacique se liberó de su celda y escapó rumbo a Chile, pero antes de llegar fue atrapado por una patrulla que lo seguía por orden de los Ovando. Al llegar nuevamente al pueblo, fue acusado injustamente de haber asesinado a un guardia, delito que en aquel tiempo se castigaba con la muerte.

Españoles y curas de la zona se reunieron y decidieron que Pantaleón debía morir frente a los ojos del pueblo. A alguien se le ocurrió poner al indio en la plaza frente a unos toros y dejar que los animales se encarguen de matarlo.

Llegó la tarde del 15 de agosto. El cacique arribó a la plaza con sus mejores ropas. Sujetando su larga cabellera, tenía puesta un vincha adornada con soles de plata. El pueblo entero esperaba su ejecución. Y un sacerdote, dijo: «Si es inocente, las bestias, lo perdonarán».

Inmediatamente, los toros fueron liberados al centro de la plaza y, ante la mirada atónita de los lugareños, los animales no arremetieron contra el cacique. Pasaban las horas y los españoles, que querían concretar un castigo ejemplificador para todos los rebeldes, se desesperaban.

Los guardias le sacaron la vincha a Pantaleón y se la pusieron al toro más salvaje, como gesto de provocación. El cacique, al ver el símbolo de su linaje nativo, se colgó de los cuernos del toro y recuperó la vincha. La acción le costó que otro toro lo embistiera de atrás, dejándolo mortalmente herido.

Pantaleón se arrastró hasta la capilla y, a los pies de la virgen, depositó su vincha y pidió por la libertad de su pueblo y el perdón para sus verdugos.

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