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2º juicio 2 audiencia lucía y susana torres

Lucía Torres: «Queríamos salud, trabajo y un país justo»

2º juicio 2 audiencia lucía y susana torresEn la audiencia del jueves del segundo juicio por delitos de lesa humanidad cometidos en la provincia de Jujuy, se escuchó el testimonio de Mario López, pareja de Juana Torres, que permanece desaparecida. El caso de Juana y el de su hermano Pedro se ventilan en estas audiencias. Ambos son parte de una familia de Metán, Salta, que vivió el horror del aparato represivo a través de cada uno de sus integrantes, como en una siniestra síntesis que ofrece la historia para al menos intentar comprender la peor tragedia política argentina del siglo veinte.

El Submarino dialogó con Lucía Magdalena Torres, hermana de Juana y Pedro, que también sufrió secuestro y tormentos, como toda su familia. Lucía está escribiendo un libro en el que relata la historia: “Les quiero contar esto a los jóvenes, porque los represores sabían lo que hacían, querían evitar que hubiera una revolución y agarraron a todos los luchadores populares que tomaron conciencia. Nosotros queríamos salud, trabajo, un país justo”.

Además de Lucía, Juana y Pedro, mamá Brígida y papá Domingo tenían a Hilda y Susana. “Mis padres vivieron de jóvenes cultivando la tierra. Mi padre trabajaba para las empresas forestales. Nosotros, mientras crecíamos, seguíamos trabajando el campo. También estuvimos en el norte salteño y en la adolescencia ya nos instalamos en Metán”, comienza evocando Lucía. 

 “Juana tenía tres años más que yo. En 1953 entré en el colegio comercial. En ese entonces en las escuelas se discutía mucho de la situación del país. Perón venía a la Argentina, Cámpora había subido a la presidencia, tenían que salir los presos políticos que seguían detenidos… Era un auge de militancia entre los estudiantes”, describe. 

 A tono con la realidad de la época, comenzaron a militar en la Juventud Peronista, a realizar un intenso trabajo barrial: “En el 74 se conforma en Frente Antiimperialista por el Socialismo, que lo integraban obreros, campesinos estudiantes, profesionales, y se realizan encuentros, por ejemplo en el Chaco, donde hubo dirigentes como Tosco, y en Córdoba, en Santa Fe”. 

 La primera detención de las hermanas Juana y Lucía fue en ese año, mientras hacían pintadas: “Nuestros padres nos retiraron, pero quedamos con antecedentes”. 

 En julio de ese año, todos en Metán advirtieron que el ejército estaba haciendo maniobras en la zona, también en Rosario de la Frontera, “porque estaba cerquita de Tucumán, que en ese momento estaba todo convulsionado porque estaban las guerrillas, como ellos les decían, que se habían ocultado en los montes. Decían que agarraban a los baqueanos y los llevaban a los cerros, los obligaban… -dice Lucía-. Estábamos viviendo ya un momento especial, pero el país no lo sabía”. 

 Obreros, campesinos y también lectores

 El 7 de octubre de 1974 mamá Brígida fue detenida junto a su hijo Pedro, que tenía apenas 15 años. “Entraron por la puerta del dormitorio, la rompieron, y lo levantaron de los cabellos. Encontraron un pequeño revólver, legal, que estaba debajo de su almohada. Lo llevaron a un descampado al pie de la montaña, cerca del barrio San Cayetano. Ahí le hicieron un simulacro de fusilamiento. La detención estaba a cargo de un represor, que ya murió, que se emborrachaba para torturar a la gente”, recuerda Lucía, como también recuerda las palabras de uno de los represores que participaron del operativo: “El comisario que estuvo en mi casa, al ver los libros, dijo ‘no puedo creer que ustedes obreros campesinos tengan tantos libros, esto no se puede permitir, si ustedes leen toman conciencia, son futuros enemigos y hay que eliminarlos; los vamos a matar a todos’”. 

