Leyó el Diario de Ana Frank con sus alumnos en la cuarentena: «Contaron mucha violencia en sus diarios»

Por Julieta Roffo (@jroffo) Diario Ar “¿Va a venir la Policía? ¿Va a ir preso mi papá?”. María Eugenia Mamani, maestra de sexto y séptimo grado en Perico, Jujuy, leyó las preguntas en el diario que uno de sus 120 alumnos había escrito, a pedido de ella, durante los meses sin clases presenciales. En otro leyó: “Estoy preocupado porque mi papá no puede salir a vender y no sé si vamos a tener comida la semana que viene”. En otro más: “En la tele se ve nada más que canal 7 porque cortaron el cable. Mi mamá no lo puede pagar”.

“Cuando leí los diarios, en el reencuentro con los chicos en noviembre… bueno… fue difícil. Encontré historias muy difíciles”, le dice Mamani a elDiarioAR sentada en el banco de una plaza de Palpalá, a seis kilómetros de San Salvador de Jujuy y a 22 de Perico, donde enseña Lengua, Ciencias Sociales, y Educación para la Convivencia y la Ciudadanía. Hay una sombra en la plaza, que sirve de refugio bajo un sol que antes de las nueve de la mañana ya raja la tierra, y hay una sombra en la voz de María Eugenia, que tiene 47 años y empezó a ejercer la docencia hace quince. “Creo que no se tuvo en cuenta la frustración que la suspensión de las clases presenciales podía provocar en los chicos. Los chicos me preguntaban si iban a pasar de grado, estaban tan angustiados por eso como por las complicaciones económicas en sus casas. Son personas que sienten, piensan, dicen, y creo que nada de eso fue tenido en cuenta para pensar qué políticas implementar”.

“Viendo todo eso, fui aprendiendo que cuando se desarrollan actividades propuestas que son de interés para los chicos y que, sobre todo, están ligadas a sus estados de ánimo, tenés mucho más éxito que si venís y decís ‘saquen la carpeta y copien del libro’. Les das la singularidad que los chicos necesitan sentir”, explica María Eugenia. Cuando la pandemia de CoVid-19 tocó territorio argentino, el ciclo lectivo 2020 apenas había empezado. En Jujuy, donde enseña, la presencialidad se suspendió en marzo y el reencuentro llegó en noviembre. Fueron ocho meses de una virtualidad llena de obstáculos.

Con la convicción de que tenía que interpelar a sus alumnos a través de sus propias sensaciones y estados de ánimo, tuvo un idea. “Habíamos leído el Martín Fierro y decidí que leyéramos el Diario de Ana Frank, que es la historia de una nena que está obligada a estar encerrada porque el enemigo está afuera. Los chicos empatizaron enseguida porque ellos, de alguna manera y en el medio del confinamiento, también sentían que se estaban encerrando para esconderse de la muerte”, describe Mamani, y suma: “Marcábamos la diferencia entre que ellos estaban escondiéndose de una enfermedad y Ana, de un enemigo muy distinto. Pero esa sensación de compartir encierro los identificó mucho”.

A la par de la lectura del diario de esa nena alemana que se escondía del nazismo y que, sobre el final de la Segunda Guerra Mundial, fue enviada a Auschwitz y víctima fatal del Holocausto, la maestra jujeña instó a sus alumnos a que llevaran sus propios diarios. “Fue un trabajo que por un lado nos permitía trabajar estrategias de escritura y reglas de ortografía, pero sobre todo permitía que los chicos pudieran manifestarse y que la tarea tuviera que ver con cómo se sentían”, cuenta María Eugenia. En los diarios encontró angustias económicas, ansiedad por el cierre de las ferias en las que la mayoría de los padres, vendedores ambulantes, trabajaban, y violencia.

“Muchísima violencia. Sabía que cuando traían su diario con cara triste era porque algo difícil iba a encontrar en esa lectura. Encontré mucha agresión… De género e intrafamiliar. No abusos, pero sí oraciones como ‘mi mamá ya no aguanta más’, ‘mi mamá denunció a mi papá’ o ‘tuve que defender a mis hermanitos’. Fue muy impactante encontrar todo eso, no esperaba encontrarme con todo eso”. María Eugenia hace una pausa. La angustia tarda unos segundos en atravesarle la garganta. “También fue un aprendizaje: ver cómo se sentían y cómo pensaban y sentir tanto impacto al descubrirlo en sus diarios me hizo pensar que muchas veces los escuchamos y los miramos muy poco”, dice esta docente jujeña, en el ratito que se hizo entre cursar en un profesorado, dar clases a chicos y chicas a punto de terminar la primaria y enseñar también a adultos.

