Lula en la cumbre progresista: ‘La democracia no es un destino, es una construcción cotidiana’ [VIDEO]

En el marco de la Global Progressive Mobilisation (Movilización Global Progresista) celebrada este fin de semana en Barcelona, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva conmovió en su discurso de cierre, en el que llamó a las fuerzas progresistas a asumir el desafío que impone el extremismo de derecha. «Nuestro papel es señalar a los verdaderos culpables: un puñado de multimillonarios concentra la mayor parte de la riqueza mundial», afirmó Lula, y sentenció: «La desigualdad no es un hecho, es una elección política».

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Quería comenzar mi intervención felicitando al presidente Pedro Sánchez por la organización extraordinaria de un evento progresista que intenta mostrar al mundo que la democracia no ha muerto, que intenta mostrar al mundo que nadie tiene que tener vergüenza de ser progresista o de ser de izquierda, nadie tiene que tener miedo en el mundo democrático de ser lo que es, de decir lo que necesita decir, siempre que se respeten las reglas del juego democrático establecidas por la propia sociedad.

Mi elogio, mi querido Pedro, es por el hecho de que hayas tenido el coraje de no permitir que los aviones de guerra de Estados Unidos salieran de aquí para atacar a Irán.

Me estoy cuidando aquí porque tengo un discurso por escrito y me dan ganas de hablar de improviso, pero necesito hablar con mucha responsabilidad porque estamos haciendo un movimiento muy serio que no puede terminar en nuestro discurso aquí y volver a suceder solamente cuando hagamos nuestra próxima reunión en México.

Lo que estamos haciendo aquí es el comienzo de un movimiento que tiene que actuar todos los días, durante toda la semana, todo el mes y durante los 365 días del año para que restablezcamos lo más sagrado en el mundo, que es la democracia y el multilateralismo.

El nombre de esta iniciativa, Movilización Global Progresista, dice mucho. Cada una de estas tres palabras lleva un programa de acción. Es importante entender lo que significan.

Estoy frente a 5000 personas que se identifican como progresistas. Desde siempre, la política se dividió en dos campos: de un lado, aquellos que creen que los intereses del individuo se sobreponen a los de la colectividad, y del otro, los que creen que el bienestar de cada uno depende de garantizar una vida digna y decente para todos.

Esta división ya tuvo muchos nombres: derecha, izquierda, conservadores y progresistas. Pero el extremismo impone un nuevo desafío.

El campo progresista logró avanzar en la agenda de derechos. La situación de los trabajadores, de las mujeres, de las personas negras y de muchas minorías es mejor hoy de lo que fue en el pasado. No es coincidencia que la reacción de las fuerzas reaccionarias haya venido de forma tan violenta, con la misoginia, el racismo y el discurso de odio.

Pero el progresismo no logró superar el pensamiento económico dominante. El proyecto neoliberal prometió prosperidad y entregó hambre, desigualdad e inseguridad. Provocó crisis tras crisis. Aun así, sucumbimos a la ortodoxia. Hemos sido gestores de las miserias del neoliberalismo.

Gobiernos de izquierda ganan elecciones con discurso de izquierda y practican austeridad, renuncian a políticas públicas en nombre de la gobernabilidad. Nos convertimos en el sistema. Por eso no sorprende que ahora el otro lado se presente como antisistema.

El primer mandamiento para los progresistas tiene que ser la coherencia. No podemos ser elegidos con un programa para implementar otro. No podemos traicionar la confianza del pueblo.

Aunque buena parte de la población no se vea como progresista, quiere lo que proponemos: quiere comer, comer bien, vivir bien, educación de calidad, hospitales de calidad, una política climática seria y responsable, una política ambiental muy firme. Quiere un mundo limpio y saludable, un trabajo digno con jornada equilibrada, un salario que permita una vida confortable.

La extrema derecha supo capitalizar el malestar de las promesas incumplidas del neoliberalismo, la frustración de las personas, inventando mentiras y más mentiras, hablando contra las mujeres, contra los negros, contra la población LGBT, contra los inmigrantes. Es decir, las personas más necesitadas pasan a ser víctimas del discurso de odio que estas personas promueven.

Nuestro papel es señalar a los verdaderos culpables: un puñado de multimillonarios concentra la mayor parte de la riqueza mundial. Quieren que la gente crea que cualquiera puede llegar allí. Alimentan la falacia de la meritocracia, pero quitan la escalera para que otros no tengan la misma oportunidad de subir. Pagan menos impuestos o ninguno, explotan a los trabajadores, destruyen la naturaleza, manipulan algoritmos.

La desigualdad no es un hecho, es una elección política. Lo que nos hace progresistas es elegir la igualdad. Nuestro lema debe estar siempre del lado del pueblo.

Esta lucha necesita ser global. No sirve de nada mantener la casa en orden en un mundo en desorden. Los señores de la guerra lanzan bombas sobre mujeres y niños, gastan miles de millones en armas que podrían usarse para acabar con el hambre, resolver el problema energético y el de la salud. El sur global paga la cuenta de guerras que no provocó y de cambios climáticos que no causó. Es tratado como patio trasero de las grandes potencias, asfixiado por tarifas abusivas y deudas impagables. Vuelve a ser visto como mero proveedor de materias primas.

