Vuelve a El Pasillo el Hamlet de Elena Bossi y Rodolfo Pacheco

La cuestión de por qué una obra se transforma en un clásico ha ocupado cantidades de volúmenes y discusiones a lo largo de la historia. Y en teatro, decir «clásico» es casi lo mismo que decir Hamlet. “Bailemos sobre las cenizas” es el título de esta versión, escrita por Elena Bossi y actuada por Rodolfo Pacheco, con la dirección de Ricardo Arias. Este jueves vuelve al teatro El Pasillo, después de haber sido estrenada allí el año pasado y haber viajado a Tilcara y Rosario.

“A mí me parece que a los clásicos hay que versionarlos, porque es una historia que se conoce mucho”, justifica Pacheco.

-¿Y qué pasa con el espectador que no conoce la historia?

-Yo creo que igual se prende, igual se angustia. Porque padres tenemos todos. Y además está el núcleo central del problema con la madre, que se casa con el tío, que lo traiciona… y Hamlet que le echa la culpa.

De todos modos, el espectador desprevenido tiene la oportunidad de armar la historia en su cabeza al principio de la obra, porque Pacheco se ocupa de orientarlo. Empieza diciendo que no va a contar ni explicar la historia de Hamlet, sino que va a hacer “un ritual para enfrentar a la muerte”, y que Hamlet, el joven Hamlet, lo ayuda a cumplirlo. “Y termino contando la historia, a veces con cierto humor. Veo las caras del público y les digo ‘ojo con tocarse y decir ahora se le apareció el padre muerto’, y cuento la historia”.

“Bailemos sobre las cenizas, Hamlet” es el título de la puesta, que vuelve al teatro El Pasillo (José de la Iglesia 1190) este jueves a las 21.30. Es además una invitación a abordar cuestiones tan universales como la ruptura de los mandatos familiares.

En este sentido, Pacheco traza una línea que recorre 400 años y llega hasta nuestro tiempo: “Yo soy de una generación que pasó por toda una ‘limpieza’ que se hizo, entre comilla; con los hijos de mis amigos desaparecidos, que han recibido un legado tremendo. Algunos han continuado con la militancia y otros justamente no han querido saber nada de eso. Es una generación que ha acusado de traidores a la mitad de sus padres. Hubo una disolución, una batalla inmensa”.

Claro que, aclara, este Hamlet que baila sobre las cenizas o vive entre los escombros es un Hamlet “pasado por el psicoanálisis, que puede ser más objetivo con las herencias que tiene y puede elegir de ese menú que le brindan los padres”.

El trabajo de Pacheco no se desarrolla arriba de un escenario, sino en un corredor abierto entre dos filas de sillas donde se ubican los espectadores, no más de 60. Allí el actor se mueve, va y viene, se sienta, se acuesta, despliega objetos.

-¿Por qué no se hace en un escenario convencional?

-Eso se deriva de la puesta de un ritual. El ritual era el de exorcizar presencias. Si el padre estaba, hay que neutralizar esa presencia, para poder seguir construyéndose uno y no seguir con tanto mandato. Lo que buscamos era traerlo al cuero de cada uno para mostrar que ese Hamlet sigue vigente, que se lo puede cuestionar, intervenir, y que sigue siendo un clásico.

Así es como, en esta obra, el final es distinto al que escribió William Shakespeare. Aquí, la obra termina cuando Hamlet -o Pacheco, quién sabe- brinda por su padre muerto, que es como brindar por el fin de los mandatos. El actor describe: “Dice ‘ya cumplí con todos los rituales’ y entonces llega el silencio, que él propone como un espacio para pensarse, para meditar sobre qué se hace ahora”.

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