 Pedro fue liberado “muy golpeado”, recuerda Lucía, y sabe que a su madre “la amenazaban con poner a su hijo en las vías del tren si no hablaba”. Brígida permaneció detenida en Salta hasta fines de 1977. Algunos de sus compañeros fueron fusilados. “Mi mamá tuvo una causa federal que le abrió el juez Ricardo Lona por asociación ilícita –explica Lucía–. Ella, cumplida la condena, apela, pero le bajan el decreto del Poder Ejecutivo y por eso se queda otros años más”. 

 A Pedro, relata Lucía, “lo siguieron y lo mataron”. 

 “En el año 77, durante un traslado de Salta a Buenos Aires, a mi mamá le rompen la columna y otras partes del cuerpo, entonces la dejaron sin poder caminar por un año. En Bélgica descubren las terribles lesiones que tenía”, relata Lucía, y agrega: “Ella murió hace tres años; mi padre también. A mi papá lo buscaron muchísimo. Cuando nos detuvieron a nosotros, él trabajaba en el norte de Salta y su patrón lo hizo pasar a Bolivia con las máquinas. Volvió años más tarde y se llevó a mi hermana con una tía, porque él no la podía tener en el monte”. 

 Las tres A escritas en la pared

 Lucía reconstruye su propia detención: “A mí me detienen en casa de mis padres. Cuando me levantan de los cabellos me llevan a un cuarto donde mi padre guardaba las herramientas, que según ellos estaba lleno de armas de guerra. Hicieron un desastre, rompieron todo”. 

 Susana, la menor de los hermanos Torres, quedó con su abuela, que vivía a dos cuadras. De todos modos, el barrio no era exactamente un lugar seguro. Lucía lo recuerda muy bien: “Había vecinos policías, y algunos sabían que éramos activistas, entonces ya nos tenían fichados, nos seguían, los veíamos en las calles, nos dejaban escritas las tres A, por las noches patrullaban nuestra calle… Sabían de nuestras actividades, estaban esperando el momento”. 

 Tras su detención Lucía estuvo dos meses alojada en dependencias de Coordinación Federal: “Un clima tremendamente espantoso. Nos gatillaban en la sien. Estábamos en la oscuridad. Nos ponían contra las rejas. Nos ponían cosas en la cabeza…”. 

 En 1975, fue trasladada a la cárcel de Devoto, en la ciudad de Buenos Aires. “Estando allí, siete días antes del golpe me llega una carta a través de un abogado. Era mi hermana que me decía que ese abogado me iba a ayudar a salir del país. Nadie sabía si estábamos vivos o muertos. El director de la cárcel más los guardias más la federal nos reprimían. Era un tormento”. 

 Lucía tenía 21 años y cuatro de detenida cuando en 1978 la pusieron en un avión y la mandaron a Italia, “con lo puesto”. “Esa es otra historia que también estoy volcando en mi libro”, afirma. 

 Contar todo

 En el libro de Lucía estarán todas las historias de esta historia. También la de su hermana Hilda, que es la madre de Victoria Montenegro, una de los nietos recuperados. También, claro, la de Juana, “que se vino de Buenos Aires a buscar a su marido y al volver a su rancho se dio con el ejército, y le dijeron que venían por ella”, que dejó una hija, Lauda, que vive en Tucumán y tiene tres hijos. 

 “Esta historia tiene muchas puntas, es difícil hablar de ello”, dice Lucía, y pone como ejemplo el testimonio que brindó el jueves ante el tribunal su cuñado Mario: “Él no podía referirse solamente a su mujer y a su cuñado, tenía que hablar de todo lo que le había sucedido hasta que se encontró con Pedro”. 

 Lucía quiere contar todo. “Porque ellos sabían lo que hacían –dice-, querían evitar que hubiera una revolución y agarraron a todos los luchadores populares que tomaron conciencia. Nosotros queríamos salud, trabajo, un país justo…”.

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