Antonio Berni. La familia de Juanito Laguna, 1960. Museo de Ostende, Bélgica

El cielo como coartada: Evangelismo, sionismo cristiano y política en los barrios populares 

Semilla Urbana*. El apoyo de las iglesias evangélicas al gobierno de Javier Milei no es coyuntural ni ingenuo. Tiene raíces teológicas profundas que conectan la política exterior israelí con la escatología cristiana y con el control territorial en los sectores populares.

Cuando Javier Milei llegó a Israel en febrero de 2024 para rezar ante el Muro de los Lamentos, cubrirse la cabeza con kipá y declarar que Argentina sería «el país más pro-israelí del mundo», muchos analistas leyeron el gesto como una provocación o como un guiño a sectores del judaísmo conservador.

Lo fue. Pero también fue algo más: una señal dirigida a millones de creyentes evangélicos en Argentina para quienes el Estado de Israel no es un actor geopolítico más, sino el escenario central de la profecía bíblica en curso.

Para entender por qué la mayoría de las iglesias evangélicas argentinas respaldan a Milei –y justifican o guardan silencio frente a los crímenes del Estado israelí en Gaza– es necesario detenerse en la teología que organiza esa posición. No alcanza con invocar la manipulación o la falsa conciencia. Hay una lógica interna, y es potente.

La profecía como programa político

El sionismo cristiano es una corriente teológica de raíz protestante, dominante en el mundo evangélico global y con fuerte presencia en América Latina, que interpreta el retorno de los judíos a la tierra de Israel y la fundación del Estado sionista en 1948 como el cumplimiento literal de profecías bíblicas. Desde esta perspectiva, el regreso a la tierra prometida es condición necesaria para la segunda venida de Cristo.

Esta lectura, conocida como dispensacionalismo, sostiene que la historia transcurre en etapas o «dispensaciones» ordenadas por Dios. La última de ellas –el período que precede al fin de los tiempos– requiere una serie de condiciones que deben cumplirse en la tierra de Israel: la reunificación de Jerusalén bajo soberanía judía, la reconstrucción del Templo de Salomón en el Monte del Templo y, con él, la reanudación de los sacrificios rituales.

Solo entonces podrá desencadenarse la secuencia final: la Gran Tribulación, el Armagedón y el retorno de Jesús para reinar mil años en la tierra.

CLAVES
Dispensacionalismo > Sistema teológico que divide la historia en etapas o «dispensaciones» ordenadas por Dios. En su versión más extendida sostiene que vivimos la etapa final, cuyo desenlace se producirá en la tierra de Israel con la segunda venida de Cristo. Es la base doctrinal del sionismo cristiano.
Escatología cristiana > Rama de la teología que estudia el «fin de los tiempos»: la segunda venida de Cristo, el juicio final y la consumación de la historia según la Biblia.
La Gran Tribulación > Período de catástrofes globales –guerras, hambrunas, persecuciones– que el dispensacionalismo sitúa justo antes del retorno de Cristo. Para muchos creyentes, los conflictos actuales son señales de que ya comenzó.
Armagedón > Batalla final entre el bien y el mal que, según el Apocalipsis, se librará en el norte de Israel. En la lectura dispensacionalista, es el desenlace inevitable de la escalada bélica en Oriente Medio.
Tribulación > Nombre abreviado del mismo período. Se usa también para describir el sufrimiento presente de los creyentes, resignificado como prueba o purificación necesaria antes de la salvación.
Restauración > El reino de mil años que Cristo establecerá sobre la tierra tras su regreso, con Jerusalén como capital. Es el horizonte de esperanza que da sentido –y justifica– toda la secuencia anterior.

«Para el dispensacionalismo, apoyar al Estado de Israel no es una opción política entre otras: es un imperativo teológico. Quien se opone a Israel se opone al plan de Dios.»

El obstáculo concreto para la reconstrucción del Templo es la Mezquita de Al-Aqsa, tercera en importancia del islam, que se eleva sobre el mismo monte donde, según la tradición judía, se erigía el Templo de Salomón. Su destrucción o desplazamiento desataría un conflicto de alcance inimaginable. Sin embargo, en la lógica dispensacionalista, esa conflagración no es algo a evitar: es parte necesaria del guión profético.

La guerra, en este marco teológico, no es una catástrofe sino una etapa en el camino hacia la salvación.

Esta es la razón de fondo por la que vastos sectores del evangelismo argentino no solo no condenan la masacre en Gaza, sino que la justifican o la encuadran como un «conflicto espiritual».

Para ellos, Israel siempre actúa en legítima defensa porque es el instrumento de la voluntad divina. El palestino muerto no aparece en su mapa teológico como víctima, sino como un obstáculo en la narrativa de la redención.