Ser progresista en la arena internacional es defender un multilateralismo reformado, es defender que la razón prevalezca sobre la fuerza, es combatir el hambre y proteger el medio ambiente, es restituir la credibilidad de la ONU que fue corroída por la irresponsabilidad de los miembros permanentes, es crear un sistema en el que las reglas valgan para todos, en el que países desarrollados y en desarrollo estén en igualdad de condiciones en el Consejo de Seguridad, en el Banco Mundial, en el FMI y en la Organización Mundial del Comercio.

Este no es un esfuerzo solo de gobierno. Internet se convirtió en un campo de batalla. Disputar las redes virtuales es una tarea ineludible, pero la disputa tiene que ir más allá de las pantallas: tiene que llevarse a las universidades, a las iglesias, a los sindicatos, a las asociaciones, a los barrios y a la sociedad en su conjunto.

La extrema derecha grita, miente y ataca. No podemos tener miedo de hablar más fuerte y con responsabilidad. No debemos tener miedo de contraponer argumentos.

El riesgo que la extrema derecha representa para la democracia no es retórico, es real. En Brasil, planeó un golpe de Estado, orquestó una trama que preveía tanques en la calle y el asesinato del presidente electo, del vicepresidente y del presidente de la justicia electoral.

El papa León XIV dijo que la democracia corre el riesgo de convertirse en una máscara para el dominio de las élites económicas y tecnológicas. Nuestro papel es desenmascarar esas fuerzas.

Como canta Joan Manuel Serrat: “El camino se hace al andar”. La democracia no es un destino, es una construcción cotidiana. Necesita ir más allá del voto y traer beneficios concretos para la vida de las personas.

No hay democracia cuando un padre no sabe de dónde sacará la próxima comida. No hay democracia cuando un nieto pierde a su abuelo en la fila de un hospital. No hay democracia cuando una madre pasa horas en un autobús lleno y no logra dar un beso de buenas noches a sus hijos. No hay democracia cuando alguien es discriminado por el color de su piel, cuando una mujer muere solo por ser mujer.

Tenemos que sustituir el desaliento por el sueño, el odio por la esperanza. La Movilización Global Progresista tiene una misión importante: recuperar la capacidad de las fuerzas progresistas de proyectar un futuro mejor, con justicia social, igualdad y democracia.

Estos tres términos –movilización, global y progresista– deben caminar juntos, no como consignas, sino como una realidad viva.

Quería decirles algo más, un pequeño improviso. Tengo 80 años. Empecé a hacer política a los 30. Pasé 21 años de mi vida dentro de una fábrica. Salí de una región muy pobre de mi país, como millones de brasileños, para no morir de hambre. Comí pan por primera vez a los 7 años. Aprendí política tarde, cuando descubrí que en el Congreso Nacional no había representantes de los trabajadores.

Gracias a la democracia en mi país, después de 23 años de dictadura militar, Brasil eligió por primera vez a un obrero como presidente de la República, sin título universitario, solo con formación técnica de tornero mecánico.

Quería probar que la inteligencia no está ligada a los años de universidad, sino al conocimiento.

Todo lo que soy se lo debo a mi madre, que nació y murió en la favela sin saber leer ni escribir, pero me enseñó carácter y valores. Digo esto porque crecí admirando la democracia estadounidense, creyendo que era el país de las oportunidades.

Hoy no queremos más guerras frías, ni entre China y Estados Unidos. Queremos libertad, libre comercio, no proteccionismo.

La izquierda progresista fue víctima del consenso de Washington. Hoy vemos un mundo con más conflictos armados desde la Segunda Guerra Mundial. La invasión de Irak fue una mentira. La de Libia, otra. El genocidio en Gaza, otra gran mentira. Y ahora, nuevos bombardeos e invasiones.

Necesitamos acabar con esta práctica de mentir para destruir. América Latina es presentada como narcotráfico, el mundo árabe como terrorismo. ¿Quién es bueno entonces?

Muchas veces fuimos víctimas de nuestra propia ingenuidad política. Ganamos elecciones y luego el sistema nos obliga a traicionar nuestro programa. Terminamos desmoralizados. Por eso, desde aquí, hago un llamado a los líderes del mundo: cumplan con su deber de garantizar la paz.

El pueblo pobre no quiere mucho. No quiere quitarle nada a los ricos. Solo quiere un trabajo digno, vivienda, educación, salud. Todo eso ya está en la Biblia, en las constituciones y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Para terminar: tengo 80 años y quiero vivir 120, para demostrar que uno no envejece por el paso del tiempo, sino por perder una causa. Mientras tengamos una causa, seguimos jóvenes. Mi causa es la democracia, la libertad, la igualdad, el respeto. No quiero guerra con nadie. Quiero paz, amor y fraternidad.

Mi arma es el argumento, la razón. No tengo riqueza ni poder, pero tengo carácter, honestidad y dignidad para defender la verdad.

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