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discriminación e inseguridad

Los delitos aberrantes, la violencia y el estado de inseguridad

discriminación e inseguridadPor Raúl Noro. Nadie, en su sano juicio, puede prever el horror que provocan determinados delitos que son profusamente difundidos por las crónicas cotidianas que, a veces, parecen incentivar intencionalmente el efecto negativo acicateando el morbo popular para vender más diarios o tener mejor rating televisivo-radial y, lamentablemente, también réditos políticos.

La visión de ancianos y embarazadas destrozados a golpes o tiros, niños secuestrados, violados, castigados, explotados o asesinados con inenarrable crueldad sin freno ni medida, extienden una sensación de inseguridad y un temor subyacente sobre la violencia cotidiana que se expande fuera de todo límite y previsión. Ni hablar de adolescentes drogados con armas blancas o de puño que matan al primer gesto y hasta el absurdo de niños que delinquen.

 En paralelo —y hablando genéricamente, existen medios que dibujan una judicatura de puertas giratorias donde estafadores, ladrones, violadores y asesinos gozan de los beneficios de un sistema que, en última instancia, libera los criminales y deja a las victimas sin justicia ni reparación cosa que no esta alejada de la realidad.

 Mientras esto sucede, personajes famosos de la farándula llegan a exigir, irresponsablemente y a la ligera, la tortura, la mutilación y hasta la pena de muerte para los criminales, como si institucionalizar la pena máxima, es decir, la punición límite contra la vida, fuese la solución para ese horror. Se intenta, también, justificar, como si fuese algo positivo, la posesión de armas de fuego para la defensa personal. Y todo ello genera un clima de temor generalizado en la población que es caldo de cultivo para impulsar irracionales venganzas colectivas del tipo “linchamiento”, entre otras.

 Desde mi punto de vista, la inseguridad tiene una complejidad de origen que, obviamente, escapa a estas líneas. Sin embargo, me parece hasta de sentido común intentar dilucidar el tema aunque sea provisoriamente y plantear dos o tres ideas que pueden ayudar a clarificar algunos asuntos sobre el tema y encontrar alternativas de resolución.

 Las causas de la inseguridad y la violencia

 Antes de entrar en las causas de la violencia cotidiana, es interesante conocer algo previo: la inseguridad en la Argentina de fines de 2013, traducida en el índice de hechos criminales mayores y cruentos, es bastante menor a la que existe en otros países de América Latina, incluyendo Brasil, Méjico, Panamá (paraíso fiscal del neoliberalismo financiero), Colombia, naciones que el establishement considera como previsibles, confiables y hasta seguras (?) para la inversión. 

Por ejemplo, en todo Méjico tenemos 75.000 muertos solamente por el narcotráfico en los últimos 5 años. Y para qué hablar de ciudades violentas como San Pedro Sula en Honduras, Caracas en Venezuela, Cali en Colombia, Kingston en Jamaica, Maceió, Natal y Fortaleza en Brasil, Detroit y New Orleans en EEUU (!!!) y las cruentas pandillas urbanas conocidas como Maras en Honduras, El Salvador y Guatemala, que lideran el ranking de peligrosidad.

 Lo anterior no pretende justificar nada, ya que no podemos negar la denominada latinoamericanización sufrida por nuestro país en lo que se refiere a los delitos en general a partir de la década de los 90, el aumento de los asesinatos y, sobre todo, de los robos. Pero hay que poner las cosas en su lugar. El PNUD informa que nuestro país es uno de los últimos en cantidad de homicidios dentro de la región (2009-2012), y muchos de ellos son producto no de la inseguridad sino de situaciones de violencia familiar.

 Dicho esto, vamos el tema central: la crueldad, la violencia y el absoluto desprecio por el otro que se observa en los hechos criminales nacen de la negación de un valor supremo, primordial, que es la vida, para considerar solamente uno de ellos, dentro de un abanico plural encabezado por la bondad, el amor, el perdón, la reconciliación, además de valores sociales como el respeto hacia el otro (en particular los niños, los ancianos y las embarazadas), la solidaridad, etc.

 Es como si la conciencia de quien delinque rechazara o desconociera las virtudes y atributos de valores positivos que dormitan y esperan detrás de cualquier actividad humana y eligiera optar por lo peor y más deleznable.

 Tal olvido, negación u ignorancia son, en parte, el resultado de un proceso de aprendizaje negativo que cientos de miles sufrieron, primero con la violencia institucionalizada del proceso militar y luego, desde 1990 hasta 2003, como consecuencia de las inhumanas políticas de desempleo y tercerización del neoliberalismo.

Es así que hijos desocupados, de padres también desocupados, se criaron en el caldero de la supervivencia callejera en situación de pobreza y/o indigencia propia de las villas  y asentamientos marginales que florecieron por doquier, sin educación formal, trabajo ni familia, perdiendo, en la psique, la referencia y el peso social y personal de cualquier valor más o menos civilizado, humanamente evolutivo, todo ello ligado a la corrupción. Así, en tal mundo entorno, las acciones negativas, deleznables o compulsivas son consideradas como “normales” y el futuro, un agujero negro sin esperanza.

