Las crisis políticas y las carnes

Por Raúl Choquevilca*. En la historia argentina hay registro de desoladores y terribles crisis socio-económicas y políticas, que postraron e indefectiblemente pauperizaron a gran parte de la estructura social local. Sin duda y sin demasiado esfuerzo de neuronas, fue memorable el «golpe económico» aplicado al gobierno de Raúl Alfonsín en 1989, medio año antes de finalizar su mandato constitucional, lo que produjo un artero mazazo ejecutado por el poder concentrado hegemónico de la Argentina. La arremetida de los que más tienen generó grandes dislates, disparates y desesperación en gran parte de la sociedad en su afán de acceder a una digna canasta básica.

Acuciados por el drama de ingresos insuficientes, los más vulnerables, protagonizaron hechos sorprendentes e insólitos, afectados por las derivaciones de hiperinflación y volatilidad de los precios en alimentos, vestimenta, transporte y salud.

La franja etaria de 40 años para arriba debe tener patente el registro mnémico de que en Rosario de Santa Fe, se comían gatos a falta de acceso a la carne vacuna, cuyo precio ya se había instalado hacía rato en las nubes.

Esta tragedia social era realmente humillante y denigratorio, reemplazar la tradicional carne vacuna por un felino ascendido a la categoría de mascota.

Aconteció algo parecido en otros ítems ya citados de la economía en general, reemplazar alimentos por aquellos de baja calidad y cualidad.

Pero algo faltó en aquel momento dramático. Por suerte, no hubo un o una hazmerreír político o funcionario de turno desde la parte oficial que saliera a justificar y recomendar falazmente el consumo de carne de gato, como lo hizo recientemente la senadora por Jujuy, Vilma Bedia, referido al «saludable» consumo de carne de asno.

El consumo de carne vacuna efectivamente es tradicional en Argentina, pero carece de universalidad.

La costumbre de consumir carnes es parte constitutiva de una cultura en particular, parámetro de la diversidad cultural que ondea sobre la faz de la tierra.

De este modo es cultural servir en un plato con carne de perro en Corea y gran parte de pueblos indo-asiáticos. Una sopa de murciélago en China como caracol en Centroamérica. O de caballos en partes de la Pampa y Patagonia. No se salvan de la voracidad humana ratas, serpientes, orugas, pájaros, etc.

Lo más sorprendente es que en la India, la vaca se muestra sagrada y es inaceptable exhibirla en el mostrador de alguna carnicería.

Cabe reafirmar siempre que estas prácticas son consuetudinarias, culturales, idiosincrasia de cada cultura de un mundo diverso. Tiene su anclaje en la creencia

A propósito de este concepto, el filósofo español José Ortega y Gasset sostuvo, hace ya un siglo, que «es difícil cambiar una creencia», de la noche a la mañana, explicitó.

En este tren de esgrimir argumentos que respalden el consumo de ciertas carnes de modo tradicional, cabe citar al judaísmo que permite el consumo de carnes proveniente de «rumiantes con pezuña partida». En este mundo, promover la carne de burro sería pecado, un verdadero disparate. No es ni rumiante y su casco es uniforme.

El islamismo tiene alguna semejanza con el criterio antes citado, pero descarta de plano a los de casco no partido. El cerdo en particular cae en desgracia por el solo hecho de no ser rumiante.

En el hinduismo se permite el consumo de pollo, cordero, pescado, pero no de vaca, porque es sagrada. Mayormente prefieren la dieta vegetariana.

Los budistas también son proclives al alimento vegetal, aunque sin prohibición estricta de la carne.

Y en el cristianismo, sintoísmo y varias religiones indígenas el consumo es mixto y diverso.

Por último, se sabe que, en algunos lugares de la Quebrada, Puna jujeñas y Bolivia, se propala la versión de que la carne de burro es anti cancerígena.  La proposición no pasa de tener una aceptación parcial, unilateral y ambigua. Solo por versión se sabe que en el altiplano boliviano la carne disecada (charqui) de burro, no se vende por kilo sino por gramo.

Pero son testimonios subjetivos, típica acción de feligreses de religión en permanente proceso de invasión y conquista. Se obstinan en lograr aceptación y credibilidad.

La carencia de un aval confiable y seguro no permite que la aseveración de «carne saludable» del burro, se instale como algo irrefutable, incuestionable.

Por ejemplo, antes se despreciaba la quinua solo por ser «comida de indios». Hoy la ciencia empodera el alimento como súper alimento. Y sin exagerar, hay una predisposición masiva a adquirirla y consumirla en el mundo entero.

* Periodista indígena

Ver también

Amenazas en escuelas: Allanamientos y secuestros de dispositivos en Palpalá

El Ministerio Público de la Acusación informó que, en el marco de la investigación por …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.