De la escatología a la política local

La conexión entre esta teología y el apoyo al mileísmo no es metafórica ni indirecta. Milei ha sido presentado por varios pastores como un ungido, como alguien que «vino a romper el sistema», lo que encaja perfectamente en el registro profético de líderes carismáticos enviados por Dios en tiempos de crisis.

La austeridad brutal, el ajuste feroz sobre los sectores populares, la destrucción del Estado como herramienta de inclusión social: todo esto puede ser resignificado en clave escatológica como purificación, como tribulación necesaria antes de la restauración.

Este esquema tiene consecuencias políticas directas en los barrios populares. Las iglesias evangélicas –con su presencia masiva en los sectores más vulnerables de la sociedad argentina– operan como uno de los principales mediadores entre esos sectores y el poder político. Sus pastores no solo consuelan: también orientan el voto, organizan la expectativa y administran la resignación.

Cuando el ajuste golpea al feligrés, el pastor no le dice que reclame: le dice que ore, que confíe, que el sufrimiento tiene un propósito superior.

El territorio en disputa

En los barrios populares argentinos se juega además una disputa territorial concreta que agrega una capa de complejidad al análisis.

Las organizaciones sociales –que durante años fueron el contrapeso del narco, la red de contención, la institución que articulaba demandas colectivas– han sido sistemáticamente debilitadas por el gobierno de Milei, tanto en su financiamiento como en su legitimidad discursiva. En ese espacio que dejan, avanzan dos actores: las economías ilegales ligadas al narcotráfico y las iglesias evangélicas.

No son actores equivalentes, pero en algunos territorios se tocan.

Las iglesias ofrecen contención espiritual donde el Estado retrocedió. Los narcos ofrecen empleo informal, protección y dinero donde la economía popular fue destruida. Ambos fenómenos crecen en el mismo sustrato: la ausencia deliberada del Estado como garante de derechos. Y ambos contribuyen, cada uno a su manera, a desmovilizar políticamente a las comunidades: uno mediante la dependencia económica; el otro, mediante la sumisión teológica.

El narco y el pastor no son aliados, pero comparten un resultado: una comunidad que no organiza colectivamente su salida.

La derrota que no fue el fin

El proyecto más ambicioso del sionismo cristiano –y de sus aliados geopolíticos en Tel Aviv y Washington– era extender el conflicto más allá de Gaza, arrastrar a Irán a una guerra regional y, en ese caos, encontrar las condiciones para avanzar sobre el Monte del Templo. El ataque a Irán buscaba esa escalada.

No ocurrió como estaba previsto. La derrota táctica de Estados Unidos e Israel alteró momentáneamente esos planes y mostró los límites del poder militar en la región.

Pero sería un error interpretar ese freno como el fin del proyecto. La teología dispensacionalista tiene la ventaja de incorporar la derrota como parte del guion: si algo no sale según lo planeado, es porque Dios tiene tiempos propios. La fe no colapsa ante los hechos; los reinterpreta.

Y mientras tanto, en los barrios argentinos, el pastor sigue diciéndoles a sus feligreses que apoyen a un gobierno que los empobrece, porque Dios está obrando a través de él.

Una pregunta que no puede eludirse

El análisis político-social de este fenómeno no puede limitarse a denunciar la manipulación. La pregunta más difícil es por qué millones de personas en situación de vulnerabilidad eligen marcos que refuerzan su subordinación.

La respuesta no está solo en la ignorancia ni en el engaño: está también en la oferta de sentido, de comunidad, de esperanza, que las iglesias evangélicas proveen en territorios donde el Estado y los partidos políticos hace tiempo que no llegan, o que cuando llegan, también decepcionan.

Entender eso no es justificarlo. Es el primer paso para construir alternativas que compitan en el mismo terreno: el del arraigo territorial, la palabra que convoca, el horizonte que no se rinde ante el sufrimiento del presente.

Mientras las organizaciones populares no recuperen esa capacidad –de presencia, de sentido, de comunidad– la iglesia evangélica seguirá siendo, en los barrios, la institución más poderosa. Y sus pastores, los principales articuladores de una política que contradice los intereses de sus propios fieles.

* Observatorio de Hábitat, Territorio y Economía Popular

Nota del autor: Las afirmaciones de este artículo refieren a la posición mayoritaria dentro del evangelismo argentino, particularmente en sus expresiones institucionales y en las corrientes de mayor peso político. Existen, sin embargo, comunidades e iglesias evangélicas que no comparten el alineamiento con el gobierno de Milei ni suscriben al sionismo cristiano, y que mantienen posturas críticas frente a las políticas de ajuste y frente a los crímenes del Estado israelí en Gaza. Su existencia no invalida el análisis, pero merece ser reconocida.

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