 Dicho en otros términos: con la exclusión “llegaron de la mano la descomposición social, las barras, los grupos, la prostitución, la droga, el alcoholismo, el robo…”, tal cual recordó un expiquetero y exintendente de Cutral-Có, de la provincia de Neuquén, Ramón Río Seco.

 De tal forma, centenares de miles de chicos, en la experiencia de su infancia y en la orfandad de su adolescencia, y víctimas de un estado de situación que no provocaron, recibieron como enseñanza y ejemplo el predominio del más fuerte, en un ámbito de marginalidad brutal y despiadada que fue configurando poco a poco una subcultura de frustración, miedo, delación y violencia, con el uso generalizado de armas en la mano.

Tal imaginario social negativo se extiende debido a que la habitualidad de tales experiencias se convirtieron en creencias y acciones justificatorias de cualquier abuso, transgresión o hechos criminales. Incluimos aquí también el aumento del índice de suicidios, sobre todo en adolescentes.

 En tal contexto social, drogas baratas, pegamentos, paco y otras, junto a excesos inimaginables en el consumo y la práctica delictual, aparecieron casi como una consecuencia inevitable, incluyendo la logística de distribución y venta de estupefacientes por doquier y hasta la delimitación de “territorios” para estas operaciones. Consideremos también aquí el aumento no solo del narcotráfico sino del microtráfico, mucho más fácil por lo permeable de las extensas fronteras, con la llegada de carteles y cartelitos en busca de expansión de sus productos en los mercados de la muerte de las grandes ciudades (Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Mendoza) tanto para consumo como para la exportación.

 Así, muchos jóvenes integran hoy una suerte de batallones compuestos por desclasados que deambulan como mano de obra desocupada a merced de narcotraficantes, policías corruptos o personajes necesitados de operaciones delictivas.

 Hemos visto que en tal subcultura, los ídolos reconocidos como paradigmas a imitar por esos jóvenes, son tumberos, jefes villeros o delincuentes que pudieron sobrevivir a la presión de las fuerzas de seguridad, comandar mafias y/o aguantar la sombría experiencia carcelaria. Una muestra de ello es la publicitada figura del narcotraficante colombiano Pablo Escobar Gaviria. De otros heroísmos ejemplares más elevados, o del cuidado de la vida y la comunidad como valor primario, ni hablar; menos aun de la solidaridad, la compasión, el respeto o la bondad.

 En todo esto tienen que ver también las distorsionadas fantasías epocales, la influencia de los medios y la TV basura, con una relatividad moral cuasi absoluta, coyuntural y de superficie aparte de la cuota de ignorancia que demuestran los personajes de la pantalla chica, con verdades cuestionables y manipuladoras de coyuntura que instalan como paradigmas en los televidentes.

 Pero además digamos todas las cosas con claridad: los delincuentes no solo son villeros, sino que provienen de todos los estratos sociales. Pensemos en el fraude, la evasión tributaria, el blanqueo de dinero, la corrupción y los delitos económicos de alta tecnología; pensemos en aquellos delitos cometidos por personas de clase media o alta (ejemplo, el clan Puccio, rugbiers de Los Pumas), que tienen mucho poder económico o influencia en la justicia para eludir la aplicación de penas; pensemos en los financistas que, con un intrincado lenguaje técnico-económico, estafan a millones de personas y al estado mismo en beneficio suyo; pensemos en los delitos de las megacorporaciones, etc.

 El único valor (o disvalor) que se mantiene es la posesión del dinero. Lo dice la propia crónica policial: los delincuentes (asesinos o no) siempre exigen “plata, plata…”. Si se me permite una digresión irónica, es como si el capitalismo financiero y, en consecuencia, el lumpenazgo cotidiano y cruel, hubiera triunfado en todos los frentes.

 Vale mencionar, sin embargo, que la inmensa mayoría de familias castigadas por la pobreza y la indigencia, resistieron y se resisten, en una epopeya casi cotidiana, a participar del mundo del delito. De todas formas es fácilmente perceptible que en la década del 90, hasta mediados del 2000, los valores positivos soportaron un evidente descrédito y caída en la conciencia de esos habitantes, dentro de un mundo indiferente, posmoderno, con poca o ninguna esperanza de transformación.

 Paralelamente, hemos asistido al enorme esfuerzo colectivo orientado a la integración de jóvenes excluídos por parte de algunas organizaciones sociales, como la Tupac Amaru, que habiendo surgido desde muy abajo, supieron rescatar, desde su experiencia, a miles de ellos en Jujuy, Mendoza, Chaco y otras provincias; pero eso no es suficiente porque siempre existe una porción que no se rescatan y, sobre todo, porque el universo mayor de los afectados se extiende a cerca de un millon de personas en todo el país, y las heridas psicológicas son profundas.