El Diario de Ana Frank sirvió para enseñar distintas cosas. “Me interesaba que supieran cómo se construye un diario, cómo es llevar ese registro de uno mismo. También hablamos de quiénes eran los que perseguían a Ana, de cuáles eran los países involucrados en ese conflicto. Y trabajamos la biografía de ella, ellos produjeron textos sobre su vida. Algunos usaron su imagen o su nombre para ilustrar la tapa de sus propios diarios. Otros pusieron sus nombres, o dibujaron sus casas, o los forraron con tela”, describe Mamani.

“Esto que escriban les va a quedar como parte de su historia. Les van a poder mostrar a sus amigos, a sus hijos, acá queda para siempre cómo vivieron este tiempo. Miren los años que pasaron desde que Ana Frank escribió su libro y nos quedó a todos como la prueba sobre cómo se sentía en ese encierro”, les decía María Eugenia a sus alumnos. Algunas nenas, cuenta, estaban más acostumbradas a llevar un diario. Los nenes, no.

“La virtualidad fue muy difícil. Al principio, porque no teníamos los contactos de casi ninguno de los padres. En los registros, había teléfonos que habían quedado viejos, otros que estaban mal suministrados. Tuvimos que pedir ayuda a los chicos que tenían hermanitos que tal vez fueran compañeros del hermanito de alguno nuestro, o también decirles que si eran vecinitos de alguno, nos ayudaran pidiéndoles el teléfono. Los chicos nos respondían: ‘Pero no se puede salir de casa’. Entonces les pedíamos que por ahí en el momento de salir a comprar algo para comer, se acercaran”, se acuerda María Eugenia. Ese fue el principio, pero las dificultades siguieron.

“Acá la conectividad era muy muy mala, y lo sigue siendo. Me daba cuenta de que a principio del mes, cuando había más disponibilidad de datos móviles en el abono de un teléfono, se conectaban más. Pero a medida que pasaba el mes, aparecían menos chicos. Tal vez 5 de un curso de 28. Sus teléfonos se saturaban porque les mandábamos fotos de las tareas, de los libros. Yo les mandaba fotos del Diario de Ana Frank y también me grababa leyendo y les mandaba audios. Era una forma de que ellos tuvieran el material, pero también era el mismo celular que tal vez usaban otros hermanitos y que la mamá o el papá usaban para trabajar en lo que podían. Fue muy difícil vincularse así”, describe la docente.

“¿Qué hubiese sido si hubiésemos tenido el programa Conectar Igualdad en funcionamiento? ¿Qué hubiese sido si las escuelas activaban WiFi para los chicos cercanos? ¿Qué hubiese sido si se pensaban políticas educativas vinculadas a dar conectividad? Estamos en 2021, fue muy triste ver que los chicos que podían cumplir era porque tenían el privilegio de acceder a los materiales respecto de otros compañeritos que no. Los chicos se angustiaban porque sentían que no estaban aprendiendo nada, que no estaban haciendo nada nuevo, que no iban a pasar de grado. No se los tuvo en cuenta. No se tuvieron en cuenta sus angustias”, reflexiona. María Eugenia cambió dos veces de celular durante la falta de presencialidad: el que tenía al principio de la pandemia no soportaba el intercambio diario de materiales que exigió la virtualidad, y el primero que compró se sobrecalentó y se quemó por el uso. Aumentó la velocidad de conexión a Internet de su casa. Todo salió de su bolsillo.

Cuando leyó el diario del nene que se preguntaba si la Policía iba a tocar el timbre de su casa, en noviembre, María Eugenia quiso saber cómo estaban las cosas en su familia. En febrero, cuando su alumno volvió a la escuela para recuperar contenidos, le contó que su papá estaba preso. “Él, como parte de las tareas para recuperar el año, tenía que seguir escribiendo. Se notaba el enojo en su escritura. Le atribuía a su mamá la culpa de que su papá ya no estuviera en casa. Nunca esperé ver tan claramente cómo piensan y cómo sienten, fue muy impactante”, sostiene Mamani. Y se acuerda: “Yo a varios les veía la cara triste cuando nos reencontramos. Y encontraba algo difícil en el diario. Algunos se acercaban y me pedían que no leyera en voz alta. Estuvieron muy angustiados y no los escuchamos lo suficiente”.

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