Por Javier Bach Bilbao*. El jueves 25 de junio, el Senado de la Nación protagonizó uno de esos episodios que dicen más sobre el estado de la política argentina que cualquier discurso pronunciado desde una banca. La sesión ordinaria convocada para ese día no pudo comenzar. No hubo quórum. El mínimo de treinta y siete senadores sentados nunca se alcanzó, y a las once y media de la mañana el presidente provisional Bartolomé Abdala levantó la convocatoria con un recinto lleno de legisladores parados.
No es un detalle menor: el recinto estaba lleno. Los senadores estaban ahí. Pero casi ninguno se sentó.
El oficialismo pidió la sesión y luego la reventó
La sesión la solicitó La Libertad Avanza. El propio bloque oficialista había convocado a la Cámara alta para tratar, entre otros puntos, su proyecto de Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada.
El eje político del día era otro: los pedidos de interpelación al jefe de Gabinete Manuel Adorni, investigado judicialmente por presunto enriquecimiento ilícito. La estrategia del oficialismo pasaba por imponer en el plenario la tesis de que se necesitaban dos tercios –cuarenta y ocho votos– para habilitar la interpelación, revirtiendo el criterio de mayoría absoluta que la oposición reclamaba.
Pero cuando quedó claro que el kirchnerismo no iba a dar quórum, Patricia Bullrich instruyó a sus propios senadores a no sentarse tampoco.
El oficialismo hizo caer la sesión que él mismo había pedido. «Muchos senadores amigos de la Rosada no querían exponerse a la votación», reconocieron fuentes propias.
No tenían los números para neutralizar a Adorni y prefirieron la parálisis a la derrota.
El kirchnerismo gritó fuerte y no apareció
El interbloque Populares –veinticinco senadores del justicialismo y aliados, autores del proyecto de interpelación más resonante– fue el único sector que no ingresó al recinto en ningún momento. Durante semanas reclamaron ante las cámaras que Adorni debía explicar sus inconsistencias patrimoniales. El jueves a las once de la mañana brillaron por su ausencia.
La justificación de José Mayans incluyó el rechazo al proyecto de propiedad privada y la disputa sobre los dos tercios –materia que corresponde resolver en el propio plenario, no eludir desde afuera.
El kirchnerismo terminó siendo funcional al oficialismo. No necesariamente por acuerdo, sino porque el tacticismo produce ese resultado una y otra vez.
La acusación de «ladrar para la tribuna y arreglar por atrás» es dura, pero el comportamiento la alimenta.
Convicción Federal: presentes y con voz
El bloque de la senadora jujeña Carolina Moisés –Convicción Federal, junto a Guillermo Andrada y Sandra Mendoza– mantuvo una posición sin ambigüedades. Estuvieron en el recinto. Tomaron asiento.
Y Moisés fue una de las pocas voces que señaló con precisión la responsabilidad de cada sector: «Cuando se grita en los medios y después no se sientan en el recinto a enfrentar el problema, todo parece una burla. Y la sociedad tiene razón en indignarse».
Es un bloque que eligió no alinearse ni con el oficialismo ni con el kirchnerismo en este asunto, y que paga el costo de esa independencia con fuego graneado desde ambos lados.
Lo que viene
La interpelación no murió el jueves. El 1° de julio se reúne la Comisión de Asuntos Constitucionales. El 2 de julio, Adorni concurre al Senado para un informe de gestión que la oposición quiere transformar en interpelación, mientras la causa del fiscal Gerardo Pollicita avanza con ritmo propio.
El Senado tiene una nueva oportunidad. La pregunta no es si los números alcanzarán. La pregunta es si los bloques que reclaman representar a la ciudadanía van a aparecer en el recinto cuando cuente. Porque el jueves quedó demostrado que se puede estar parado en el recinto y no estar. Y esa distancia, entre la presencia física y el compromiso político, es exactamente lo que la sociedad argentina tiene razón en no tolerar.
* Militante peronista
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