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‘La Mañana de los Lápices’ en Jujuy, en la memoria de una sobreviviente

zalazar-figueroa 1El Submarino conversó con Hilda Figueroa, de la Asociación de Detenidos Desaparecidos y Víctimas del Terrorismo de Estado Regional Ledesma. Estuvo detenida en el centro clandestino de detención que funcionaba en Guerrero y padeció el horror de la represión, que relató en el primer juicio por delitos de lesa humanidad que se llevó a cabo en Jujuy. Hoy advierte que persisten prácticas similares contra los jóvenes.

En julio de 1976, Hilda Figueroa fue detenida durante uno de los apagones en Libertador. En aquel entonces era estudiante de Abogacía en Tucumán. Fue víctima de los peores tormentos, por lo que sabe de qué habla cuando llama la atención sobre lo que está ocurriendo en el presente. 

 “Nosotros somos sobrevivientes del terrorismo de estado, que produjo la Noche de los Bastones Largos, la Noche de los Lápices, la detención y el secuestro de muchos compañeros gremiales, de las comisiones de Calilegua y los gremios de Ledesma. Y no fue solamente el gobierno militar, muchas cosas pasaron antes, en democracia, durante la época previa al apagón, cuando una gran cantidad de personas fueron secuestradas”, evoca Figueroa.

En Jujuy hubo también una ‘Noche de los Lápices’, como la de La Plata, pero con características particulares.

El Día de los Lápices, lo llamamos. Hubo una persecución emblemática en Ledesma, a plena luz del día, contra chicos de la escuela secundaria. Entre el 16 y el 26 de septiembre de 1976 se detuvo a Miguel Domínguez, Miguel Ángel Villalba, Francisco Sánchez, Ignacia ‘Nacha’ Franco y Emilia Abado.

Los estudiantes de La Plata peleaban por el boleto estudiantil. ¿Los chicos de Ledesma tenían alguna reivindicación similar?

Hasta donde yo conozco, simplemente habían participado en listas del centro de estudiantes. Miguel estaba en la universidad católica de Salta, de donde lo expulsaron cuando terminó su proceso. Él había pertenecido a alguna lista, pero hacía tiempo. En el caso de Nacha, la secuestraron simplemente porque estaba en una foto de cumpleaños de 15 con miembros de una lista. A ella le destrozaron la casa, empujaron a su madre. En aquel momento e incluso ahora, la autoridad estaba representada por las camionetas de Ledesma y del ejército.

 —Usted declaró en el primer juicio por delitos de lesa humanidad en la provincia. Ahora, en el segundo, asiste a todas las audiencias. ¿Cómo es ese proceso de revivir la tragedia?

 Todos nosotros, los sobrevivientes, no podemos evitar revivir esos momentos. La parte más dura del testimonio de Mercedes Zalazar fue cuando relató que hoy, en su trabajo en el hospital, ve llega a los detenidos jóvenes que son torturados con los mismos métodos de aquella época. Conocemos el caso de unos chicos de 11 y 13 años que fueron levantados por la policía en Libertador a las once de la mañana, fueron torturados, los desnudaron y los amenazaban con meterles un palo. Es muy duro ver que hoy también se violan los derechos humanos de la misma manera y en los mismos lugares. Es terrible.

 —¿Sirve el relato del pasado para cambiar el presente?

Poder relatar nuestra historia tiene dos efectos. Por un lado, somos la voz de los treinta mil desaparecidos, para que el país conozca y se reconozca como parte de esa historia. Y para que nunca más suceda. Y por otro lado está el efecto sanador que tiene para nosotros, como cuando algo te hace mal y tenés que vomitarlo. Pero cuando ves que se violan los derechos humanos de nuestros jóvenes, ahora, ese remedio ya no te sirve, porque lo revivís en cada momento, en cada cosa, lo ves en los casos de trata. Estas cosas nos preocupan a todos, no solo a los que tienen hijos.

Hay mucho por hacer todavía, entonces.

Tenemos que tener entereza, comenzando con el respeto a la dignidad humana. Hay que comunicarse, no tener vergüenza, asumir nuestra humanidad. No solo perdonarnos nuestros errores, que cometimos sin intencionalidad, sino perdonar también al otro y ejercer la solidaridad. Así, construyendo desde la propia fortaleza, ayudar a construir la de los demás. Todos somos hermanos, y desde ese lugar podemos humanizar las instituciones, sacar esta cultura de la soberbia, del protagonismo, del poder por el poder. En este colectivo hay mucha gente que no puede recordar estas cosas que son muy duras, por eso es nuestra obligación hablar por ellos y por los que ya no están, para hacer justicia. 

El testimonio de Mercedes Zalazar: Una testigo relató que vio a tres víctimas en su lugar de detención


 

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