 ¿Qué hacer?

 ¿Qué podemos hacer para revertir, con cierta esperanza, esta situación creciente de inseguridad y garantizar un avance en los valores positivos?

 Políticamente, creo que es posible resolver este problema a largo plazo, más allá de distintas medidas sectoriales siempre insuficientes que se tomaron desde el gobierno. Sin embargo, tal como están las cosas, parece imprescindible profundizar las acciones existentes en forma estructural.

 En tal sentido es necesario terminar definitivamente con la indigencia. Esto que parece elemental y de sentido común, todavía no se ha conseguido. Desde el 2004 o 2005 han disminuido notablemente los excluidos, aunque la indigencia subsiste. Muchos niños y adolescentes argentinos viven, aún, en esa condición de necesidades básicas insatisfechas en asentamientos, con todo lo que ello implica.

 La Asignación Universal por Hijo, el plan Progresar, las pensiones y jubilaciones para todos son un buen camino para evitarla, aunque no todo el camino; una tarea concomitante es redoblar el esfuerzo en la creación y apoyo de fábricas y emprendimientos productivos y de servicios de distinto tipo.

Pero hace falta algo más: una revolución educativa y cultural generalizada y a fondo, a través de talleres, planes, programas y acciones consecuentes, que dejen muy en claro la necesidad del respeto y la integración de valores positivos y básicos de convivencia de la sociedad humana, junto a un rechazo explicito y absoluto de toda forma de violencia.

 Sería interesante poner en primera plana la regla de oro del humanismo universalista, más que milenaria, que dice “Trata a los demás como quieres ser tratado”, impulsando el reconocimiento y respeto al fenómeno de la vida misma con toda la ilimitada potencia que este valor significa.

 Si se pudo alfabetizar un país desde fines del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, implantando un ambicioso programa educativo a partir de la ley 1420 de enseñanza obligatoria y gratuita para consolidar la educación primaria y luego la secundaria, que fue ejemplo en Latinoamérica, es posible implantar un proyecto que aplique una enseñanza firme y sostenida (sobre todo en la niñez) acerca de la importancia de atender los valores primordiales incluyendo la visión de un futuro posible y positivo si se toma esa enseñanza como política de Estado, independiente del tipo de gobierno.

Y para ello deben confluir varios factores: la decisión de las autoridades; la voluntad de los maestros y profesores,  el acompañamiento del pueblo junto a distintas organizaciones no gubernamentales de la sociedad civil, laicas y religiosas, incluyendo especialmente a los medios de comunicación. Es imprescindible luchar en conjunto por una toma de conciencia generalizada.

 Veamos un ejemplo de lo posible: es muy interesante observar cómo se ha extendido el respeto a la madre naturaleza, la defensa de la ecología y la demanda de un medio ambiente sano y equilibrado. Esto sucede porque desde hace varios años muchas entidades de la sociedad civil y el estado mismo están insistiendo en el tema y ello ha provocado en el imaginario social algunos frutos de concientización generalizada hasta actitudes fundamentalistas de protección verde, hecho impensable hace unos 35 o 40 años atrás donde se valoraban las industrias sucias y contaminantes por el solo hecho de ser industrias.

 Por otro lado es necesario terminar definitivamente con los asentamientos. Es decir, comenzar con la planificación y ejecución de una entrega de lotes con infraestructura adecuada acompañado de viviendas sociales con parques, piletas, jardines, escuelas  e instalaciones deportivas. Dicho de otra manera, es necesario avanzar hacia un estado de pleno empleo y bienestar generalizado en vivienda, salud, educación, trabajo y recreación.

 Aparte de un debate profundo en el congreso sobre las reformas en el código penal y, sobre todo, una reforma concomitante de los códigos procesales penales de las jurisdicciones provinciales que son, en definitiva, los que determinan las penas con la ponderación de las judicaturas, surge la necesidad de elaborar un plan de seguridad con la participación activa de la comunidad y profundizar, en las fuerzas institucionales, el proceso de depuración de los grupos mafiosos internos que provocan un buen porcentaje de delitos con zonas liberadas y mecanismos de protección (bien pagos) a la conducta criminal.

 Como dije al principio: nadie puede prever el horror de determinados delitos aberrantes y de los otros. Eso duerme en la conciencia del delincuente y despierta en el momento y el lugar menos esperado; pero una acción del estado y la  sociedad que atienda específicamente a la implementación de medidas estructurales efectivas y verificables relacionadas con las sugerencias anteriores, acompañando tal decisión con una vigorosa campaña destinada a la concientización de todos en la recuperación de los valores positivos para configurar un clima de repulsa general a la violencia en todas sus manifestaciones, todo ello, me parece, puede garantizar, en poco más de una generación, la superación de parte de la inseguridad y la violencia existentes. 


 

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